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domingo, 29 de junio de 2014

Antoine de Saint-Exupéry. Vuelo Nocturno


Saint-Exupéry es el nombre de un escritor francés que al ser oído se asocia con la famosa, singular y especial obra Le Petit Prince (El Principito), y aunque es una digantoine-de-saint-exuperyna relación, Antoine tiene mucha historia emocionante detrás suya. Desde niño quiso ser piloto. Sentía verdadera pasión instintiva por volar y desde temprana edad lo hizo constar con sus propias palabras. Pero no era el patriótico alumno que Francia esperaba. Suspendió la prueba de acceso a la escuela naval por una pregunta de carácter político que se negó a suspender, y no fue hasta unos años más tarde cuando pudo pilotar por primera vez. "Saint-Exupéry, usted no se matará nunca en avión; si no, ya lo hubiera hecho". Estas fueron las palabras que el comandante le destinó cuando volvió salvo de su primera experiencia, en la que tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia y poco le faltó para estrellarse. Por desgracia, el comandante se equivocó, aunque muy buena parte de razón tenía. Continuó pilotando siempre, hasta el final de sus días. Se estrelló en varias ocasiones quedando muy cerca de la muerte: una vez cayó en mitad del desierto deshidratado y semi-inconsciente, siendo rescatado tras varios días; en otras ocasiones sufrió graves daños que le inhabilitaron durante meses (la más importante, una fractura de cráneo). Pero Exupéry jamás se resignó a dejar los pies quietos en la tierra, ni cuando se convirtió en un escritor famoso y respetado ni cuando la avanzada edad ejercía cierta resistencia para ser aceptado de nuevo por las autoridades militares. Aun así, le asignaron unas cuantas misiones más. Y aquí se acabó la suerte que había pronosticado aquel comandante. Desapareció de la tierra, casi literalmente, un 31 de Julio de 1942 en plena II Guerra Mundial, volando abordo de un P-38 (el de la foto de abajo) que ni siquiera estaba equipado con munición. Tiempo más tarde se encontraron restos de sus pertenencias que ayudaron a identificar el lugar de su final. Había sido abatido por un aviador alemán.

Antoine de Saint-Exupéry fue un valiente que encontró el sentido de su vida en formar un único ser con los pájaros de hierro al sobrevolar las ciudades. Además de aviador fue un detallista escritor de ficción que retrató muchas de sus aventuras y las de otros camaradas aviadores, con los que se convirtió en un importante escritor dentro del género de la literatura de acción además de la infantil. También fue testimonio de primera calidad de la experiencia que suponía pilotar en los años 40, cuando las metralletas disparaban a través de las hélices en movimiento y cuando el radar que les guiaba era tan sofisticado como un tipo de copiloto con un mapa en el regazo, además de la radio, claro, que normalmente sufría interferencias  que anulaban la comunicación cuando el clima no era muy propicio. Aparte de la ficción, Exupéry participó también como reportero de guerra. Una de sus obras, de hecho, trata sobre su experiencia durante la Guerra Civil Española.

Vuelo Nocturno. El reto del abismo. 

Una de las obras que expresan el peligro, la tensión y el significado de ser aviador en aquella época es la novela Vuelo Nocturno, que se centra en ambientar un reto aéreo y empresarial clave en la evolución de los vuelos de mercancías. Por entonces ya existían redes aéreas comerciales, sobre todo para enviar correo postal de un país a otro con mayor rapidez. Sin embargo, estos servicios comerciales también eran cubiertos por otros vehículos: camiones y barcos, que pese a ser más lentos, trabajaban tanto de día como de noche, y era en este Lightning_-_1horario nocturno cuando esas formas de transporte sacaban ventaja económica a las empresas aéreas. Como es lógico sabiendo cómo ha sido el ser humano en el siglo XX con eso de hacer dinero, las empresas aéreas no se conformaron, y arriesgaron enviando a sus pilotos a la inseguridad de la noche. Era una completa locura y se esperaba que semejante reto acabara en desgracia. Efectivamente, hubieron accidentes por problemas de visibilidad y fallos en los pronósticos temporales, pero los aviadores siguieron surcando los cielos negros hasta estandarizar esa práctica, que por muchos años no fue demasiado segura.
En esta novela Exupéry refleja los miedos, la incertidumbre y sobre todo el coraje y la obcecación con la que Rivière, personaje inspirado en Didier Daurat (jefe de la compañía Latécoère, en la que trabajaba Antoine) enfrenta los riesgos y las posibilidades de fracaso y de crítica social a causa de sus soberbias metas empresariales. Es el verdadero protagonista de la historia. Le seguimos en todas sus decisiones y pensamientos: cuando ordena, cuando reflexiona, cuando decide, cuando soluciona un problema; todo lo que nos permite reconstruir la mente de un hombre que fue pionero en eso de los vuelos nocturnos. Sus cualidades, sin duda, se centran en la calculabilidad de recursos y en saber tratar a los empleados con una psicología que puede causar alguna que otra controversia.
 
El piloto y el avión: uno mismo

Si hay algo que destaca y hace especial a este libro de Exupéry es la poética de las descripciones y metáforas relacionadas con el avión, el cielo y sobre todo, la relación del hombre con la máquina y su distancia física y no tan física con el resto del mundo cuando están en pleno vuelo. Como resultado queda una historia concisa, contada en muy pocas y precisas palabras e imágenes, en la que gran parte del contenido son metáforas que elevan la figura del aviador, ensalzan la simbiosis de este con el avión y el cielo, y demuestran la inmensidad del mundo y la insignificancia apreciable que desde las nubes se obtiene de los humanos que además, será observada desde fuera; es decir, el aviador humano, cuando está en el aire, forma parte de esa inmensidad, de esa especie de inmortalidad y deidad de la que participa sólo durante las horas que le permite el carburante.
Ensalzar al aviador es un objetivo clave de esta obra. El aviador es mostrado como alguien normal, que lleva una vida como otra cualquiera excepto por una gran razón: él ha conocido la libertad, y por peligrosa que resulte, jamás cambiará la seguridad por el placer de volar.

