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domingo, 9 de septiembre de 2012

Hermano vagabundo

    Son las tres de la noche. Voy por el centro de Valencia, tan diferente a su hermano aspecto del día que podrían ser dos ciudades diferentes de no ser por el calco de sus formas. Llevo un mono de tabaco equiparable al sediento que está llegando a la ciudad pero que todavía le queda camino en el desierto. Encuentro varias gentes; parejas, solitarios que aceleran el paso y grupos de jóvenes borrachos como en el que yo estaría de no haber nacido raro y asocial. Pero, pasa un tiempo, dos, tres calles, las luces que creen romper la tenebrosa oscuridad se entremezclan en sus variopintos colores ámbar verde y amarillo rojizo mientras yonkis, borrachos, desesperados, vagabundos y yo marcamos las aceras modernas y las carreteras de petróleo con la huella de la auténtica y actual oscuridad, la confusión y la turbiedad de nuestros días, tan semejantes, hipócritamente, a las ejemplares épocas que nos anteceden.

      La luna y el reloj de la estación se retan: modernidad frente al clásico que no nos deja, por muy antiguas o excesivamente nombradas que sean sus manchas místicas, y bajo esa lucha, encuentro una oportunidad. Un tipo alto y negro a unos diez metros de mí. Mientras me acerco decidiéndome a preguntarle él tira un paquete, tras lo que saca otro idéntico, del que puedo adivinar una marca de tabaco. No es mi favorita, pero siguen siendo cigarrillos. Me convenzo y me digo ¿qué más da? Le pregunto calmo, convencido de amabilidad correspondiente “ey, ¿tienes un cigarrillo? El tipo farfulla palabros ininteligibles, pero consigo entender algunas palabras:

  no cigarrillos tengo esto colillas recojo colillas apenas ves mira tengo algunas

     No consigo adivinar más, pero no es necesario; a menudo sólo necesitan las palabras los que las acogen para el engaño, pero no necesitamos caracteres para observar lo que verdaderamente corre y grita alrededor nuestra. Su paquete está medio lleno. Veo cómo remueve unas colillas. Chafadas, rotas, sucias, casi todo boquilla y poco veneno. Un veneno que ansiamos, porque ni siquiera podemos aspirar a la vida. Y tampoco eso podemos obtener. No porque no nos conviene, tan sólo es, que no nos merece a nosotros, a la raza la estirpe. Triste pobre melancólica fracasada nefasta.

      Me siento mierda y absurdo por haberle pedido. Me despido con un graciastío y él responde un nohaydequé.

      Sigo mi camino, unas calles más, cansado pero sobre todo humillado. Ninguneado por una bola blanca que ya ni es la luna, sino farolas que pretenden facilitar nuestro camino, pero que, en realidad, marcan nuestro destino. Un destino impropio e hipócrita. Un destino que no es tal sino burla y vejación. Timo, unción de cadáveres del pasado a títeres del presente.

     Sigo mi camino. Allá hay dos en un banco. Uno sin camiseta, dormido. El otro, despierto, ríe cuando paso por su lado tecleando mientras escribo esta crónica del verdadero edén en el jardín del bienestar.

     Sigo mi camino. No pienso pedir nada a nadie más. Pienso en ella, en ella en ella en ella pero ella no está. Yo al menos tengo un hogar al final de estas calles y avenidas, que me espera aunque llore ría o me drogue. Allí me espera la calma de la cáscara de huevo. A fuera, la verdad, el lastre, el trabajo por hacer en esta tierra de cobardes acomodados.

      Hoy la luna ha presenciado esto y con ello, el ocho de septiembre de dos mil doce.

     Siento las posibles ofensas aunque no las sienta. Ya estoy llegando a casa tras hora y media de andaduras y observaciones. Pero lo confieso, así soy a veces

barro

aprendiz de vagabundo

  y otras el más fiel seguidor del racionalismo ordenado, como el diamante ante el amante.

     No sé por qué, pero no soy capaz de distinguir cuál de estas situaciones es mejor o peor, no soy capaz de resolver cuál a mí me pertenece tras tanta sombra de apariencia y espejismos labrados en reflejos de espejos brillantes detrás de los que hay sólo lo que hay tras todo lo demás sin más, porque no hay más. Nada más.

      Hoy es 2012, y no sé por qué creo que esto sólo acaba de comenzar. Estas calles y sus líneas sólo acaban de llegar.

     Sea mi objetivo, sea la vida o la tragedia, será mi momento. Y el momento, junto a otros, seré yo.


Noche del 8 de Septiembre de 2012