Son
las tres de la noche. Voy por el centro de Valencia, tan diferente a
su hermano aspecto del día que podrían ser dos ciudades diferentes
de no ser por el calco de sus formas. Llevo un mono de tabaco
equiparable al sediento que está llegando a la ciudad pero que
todavía le queda camino en el desierto. Encuentro varias gentes;
parejas, solitarios que aceleran el paso y grupos de jóvenes
borrachos como en el que yo estaría de no haber nacido raro y
asocial. Pero, pasa un tiempo, dos, tres calles, las luces que creen
romper la tenebrosa oscuridad se entremezclan en sus variopintos
colores ámbar verde y amarillo rojizo mientras yonkis, borrachos,
desesperados, vagabundos y yo marcamos las aceras modernas y las
carreteras de petróleo con la huella de la auténtica y actual
oscuridad, la confusión y la turbiedad de nuestros días, tan
semejantes, hipócritamente, a las ejemplares épocas que nos
anteceden.
La
luna y el reloj de la estación se retan: modernidad frente al
clásico que no nos deja, por muy antiguas o excesivamente nombradas
que sean sus manchas místicas, y bajo esa lucha, encuentro una
oportunidad. Un tipo alto y negro a unos diez metros de mí. Mientras
me acerco decidiéndome a preguntarle él tira un paquete, tras lo
que saca otro idéntico, del que puedo adivinar una marca de tabaco.
No es mi favorita, pero siguen siendo cigarrillos. Me convenzo y me
digo ¿qué más da? Le pregunto calmo, convencido de amabilidad
correspondiente “ey, ¿tienes un cigarrillo? El tipo farfulla
palabros ininteligibles, pero consigo entender algunas palabras:
no
cigarrillos tengo esto colillas recojo colillas apenas ves mira tengo
algunas
No
consigo adivinar más, pero no es necesario; a menudo sólo
necesitan las palabras los que las acogen para el engaño, pero no
necesitamos caracteres para observar lo que verdaderamente corre y
grita alrededor nuestra. Su paquete está medio lleno. Veo cómo
remueve unas colillas. Chafadas, rotas, sucias, casi todo boquilla y
poco veneno. Un veneno que ansiamos, porque ni siquiera podemos
aspirar a la vida. Y tampoco eso podemos obtener. No porque no nos
conviene, tan sólo es, que no nos merece a nosotros, a la raza la
estirpe. Triste pobre melancólica fracasada nefasta.
Me
siento mierda y absurdo por haberle pedido. Me despido con un
graciastío y él responde un nohaydequé.
Sigo
mi camino, unas calles más, cansado pero sobre todo humillado.
Ninguneado por una bola blanca que ya ni es la luna, sino farolas que
pretenden facilitar nuestro camino, pero que, en realidad, marcan
nuestro destino. Un destino impropio e hipócrita. Un destino que no
es tal sino burla y vejación. Timo, unción de cadáveres del pasado
a títeres del presente.
Sigo
mi camino. Allá hay dos en un banco. Uno sin camiseta, dormido. El
otro, despierto, ríe cuando paso por su lado tecleando mientras
escribo esta crónica del verdadero edén en el jardín del
bienestar.
Sigo
mi camino. No pienso pedir nada a nadie más. Pienso en ella, en
ella en ella en ella pero ella no está. Yo al menos tengo un hogar al
final de estas calles y avenidas, que me espera aunque llore ría o
me drogue. Allí me espera la calma de la cáscara de huevo. A fuera,
la verdad, el lastre, el trabajo por hacer en esta tierra de cobardes
acomodados.
Hoy
la luna ha presenciado esto y con ello, el ocho de septiembre de dos
mil doce.
Siento
las posibles ofensas aunque no las sienta. Ya estoy llegando a casa
tras hora y media de andaduras y observaciones. Pero lo confieso, así
soy a veces
barro
aprendiz de vagabundo
y
otras el más fiel seguidor del racionalismo ordenado, como el
diamante ante el amante.
No sé
por qué, pero no soy capaz de distinguir cuál de estas situaciones
es mejor o peor, no soy capaz de resolver cuál a mí me pertenece
tras tanta sombra de apariencia y espejismos labrados en reflejos de
espejos brillantes detrás de los que hay sólo lo que hay tras todo
lo demás sin más, porque no hay más. Nada más.
Hoy
es 2012, y no sé por qué creo que esto sólo acaba de comenzar.
Estas calles y sus líneas sólo acaban de llegar.
Sea
mi objetivo, sea la vida o la tragedia, será mi momento. Y el
momento, junto a otros, seré yo.
Noche
del 8 de Septiembre de 2012