Intimismo y Benedetti. La Tregua

      Hablar de Benedetti es hacerlo también de intimismo. Porque si con algún poeta se puede comparar aquella idea de que cada cosa, objeto, persona, palabra, pueblo, ciudad, entorno, problema, capacidad; cada detalle desapercibido en el común día a día es Poesía real, ese algún poeta puede ser sin duda alguna Mario Benedetti. En sus párrafos y estrofas cobran vida desde los besos hasta las rutinas. ¿Poética, la rutina? ¡Qué incongruencia! Pues por eso mismo, la rutina también puede ser poesía, e incluso un elemento poético muy poderoso. Y si a mí no me creéis, quizá lo hagáis al leer La Tregua, una novela de un ritmo lento, suave, lleno de amaneceres y anocheceres: momentos que pasan sin hacer caso del repiqueteo de las agujas de los relojes. Sucediendo sin prisa, agridulce y densamente, como cada día, sin novedad alguna y no obstante, causando las mismas emociones cada vez a quienes lo contemplan.  
181-li-mario-benedetti      Martín Santomé, el protagonista de la novela, narra su rutina en un diario día tras día, asignando a cada fecha una idea, un comentario, una sensación o una historia que le sucede en el trabajo con sus blandengues compañeros o en su casa y sus tres hijos, con los que no acaba de congeniar. Esto, quizá debido a la muerte de su mujer; una pérdida ya manchada por el tiempo y bajo varias capas de polvo que sin embargo continúa afectando a la frágil respiración con la que Santomé aspira la vida. Por sus páginas pasan todo tipo de retratos. Leer sus encuentros con conocidos y desconocidos tiene un poco de ese sabor en las imágenes que consiguen los fotógrafos urbanos. Esos que forman parte de las aceras y los cruces de las ciudades, mirando a todos y a todo desde cada farola, papelera, bar o esquina. Pero también de algo más hondo, a modo de cuerda lanzada hábilmente hacia las cavidades del patetismo humano, haciéndola entrar por la nariz o por otros lugares menos decorosos, rescatando lo que identifica las debilidades y acaso los puntos fuertes de las personas a quienes encuentra o reencuentra. Y digo patetismo porque en La Tregua hay cierto tono pesimista con respecto a la especie humana. Tras ello también destaca algo de nuestra esencia, que aceptémoslo, tiene algo, efectivamente, de patético, aunque también de solemne, quizá a modo de rebancha infantil "bueno, somos así, pero aceptémoslo con decoro". Todos los personajes que retrata Martín (incluido él mismo) reflejan esta característica, con menor o mayor solemnidad. Y el primero él. Con casi cincuenta años, hecho una piltrafa incapaz de superar la pérdida del amor y el sexo de su mujer, ni siquiera puede aguantar un asalto en firme al enfrentar los desaires de sus hijos.
En cierto momento, le ilumina un vagabundo:
¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte.
      Para él esta confesión resulta una revelación, como una palabra divina que de repente golpea en sus adentros resonando como algo así: "Qué pretendes, hombre, qué haces ahí, tan triste". Pero todavía es más que esto. No ir a ninguna parte, y que sea causa de un problema o un principio básico de tristeza lánguida, me parece una idea central en la obra de Mario Benedetti. Un existencialismo relacionado con todos sus problemas y miedos. Con su trabajo: una rutina de cifras e informes que nada tienen que ver con él. Con su familia: Sus hijos no le tienen en cuenta para nada; apenas le respetan, y él no hace nada por cambiarlo. Con su vida sentimental: Su mujer Isabel era amor basado en sexo y fuego. La echa de menos, pero no les unía gran cosa, no iban a ninguna parte. Y cuando aparece Avellaneda, Laura, en una antítesis pacífica a Isabel, por el significado que supone cada una (esencias de fogosidad una y esencias de unión sincera otra), ¿a dónde va, con una mujer tan joven, tan lejana a sus miedos y pretensiones? Y para qué hablar de sus aspiraciones: no van más allá de una jubilación que le lleve a relajarse y quizá a caer en otra rutina diferente, más calmada, alejada de las oficinas y las calles agitadas, de esas que adormecen poco a poco al cuerpo y a la mente hasta el día en el que la muerte cae de alguna parte. Y, tal vez, esta idea va más allá del personaje y es una expresión universal que Benedetti lanza al mundo: No vamos a ninguna parte. Caminamos, corremos, gritamos, dormimos,  pero al final morimos donde nacemos, después de unos años y tras unos hechos más o menos a todos comunes.
      Sin embargo, y pese al dramatismo irónico (la irónica mueca de la vida la muerte el mundo el universo los dioses el destino la sombra nosotros mismos el azar que acecha bajo el término a gusto del lector) que golpea secamente a los sueños de Martín, pese a su tristeza acomodada y resignada, él vive. A lo largo del año que ocupa el diario vive y recuerda situaciones penosas, que destacan sobre las poderosas y positivas, pero jamás piensa en soluciones extremas como el suicidio, el viaje repentino experimental a un país lejano ni en ninguna de las variedades con las que podemos atacar con un grito a la desesperación. Su herramienta es la rutina. Y no es una simpleza: La rutina, además de ser un elemento poético poderoso, puede ser un arma. Un arma de doble filo, claro, que al protagonista de La Tregua le sirve para dejar que pasen los días, como acordes sucesivos que algún día tendrán que acabar. Puede parecer triste o incluso recordar a un estado comatoso, de alguien que se ha rendido al mundo. Al lado opuesto hay otro filtro por el que mirar: puede también ser visto como un método sencillo y alegre, incluso idílico, porque convierte las ondas chirriantes de los problemas en ondulaciones lijadas por la aceptación y la despreocupación. Más allá de posibilidades de interpretación, queda la elección y el ánimo con que el que lo podemos considerar. Eso sí, si algo se puede afirmar es que Martín, después de todas las aceptaciones y dejadeces, quizá cobardías, es capaz de afrontar los hechos y no desmoronarse definitivamente ante la peor de las circunstancias. Sigue su camino. Para resumir mejor su idea (su confusión) de felicidad, nada mejor que citarle:
Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes. Mucho más.
      Esa tregua que es Avellaneda. Esa mujer que es un oasis y en cierto modo un espejismo con retraso en desaparecer a la vista del sediento. Este es uno de los aspectos más bellobenedettis y personales del diario. Avellaneda. Una mujer a la que va apreciando poco a poco hasta llegar a amarla. No a amarla de alguna forma o en ciertas maneras. En la mirada o en la cama, con lujuria o con animosidad, no; sólo y tanto: la ama. La lentitud de esta operación sentimental, el paso del tiempo, los gestos, las palabras, todo refleja el temor y el deseo de Santomé, y por encima de todo, su languidez ambientada con algunas fuerzas y firmezas. Esta relación es el centro de importancia de la trama, pero sólo es un símbolo y una ironía a reflexionar. Es un juego sin solución. Dos mujeres. Tan distintas. Y ese destino que engulle al personaje.
      Tras todo esto me pregunto algo, y con esa pregunta cierro el artículo de hoy. ¿Es valiente por seguir con la vida, en su mundo de jubilado y de rutina, o es la languidez y el temor a otras salidas lo que le hace aceptar y seguir la agridulce corriente de los días? Quizá esto tampoco tenga respuesta. ¿Quién necesita respuestas? Yo necesito una tregua.

Cuentos portugueses. De Castelo Branco a Sá-Carneiro


      Fernando_PessoaMuchas veces ocurre algo que resulta ser normal, pero que al mismo tiempo es alarmante. Muchas veces tenemos al alcance de la mano algo que buscamos con la mirada más allá, lejos, sin percatarnos de todo lo que nos perdemos por no ser abiertos y no prestar atención a lo que tenemos cerca por simples prejuicios o publicidades varias, es decir, decidimos dejar pasar experiencias, lugares, o como en este caso, libros, porque no hemos oído hablar de ello, porque no es muy mainstream o porque los medios y las editoriales claman a otros como únicas figuras visibles de cierto panorama literario. Y no es casual que normalmente esos autores sean de las principales potencias económicas: Inglaterra, EEUU, Francia, etc. Ocurre lo mismo dentro de esos mismos países, dependiendo de géneros, estilos y demás acepciones burguesas de una época o unos intereses de cualquier tipo. ¿Por qué hablo como si estuviera en un mitin? Porque también ocurre lo mismo en España. Y no sólo en cuanto a ciertas comunidades autónomas, sino también en cuanto a nuestros vecinos más cercanos; en este caso, Portugal. Portugal es un país hermano del que la mayoría, curiosamente, conocemos menos que de otros países con los que tenemos menos en común. Y es por esto y porque hoy quiero hablar de portugueses por lo que he empezado hablando de conflictos e intereses (¡qué serio suena, demonios!).
      Por uno de esos regalos de reyes que merecen la pena y se agradecen con sinceridad (cosa que por desgracia y por normalidad no siempre puede ocurrir), llegó a mí una breve antología de escritores portugueses ligados a los movimientos del siglo XIX y principios del XX; habiendo en ella rasgos romanticistas y modernistas. Pese a que algunos de estos autores también escribieron dentro del género realista, en esta recopilación no hay ningún relato que pueda ser etiquetado de realismo y, como veréis ahora mismo, son principalmente románticos. Hay incluso uno de esos autores influenciados por la bohème al que, aunque no se le haya llamado así, sin duda lo es en alma y estilo: un maldito; de prosa y vida maldita: Mário de Sá-Carneiro. Las vidas de los escritores de este libro recorren desde el año 1825 (nace Camilo Castelo Branco) hasta casi un siglo después, 1916, en el que Sá-Carneiro se suicida. Además de los dos nombrados, hay cuentos de José María Eç de Queirós y del que es el más conocido y celebrado a nivel nacional e internacional, Fernando Pessoa.
      Ea. Y hecha la introducción, ¿cuál es la Esencia de esta gente? ¿Qué es lo que les hace especiales y lo que podemos fumarnos en estos relatos? (¡cambia "fumarte" por "disfrutar" o "apreciar" si eres un tiquismiquis!). Pues vamos a verlo por partes; como dijo Jack el Destripador (lo sé, lo sé; un chiste muy mascado).

      De la edición

      La edición de estos Cuentos Portugueses corre a cargo de la editorial Gadir; traducción de Juan José Álvarez Galán. No es una gran antología, sino una escueta selección en la que se reúnen uno o dos cuentos por cada uno de los autores portugueses que acabo de mencionar. La sensación al encontrarse con el libro es muy buena: un buen diseño, escritores prometedores e histgadirorias que claman ser interesantes sólo con leer algunas frases. Es decir, el contenido es poco y no da para conocer gran cosa de cada autor, pero sí para disfrutar de buena Literatura de paso que conocemos una pequeña parte del legado portugués, tristemente desconocido en muchos casos. Encontramos desde historias impregnadas de un cargado romanticismo oscuro como en A caveira da Martyr de Castelo Branco hasta la ironía político-cultural de Pessoa en las Crónica Decorativa I y II. Confluyen varios estilos y temáticas que pueden servir como aperitivo para los hambrientos que deseen conocer más de alguno de estos escritores.
      En cuanto a aspectos negativos, también los hay, aunque no son los más importantes. La introducción más bien es un simple prólogo que poco más dice de lo ya descrito en la contraportada. No habla de contextos ni de los autores de los relatos. Un prólogo en el que se presentan los cuentos sin mayor pretensión, cosa que para una antología de cuentos poco conocidos, es una pena. Y en segundo lugar, a lo largo de todo el libro se dan varios errores tipográficos, de imprenta, que transforman "las" por "los" o eliminan plurales u otras lindeces. Gracias al Arte que los escritores son buenos, porque la edición, pese a prometedora, queda, para mí, algo lejana del ideal.

       De esencias e historias

      Pero lo realmente importante es el contenido. Y aquí hablamos de buena Literatura, del tamaño de clásicos portugueses como Castelo Branco, gigantes creadores como Fernando Pessoa y excéntricos malditos como Sá-Carneiro. El relato de La Calavera abre la antología y puede provocarte dos reacciones, lector: te encanta esta historia macabra o te aborrece, porque te suena, porque esta historia ya te es conocida, y el tono y el lenguaje también. Ha sido este mi caso, pero no significa nada más que es este un clásico del romanticismo muy imitado desde ese momento en adelante: la trágica pérdida de un ser querido afectando a una débil mente masculina hasta más allá del límite de la cordura. Enfrentamientos a muerte, noches de cemcarneiro-smenterio, eternidades de pena y males de amor.
      Uno de mis favoritos es, sin duda, José Matías, de Eça de Queirós. También bañado de un gran romanticismo y de un tema ligado al amor, es por el contrario un relato muy diferente, especial, y con mucha personalidad propia. Un cuento lleno de referencias filosóficas nada pesadas en el que se narra la historia del anodino amor de José matías por Elisa, quien corresponde al de su amante. Sin embargo, lo único típico de esta relación de amor es el anhelo, las cartas de desesperados sueños y... poco más. Eça de Queirós construye una historia que hace preguntarse al lector constantemente por las razones y la locura del amante, cuyas ideas no parecen tener sentido alguno, al principio. Irónico, bello, y capaz de hacerte sudar de nervios e impotencia. ¡Y no cuento más! Aunque me gustaría spoilearos toda la trama; no por nada me parece uno de los mejores cuentos de la selección. Por decir algo más, aquí la esencia es quizá la valentía o la cobardía (¿quién sabe, a veces, diferenciarlas?) de las decisiones del protagonista.
      De Fernando Pessoa podemos leer Carta de la jorobada al cerrajero, que no recomiendo a sensibleros y sensibleras si no queréis llorar de la emoción (no no, yo no he llorado eh, eh; no. Pero sí me ha emocionado, para qué esconderlo). Luego, en un tono y estilo totalmente diferente (aquí ya podéis relajaros, ¡risas y carcajadas!) Pessoa escribe críticamente y sobre todo con mucha ironía las Crónicas Decorativas, en las que trata con humor temas candentes de la época como el etnocentrismo, el capitalismo, la ciencia y la tradición. Un cuento breve, ameno, pero intenso; muy bueno. El tercer relato de Pessoa es una breve fábula (o anti-fábula, quizá mejor dicho) que deja al leerla un interrogante sobre el sentido de la misma. Acaba así:
En la colección en la que se encuentra, esta fábula no tiene moraleja. Tal vez porque, en la edad de oro, las fábulas no tenían moralidad alguna.

      Ah, la moralidad... En definitiva, muy recomendables esas geniales crónicas decorativas de Pessoa. Verdaderamente han atizado a mi anhelo de leer más de Pessoa y sus heterónimos. Y, por cierto, el mismo Pessoa podría ser un gran personaje literario, pese a la timidez práctica de su vida rutinaria.
      Tras Pessoa llega la muestra de Sá-Carneiro para cerrar la antología, con El sexto sentido y La extraña muerte del profesor Antena. Como decía al principio del artículo, Sá-Carneiro es el alma maldita de la antología. Jamás vivió con plena alma su camino. Pronto aborreció el ambiente de la universidad de Coímbra y marchó a la Sorbonne de París, pero siguió sin encontrar la paz que sus desiquilibrios emocionales le impedían saborear. No le bastaba ser un gran creador, haber compartido proyectos literarios con Pessoa y otros artistas que quedarían en la memoria de Portugal y más allá de sus fronteras. No le bastó la vida bohemia, enamorándose de una prostituta parisina y recorriendo las calles de París de burdel en café. No le bastó volver a su vida portuguesa en Lisboa y contribuir a la creación y evolución (breve) de la revista Orpheu. Nada le bastó, salvo su forzada despedida en el año 1916. En esta antología se recogen dos buenos ejemplos de su obra. El primero, uno de sus primeros relatos, trata con destreza una ficción sobre las capacidades de los sentidos cuyos peligros pueden llevar a destinos no muy placenteros; y el último, un atrapante viaje por las investigaciones misteriosas de un científico que afirma haber descubierto uno de los mayores hallazgos científicos del siglo. Y sin duda lo es pero, ¿a qué precio?
      Aquellos amantes del siglo XIX y principios del XX, seguro que disfrutaríais esta selección. Por mi parte, sin duda alguna próximamente me adentraré en los mundos de Pessoa, y posiblemente, también en los de sus hermanos de letras.
      PD: Si os ha interesado alguno de estos escritores, en internet hay muchos sitios con poemas originales y traducciones. Os dejo un blog donde podéis leer las Crónicas Decorativas de Pessoa y otras de sus obras: Pessoas de Pessoa

      Generación y Revista Orpheu

      Como toda buena generación modernista, la portuguesa tuvo una revista literaria que sirvió en Portugal como escandalosa bienvenida y eco del nuevo arte moderno que sacudía Europa. Orpheu, fundada por Pessoa, -Carneiro y otros portugueses morpheu2odernistas en 1915, irrumpió en el país provocando escándalo y críticas contra los artistas debido a su tremenda novedad y atrevimiento, muy presentes en los temas y forma de los contenidos. Por desgracia, esta pieza tan significativa de la literatura no llegó a ver ni siquiera el tercer número trimestral, que ya estaba preparado para la edición. Una vez más, otro de esos tristes casos, sobre todo si dejamos paso a las comparaciones negativas como "demonios, toda la basura que se está editando hoy en día, y estos genios no pudieron lanzar ni tres números de buena Literatura y diseño por falta de dinero". Pero "es lo que hay". Quizá también tuviera que ver con que algunos de los principales escritores murieron antes del momento oportuno, como el desgraciado Mário de Sá-Carneiro, quien se mató en París a los veintiséis años.
      La buena noticia es que, y con esto se acaba el recuerdo de estas letras cercanas en este artículo, para quien se crea capaz de entender bien la lengua portuguesa, puede leer o descargar los dos números de la revista Orpheu aquí: Project Gutenberg

martes, 28 de enero de 2014

Roald Dahl. Más allá de Charlie y la fábrica de chocolate

Roald Dahl. El curioso comienzo de un escritor

Roald Dahl Roald Dahl es conocido por su gran capacidad imaginativa para crear historias divertidas y geniales, de esas que tienen algo que las hace sencillas pese a no ser simples, a la vez que una calidad técnica que hace del paseo del lector entre las líneas de cada página una verdadera experiencia de placer estilística. Emblema entre generaciones jóvenes, mito de caballero apuesto. Roald Dahl es el creador de obras tan conocidas y estimadas como Los Gremlins o Charlie y la Fábrica de Chocolate, ambas con adaptaciones más o menos acordes a la trama en el cine. Sin embargo, tras este perfil se esconde mucha más genialidad y variedad en la esencia de su personalidad.
El principio de su vida fue una constante subida de adrenalina. Pronto comenzó a viajar, trabajando para la empresa petrolera Shell, con destino en Tanzania. Y desde entonces su vida, que ansiaba aventuras, fue un constante viaje por el mundo que le llevaría a ser aviador de combate durante la II Guerra Mundial, actuando por varios paises hasta que un día un error de destino en las coordenadas le llevó a forzar un aterrizaje que acabó en un grave accidente. Aún siguió unos años más al servicio de la guerra, pero todo empezó a cambiar. Un día, un tal C.S. Forester, quien resultó ser un conocido escritor admirado por Dahl, le encargó que le hablara sobre sus aventuras como aviador, pero finalmente optaron por otro método: Dahl escribiría los hechos detallados y Forester redactaría la historia para la revista Saturday Evening Post, con la que el escritor tenía un contrato. Pero para sorpresa de Forester, el manuscrito de Dahl ni tenía ninguna pega ni merecía modificación alguna. Fue ese el momento en el que Roald Dahl fue descubierto como una gran promesa de las letras. Forester era honrado, y publicó la historia original con el nombre de su autor, al que mandó el cheque de pago de la revista. Con él, adjuntaba unas palabras con las que le alababa y le animaba a escribir más. Y así, casi de repente, un hombre de acción pasó a dedicarse a la creación de historias; un fiero combatiente, dedicándose a escribir asombrosas historias para niños y adultos que serían recordadas por las postreras generaciones. He de mencionar que sobre estos hechos escribe el mismo Dahl en el libro de cuentos Historias Extraordinarias, en Racha de suerte.

Historias Extraordinarias. Entre el periodismo y la magia


accidente Dahl Muchas son las obras de Dahl y sin embargo, antes que por fábricas de ensueño o criaturas extrañas, yo conocí a Dahl por sus Historias Extraordinarias, una selección de cuentos variada y sabrosa, aunque me pregunto si sería posible hacer una mala selección de cuentos de este genio. Puede que sí. Pero esta concretamente es encantadora, y principalmente porque en los siete cuentos que contiene encontramos varios tipos de relato: el fantástico, el realista, y el autobiográfico, en el que además se aventura a dar unos consejos o unas normas que debe procurar cuidar el aspirante a escritor. Esto nos permite conocer en pocas páginas muchos aspectos de la persona y del artista, aspecto que es muy de agredecer. Además, hubo más y mejores sorpresas nada más empezar la lectura de estos cuentos. En el cuento El chico que hablaba con los animales Dahl destaca por la descripción de un relato fantástico con un estilo realista. Sin grandes decoraciones o pomposidades. No me aventuraré en hablar sobre la trama, porque lo que quiero destacar en este artículo es el peculiar estilo de este escritor. Más tarde, cuando disfrutaba desde la primera página el cuento El tesoro de Midenhall, no pude evitar que en mi mente rebotara con fuerza la siguiente suposición ¿Es Dahl periodista? ¿Acaso un escritor de reportajes con talento aficionado a la Literatura? Porque Dahl escribe con una precisión de palabras en cada frase, con una capacidad de síntesis y de representación de imágenes; escenarios, personajes y acciones dignas de un periodista con años de experiencia en la redacción de buenas noticias y reportajes. Además, este cuento no era una ficción: una mañana como otra cualquiera, mientras Roald leía el periódico que cada mañana repasaba por una de esas costumbres que instalamos en nuestros rutinarias mañanas, advirtió una noticia que relataba el asombroso descubrimiento de un importantísimo tesoro de la época imperial romana, el más antiguo e importante hasta el momento en la historia de Gran Bretaña: El tesoro de Midenhall. ¿Y qué hace Dahl? Acaba el desayuno, tira el periódico sobre la mesa y sale disparado hacia Midenhall dispuesto a entrevistar al iluminado descubridor, Gordon Butcher.
Lo consigue. Consigue su historia, y lo que podría haber quedado como una simple e impactante noticia con datos y fechas sobre épocas, conflictos históricos, personas y encuentros se convierte por arte de magia (la magia creadora de las palabras moldeadas por dos manos ilusionadas en celo) en un relato absorbente, divertido y excitante sobre el conflicto de intereses de dos personajes de personalidades opuestas y la batalla del tiempo y las trampas por la salida a la luz de uno de los tesoros más importances encontrados en Inglaterra. No faltan envidias, rabias, emociones, misterios, problemas, alegrías y dolores, ni paisajes. A partir de una noticia, Dahl reconstruye una historia sincera, profunda, detallista, y lo mejor de todo y dentro de las fronteras de su realismo: fantástica. Por esto mi duda sobre la identidad de Dahl como periodista. Pero no, Dahl simplemente es muy bueno, y es capaz de formar las imágenes que iluminan nuestras mentes en pocas palabras, alcanzando así la esencia que caracteriza a las historias únicas e irrepetibles. De hecho, resulta clarificador este fragmento de la nota preliminar al relato del tesoro de Midenhall para comprender la gran importancia que tenía para él (y como debería ser para todo escritor dispuesto a superarse cada día, realmente) esforzarse siempre en encontrar la limpieza de las imágenes formadas por el conjunto de esas precisas palabras que elige el escritor de entre decenas de posibilidades o sinónimos en las que es tan fácil caer por pereza o conformismo:
He aquí la historia casi exactamente como la escribí hace treinta años. He hecho muy pocos cambios. Simplemente he suavizado algunos de los paisajes más floridos y he eliminado unos cuantos adjetivos superfluos y frases innecesarias.
Lanzo una pregunta, ¡a ti, lector, si estás ahí! ¿Qué opinás de todo esto sobre el estilo preciso y limpio? Me gustaría conocer otras opiniones. Personalmente, admiro enormemente el arte de la sencillez en la Literatura, me parece complicadísimo y que es pura magia a la hora de narrar una historia en imágines claras. Todo es cuestión de preferencias y sobre todo, de qué estilo le conviene a una historia; según la esencia de esta, según qué se quiere transmitir (más importante incluso, en este caso, que el qué se quiere contar). ¡Pero esa, es mi opinión!

Otros cuentos fascinantes


Mildenhall_treasureNo escasean en Roald Dahl. Pero si tuviera que elegir algunos favoritos entre los que aparecen en Historias extraordinarias, me quedaría sin duda con dos: El tesoro de Midenhall y La Maravillosa historia de Henry Sugar. Con el primero por lo que he contado atrás y con el amigo Henry Sugar porque es un cuento magnífico, muy cuidado por su creador. Debo pedirlo: si tenéis la oportunidad de leerlo, leedlo. No os arrepentiréis. Una "imagen previa" del cuento: Un joven tremendamente rico, tremendamente cínico, remilgado, vividor, derrochador, y esa larga corriente de sinuosos etcétaras que forman el perfil del típico crío de papá que nunca ha dado un palo al agua y que después de todo, de ese todo que significa mucha injusticia, no deja de ser un pobre diablo que va perdiendo la auténtica vida entre las rendijas del ego por emborracharse en su multicolor burbuja de falso control y sincera ceguera. Hasta que en un aburrido día entre colegas de la misma calaña se separa del grupo y cotillea la biblioteca que pertenece a uno de esos compañeros. Allí encuentra un libro especial que trata de un informe médico sobre un hindú que, aparentemente, tiene el poder de ver con los ojos cerrados. La historia fascina a Henry, le fascina en sobremanera, y se lleva el libro. Y lo lee y relee mientras devora las posibilidades con su mente. La historia de ese tal Imhrat Kham es increíble. Cuenta como tras años de práctica consiguió su talento y Henry, al acabar, decide que perseguirá ese sueño, ese don. Y a ello se dedica día y noche en busca del éxito. Para qué y qué pasa y cómo, ¡ya sabéis! El cuento está escrito en la línea de los demás en cuanto al estilo, pero la historia tiene un profundo perfume propio que va haciéndose más embraguiador conforme evoluciona la situación y sobre todo, el protagonista.
Los otros cuentos también son buenos. No puedo olvidar El autostopista, y lo cierto es que cada cuento tiene su personalidad y su interés concreto. Pero esta ha sido mi aportación para hoy. ¡Y espero que os haya gustado!
Enlazo un artículo sobre Roald Dahl muy interesante y completo que escribieron los redactores de la revista digital Fabulantes. Si os interesa este escritor, merece la pena leerlo. Aquí el artículo de Fabulantes sobre Roald Dahl.

martes, 9 de abril de 2013

A favor de la literatura moderna y notas sobre Azul de Ruben Darío


En un día como otro cualquiera, a este blog le toca revivir tras unos meses de inactividad. ¡Ea pues! Y lo hará con alguien que también tenía capacidad para dar vida y hacerla retornar, pero a algo mucho más superior que este saco de encariñados artículos: a una época y una cultura, y millones de mentes, incluidas aquellas que fueron más críticas con el "arte por el arte" del decadentismo, que cuanto menos, quedaron prendadas de su belleza poética. No puedo evitar escribir unas palabras tras leer los preciosistas cuentos y  poemas del año lírico, reunidos en la obra llamada Azul, por poco que sepa yo, hoy por hoy, del poeta nicaragüense.


Literatura útil y crítica al Modernismo

Antes de entrar en el fresco y perfumado baño en el que nos sumergimos al leer los cuentos de Rubén Darío, siento la obligación de comentar una introducción cuyo ingenio y descaro consiguió de mí unas risas. Páginas escritas por el chileno Eduardo de la Barra, divididas en pequeños capítulos que actúan como breve pero esmerado recorrido por los gustos y el estilo del poeta.

De la Barra también es poeta:

¡Qué cofre tan artístico! ¡Qué libro tan hermoso!

¿Quién me lo trajo?

¡Ah! La musa joven de alas sonantes y corazón de fuego, la Musa de Nicaragua, la de las selvas seculares que besa el sol de los trópicos y arrullan los océanos. (...)

 (...) Es un regalo de las hadas: es la obra de un poeta.

Pero, de un poeta verdadero, siempre inspirado, siempre artista, sea que suelte al aire las alas azules de sus rimas, sea que talle en rubíes y diamantes las facetas de su prosa.



Eduardo de la Barra
Y así continúa, examinando con ilusión cada joya -rubí o lapislázuli-  de ese mágico cofre pronunciado por el soplo del arte que tanto aprecia el crítico chileno.
Pero, si bien es obra ingeniosa esta forma de introducir la obra de su colega, no puedo estar más en desacuerdo con cierta seguridad que refleja en el mismo texto.
Para él, Ruben Darío no es un decadentista. Parece que enlazar la palabra decadente con Darío le provocaba algún tipo de alergia, y niega esta relación pese a que el mismo poeta reconoce su admiración por dicho movimiento. Más adelante, leyendo sus cuentos, no cabe duda del elemento decadentista,destacando sobre cierto asomo parnesiano, por lo que pese al empeño del crítico, me temo que definitivamente, Darío se sacrifica en el altar de los decadentes.

Y más en desacuerdo todavía cuando habla de la naturaleza de estos movimientos hermanos: Modernismo, Decadentismo, Parnasianismo. El hombre, que no se anda por las ramas, dice de estas que son fiebres, plagas, al servicio de la moda, sin sentido de ser, sin misión u objetivo alguno, al contrario, dice, del movimiento romántico (al que él mismo perteneció):

En Francia, tras de los románticos, -emancipadores, exagerados de lo convencional clásico, que reinaba desde los días de Ronsard y su Pléyade, -brotaron los parnasianos, simbolistas y decadentes. Los románticos tienen razón de ser: representan la revolución en las letras. Con el chaleco dorado en reemplazo del gorro frigio, marcharon contra la tiranía de Boileau y de La Harpe, y dieron a las letras un rumbo más humano y más propio de nuestro tiempo y de nuestra civilización. Pero, ¿qué buscan los decadentes? ¿qué nos traen de nuevo? ¿cuál es su razón de ser?

Tal vez debería preguntarse antes: ¿Qué nos aporta mantener estático en estos días el movimiento romántico y para qué apostar anres por la invariabilidad que por nuevas búsquedas cuando alabamos dicho movimiento precisamente por la reacción contra una época anterior?
Que perdonen mi atrevimiento los posibles lectores. Pero en estas críticas, aunque con cierto fondo de razón, dislumbro más el temor a lo desconocido y al cambio que una verdadera razón de peso en contra de lo moderno.

Para mí, y exceptuando el parnasianismo, al que no puedo incluir en mi defensa cuando rechazo lo que pretende ser objetivo, el arte moderno y en concreto el simbolismo son una novedad necesaria y fantástica en las letras. Un movimiento que fue más allá de la literatura, alcanzando la materialidad visual en nuestro día a día por las calles de las grandes y no tan destacables ciudades de nuestra sociedad aburguesada. Y voy más allá: no creo que haya tanta diferencia entre el romanticismo y el simbolismo o el decadentismo. A veces veo a estos últimos como consecuencias lineales del primero, como sus últimas etapas. Si el Romanticismo fue una exaltación de los sentimientos, el modernismo eleva estos a la categoría de arte

Otra de las razones por la que resulta inválida la crítica de Eduardo de la Barra, es por su insistencia en la conocer la razón de ser de estos movimientos. Insistencia que recuerda a aquellos defensores de la literatura útil, al servicio de la educación según las premisas de la sociedad o de una ideología política (burguesas, capitalistas, comunistas, soviéticas...), y contra la que tanto han dicho los artistas modernos como Charles Baudelaire, quien lo justifica de la siguiente manera:

Una verdadera obra de arte no necesita de mensajes. La lógica de la obra vale por todos los postulados morales imaginables, y es el lector quien debe sacar sus propias conclusiones.

Creo que Baudelaire acierta la idea clave: Es el lector quien debe sacar sus propias conclusiones.

Pero el modernismo es mucho más que simple preciosismo y el simbolismo mucho más que simple voluptuosidad de los sentimientos. Si hay algo que les hace que su arte sea algo vivo, mucho más real que las causas educativas y sociales, es la dedicación a la expresión de lo invisible y lo inmaterial, tanto por lo que en los adentros del artista canta o rechina, como lo que del exterior atraviesa su coraza cárnica. Son movimientos amplios, y en efecto, recogen distintas variedades temáticas, pero el jugo más sabroso que queda, es la tremenda capacidad de mostrar la esencia de los seres humanos. Me refiero al interior, al Yo más puro, en definitiva, a la realidad más real de nuestra existencia. Lo objetivo peca de intencionalidad, y siempre resulta acabar en la caja fúnebre de las etiquetas ideológicas o moralizantes. Quien no pretende más que expresarse, sacar de sí una realidad propia que no tiene traducción objetiva, carece de intencionalidad interesada, y por tanto, lo que plasme, será lo único que meritoriamente podría ser llamado auténtico realismo. Claro está, que sólo será comprensible para gentes avanzadamente sensibles, capaces de escupir sobre las etiquetas y de marginar los conceptos existentes y asentados, de abrir la mente, y sobretodo y más importante que eso: su corazón, su mirada, y cada poro sensorial de su cuerpo, para recibir el colorido grito de un hermano humano. Para esto, también es necesario ponerse en su propia piel, ser capaz de conocer de quién recibe ese flujo de vida.
¿Qué supone el modernismo, el simbolismo? Es la llegada de una nueva forma de sentir, y sobre todo, una nueva forma de interactuar con el degustador de arte. Pero no es mi intención extenderme en justificaciones ni en hablar extensamente sobre las características de estos movimientos.

No se entienda esto como una crítica al movimiento llamado Realista, muy respetable cuando se trata de un autor sincero consigo mismo. Sin más, pretendía expresar lo que para mí significa, lo que para mí fue esencialmente, lo que para mí dio y da sentido al movimiento de los modernistas y simbolistas, y supongo que también el de los decadentes, aunque en menor medida, y que tantos quebraderos de cabeza dieron a sus contemporáneos. 


La trinidad del Amor, la Claridad y la Voluntad

Pese a estas inconformidades, no puedo más que agradecer la graciosa historieta construida por Eduardo de la Barra, que más que introducir a Ruben Darío, lo ensalza hasta las faldas del cielo entre trompetas que preparan al lector para una lectura que empezará con gran ansia de empaparse de esa grandeza con la que nos han entusiasmado. Y sobre todo, destaco su final, por parecerme totalmente válido y verdadero, y no sólo para los genios, sino también para los artistas secundarios que quedan a la sombra de los titanes reconocidos:

(...) no temáis engañaros, que él lleva consigo las tres palabras de pase para el templo de la inmortalidad:

                                                    Eros - Lumen - Numen

Antes nos decía que los que intenten seguir el estilo de Darío fracasarán, porque es propio de un genio y de un estilo y una armonía irrepetibles. En eso acertó el entusiasmado crítico. Pero quiero indagar en estas tres palabras. 

Si un artista no crea con amor (Eros), su obra será un títere, un muñeco, una especie de roca con superficiales dibujos que serán borrados por la propia naturaleza del tiempo. Conocida y usada por todos es esa expresión a la hora de hablar de la comida de nuestras madres: "está riquísimo, se nota que se dedica a cocinarlo con mucho amor". Bueno, pues si creemos que una comida puede salir rica por crearla con amor, ¿por qué iba a ser diferente la creación de una obra literaria, pictórica...? Cuando obramos con amor una parte de nosotros se desprende con nuestra creación, y es cuando nace un ser automático, una vida que se independiza de su autor y que pasa a construir eternamente el interior del conjunto de unas palabras o unos colores. Y en este desprendimiento está ligado el Eros con las otras dos palabras.

La claridad (Lumen) o la luz ya no depende sólo del artista. Es la parte en la que algunos pedruscos académicos se justificarían para afirmar que "el escritor nace escritor" y quien no nace siéndolo no se hace. Pero dado que no confío en tal exclusivista y cerrada opinión, os digo como veo yo esta claridad o luz. En cuanto a máximo nivel de acuerdo con la citada opinión, diré que cada persona nace con un nivel concreto de claridad, y que el proceso más significativo en el desarrollo de este, será su educación infantil y adolescente (por supuesto, no me refiero a la simple adquisición memorística de nuevos conocimientos, pero no es este momento para hablar de ello). Sin duda, aquí tiene cabida el genio del artista: su claridad será más amplia y fluyente en la medida que mayor sea el genio. Eso sí, no creo que este se mida con un simple y estúpido número, como es el coeficiente intelectual, que tanto gusta nombrar a ciertos personajes. Más bien, lo enlazaría con la sensibilidad (en cuanto a la capacidad de ver con transparencia, más allá de los muros y las apariencias de palabras, ideas o expresiones) de cada persona, que también se cultiva y se entrena, pero que sin duda va muy ligada a la personalidad, y eso sí que viene de fábrica.
Añado un aspecto para la importancia de la claridad: como he dicho, es algo que se entrena. Creo firmemente que esta estará más presente en el artista cuanto más costumbre tenga de leer y valorar sobre todo tipo de lecturas.

El tercero, y quizá el más importante, porque es el que más depende de la persona y por tanto la parte más decisiva en cuanto al resultado del trabajo y dedicación del artista, es la voluntad (Numen). El Numen es entendido clásicamente como la Inspiración, y en cuanto a su relación con la voluntad, el esfuerzo y la constancia, no me cabe la menor duda que es un elemento más entre estos, favorecido, empujado, bien recibido gracias a ellos. Como dice Théophile Gautier, "quien es sorprendido por algo que no es capaz de expresar en palabras, no es un escritor". La inspiración es el dulce más anhelado por todo artista, y cualquiera que tenga una mínima vocación creadora ha sentido esa sensación desagradable de sentirse atascado, incapaz de expresar, hundido en la tiniebla. La falta de inspiración. Pero abandonar o no estar presente frente al papel en blanco es, sin duda, el peor error del artista: La inspiración no avisa, y cuanto más práctica y más preparación tenga el alma creadora, más fácil será que la inspiración juee su papel y llegue ese punto final tras el que exclamar ¡chapeau!



Ruben Darío. Azul. La expresión áurea y bella.

Este artículo comenzó a razón de decir unas breves apreciaciones sobre Ruben Darío, pero no quería privarme de plasmar aquí de una vez esas ideas que ahora forman esta entrada. ¡Es hora de hablar un poco de un hombre que guardo en el recuerdo como genial cuentista y preciosista creador!

Ruben Darío
El libro se divide en dos partes: Cuentos y Poesía. Conforme leía cada cuento, es innegable un aspecto clave para que resulte imposible que Ruben Darío es un decadente, un amante del arte por el arte, un creador de eternas bellísimas y doradas imágenes. Basta leer algunos párrafos de cuentos como El velo de la reina Mab La Canción del Oro o, el luminoso y al oro equivalente en valor El palacio del Sol. Por no mencionar, del que más tarde hablaré, el cuento de El pájaro azul.

Pero si he destacar ciertos aspectos, son los siguientes: 

Comienza con un amargo sentido del humor, diciéndonos ¡venid, tristes, venid! Aquí os traigo un cuento que os alegrará el día, en una historia sobre un poeta mendigo cuyo destino nos hace quedar con cara de bobos: ¡Nos ha tomado el pelo! ¡El brillante canalla nos ha colado una tragedia cuando nos anunciaba un motivo para escapar de nuestra tristeza! Pero mejor que el lector descubra lo que ocurre. Y así nos prepara para lo que viene: punzantes amargos sabores entre descripciones cargadas de belleza y de luz diáfana.

Pero no todo me parece cristalino en el estilo de Darío. Si bien en algunos casos el preciosismo de las descripciones me resulta necesario para transmitir unas imágenes de cuento doradas, espléndidas, mágicas, y tantos otros adjetivos bellos más, en otras me resulta excesivo, sobrecargado, llegando a resultar empalagoso incluso para los temas en los que habla de hadas y princesas, o tal vez por ello resulte tan dulzón hasta dar la impresión de recibir una sobredosis léxica de azucar.

Más allá de ese ingrediente presente en algunos de cuentos y poemas a los que atiborra de detalles naturales, florales, sensitivos, me quedo con el resultado final de la mayoría de sus cuentos: Son un arte dulce y agradable, equiparable a las sensaciones que nos da la Primavera (cuando no nos atormente la alergía, claro está).

Personalmente, destaco el siguiente cuento, porque le encuentro el encanto y la temática ideal del poeta decadente y la expresión de los que adjudican la expresión melancólica como característica del movimiento, que por otra parte, me hace ver aquí el precedente existencialista de los poetas: El pájaro azul.

Garcín es el héroe poeta y espejo de tantísimos que entre los siglos XIX y XX se quitarían la vida por vacío existencial, falta de sentido en la existencia, o por sentir que su vida ya no avanzaría más durante el resto de su existencia en el mundo. Es el prototipo de poeta maldito, que Ruben expresa con una belleza y un idealismo enorme, aunque distanciándose del perfil de Garcín narrando el cuento desde el punto de vista de uno de los poetas del grupo que se reúnen en un bar de París, sintiendo su dolor pero sin muestra de que comparta el mismo problema también en su interior.

Sin embargo, la frase final del cuento:

¡Ay, Garcín!, ¡cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!

Al final, la única forma de liberar al pájaro azul, fue dejar abierta la puerta.

En su Año lírico no abandona ese toque romántico de la belleza como aliada de la nostalgia y la tristeza. Me quedo con el poema Estival, donde la cálida y fogosa historia de los tigres de Bengala nos hace sentir el vigor y la venganza del mismo tigre, víctima de los cazadores, tal vez, como el poeta es víctima  a su vez de un mundo tan bello como peligroso para los soñadores.

Y aquí acabo por hoy. Sin duda, con el Azul en mi alma. El mar, el cielo, son azules. La profundidad es azul. El arte de la belleza es azul. Ruben Darío, Víctor Hugo, Baudelaire.... son, Azul. Y además, quizá, con un interior de reluciente y diáfano Ámbar que siempre atravesará a su vez las almas de quienes se atrevan a sentir sus atronadores y virtuosos gritos, que son rellámpagos de fe en la humanidad . L'art c'est l'azur.



PD: Os dejo este enlace a un PDF donde podéis leer al completo la obra de Darío: Azul

domingo, 21 de octubre de 2012

El retrato de Rusia del genial Nikolái Gógol


          Empezado el nuevo año de Universidad, llegados los tantos proyectos personales y obligado por los excesivos trabajos y tareas varias, corro peligro de ir dejando cojas a las buenas intenciones que tengo para este blog. A nadie le resulta agradable cojear, pero es un problema que está ahí, y yo espero ir curándolo cubriendo de escayola mi humor y incrustando pastillas calmantes en la presión que suele lograr impedirme escribir y hacer casi todo lo que me gustaría. Ea, vamos al ajo:

          La última vez hablé sobre Nathaniel Hawthorne y La Casa de los Siete Tejados, el romanticismo oscuro y esos ambientes y descripciones tan especiales dentro y fuera del hogar de los Pyncheon. En realidad, si digo que nos vamos no muy lejos, a un autor de la misma época, (primera mitad del S. XIX) podría parecer que toque hoy un estilo parecido, pensaréis, incluso, de algún autor colega del anterior; romántico, estadounidense.... Pues no. Nos vamos al hemisferio contrario de la cultura norteamericana, a Rusia, con uno de los padres de la literatura patria, en este caso, además, alguien que llevó la base de un realismo que influyó en la mayoría de grandes figuras futuras literarias y artísticas de Rusia. Antes de él, Pushkin ya había marcado un nuevo camino cultural en el imperio, por lo que es considerado el fundador de las letras rusas modernas, pero es Gógol quien produce una obra que otorga por vez primera una personalidad y una voz propias a Rusia, quien lanza la alfombra del realismo que influyó a posteriores escritores rusos de la talla de Dostoyevski o Tolstói
            Ha sido una grata experiencia haberme encontrado con Gógol. El choque romántico-realista del paso de Hawthorne a Gógol ha merecido la pena. El estilo de éste consigue hacer de un ambiente realista una lectura ágil y graciosa. No suelo ser cautivado por el realismo, pero en este caso la fusión de la ironía con tantos recursos humorísticos atrapa, convirtiendo la descripción y a los personajes y sus lugares y sus razones en un espectáculo en el que el lector encuentra a un personaje por conocer, y en el que busca la razón por la que realiza ese viaje comprando almas muertas. Aunque, bien se puede decir que Gógol, más que un realista o un romántico, fue sencillamente Gógol. Tras los intentos de encasillamiento en una u otra escuela, lo único que se puede asegurar es que fue un escritor con un estilo nuevo, diferenciado y no tanto influido por un motivo estético sino dinamizado por su propia creatividad y su intención de retratar al ruso de su día en sus ambientes. Que influyó a los posteriores representantes de la literatura rusa e inició una tradición realista.
            Para quien no lo sepa, en la Rusia imperial hubo una época en la que los mujik (los siervos, los campesinos sin propiedades) se contabilizaban como parte de la hacienda incluso después de muertos. Esto provocó numerosos trapicheos, y como aún ya fallecidos, según las escrituras legales, contaban como vivos, se adjudicó el término de "almas muertas" para aquellas almas. Y que digo yo, debían ir bambando por la atmósfera reclamando su maldita libertad para poder por fin dejar de trabajar, aunque fuese figuradamente, claro.
            Pável Ivánovich Chíchikov llega como un consejero colegiado en viaje por asuntos particulares a la ciudad de N. (no menciona la ciudad) y pronto gana la amistad de la mayoría de altos cargos y terratenientes de la zona, gracias a su perfecta presentación y sus impecables formas de comportamiento. Su voz, sus palabras: es un hombre perfecto que sabe como tratar a cada persona según su personalidad y sobre todo, su rango social, técnica de la que dice Gógol, todo ruso conoce muy bien. Vamos conociendo a su persona cada vez desde un punto más cercano, más personal. Llegamos a conocer la educación que recibió, cómo consigue escalar socialmente gracias a su inteligencia práctica y cómo es liquidado económicamente, razón última que le lleva a realizar este viaje a N. en busca de las almas muertas. ¿Cómo puede un estafador no desagradar ni por un sólo momento? Gógol supo la manera, de tal forma que convirtió al mismísimo lector en la misma clase de personas a las que nuestro Chíchikov conoce: embriagados por su personalidad decidida y atractiva. Llega, incluso, a describir la forma en la que los personajes imaginan al protagonista viajero, cómo le juzgan, cómo le entienden. ¿Y qué pasa con esto? Algo que demuestra que nuestro querido autor ucraniano es, como mínimo, tan listo como su propio protagonista: cuando Gógol describe a esos ciudadanos y terratenientes, sus pensamientos sobre Chíchikov suelen coincidir con los que el lector está teniendo, y con los sentimientos y sensaciones que el lector ha ido desarrollando tras saber más y más sobre el "héroe", que es como llama a la figura cautivadora a la que seguimos en su viaje. Este paralelismo no puede ser, de ninguna forma, arbitrario. Gógol sabe muy bien qué busca con su obra, y demonios, ¡qué manera de conseguirlo y dar en el blanco!. Nos presenta una contradicción de esas que en su propio significado, resulta ser una verdad, un hecho. Apreciamos a un personaje que podría estafarnos, nos resulta agradable y no podemos negar ni esto ni su valía, porque tiene sus propios principios, no se contradice, y si bien puede parecer un egoísta descentrado, la verdad es que resulta ser un superviviente bastante legal, en el otro sentido de esta palabra, claro, no refiriéndome a las leyes del estado.
            Aquí no acaban las sorpresas que este ucraniano, escritor en lengua rusa, nos brinda con su peculiar estilo. Él mismo se inmiscuye dentro de la trama, llamándose "el Autor", expresando propios pensamientos o acciones: "el Autor considera que... el Autor, por eso, ha decidido cambiar esto y... al Autor no le gusta... el Autor ruega paciencia al lector..." etc. Gógol se nombra como autor que decide tal o cual cosa. Es un narrador que no crea escenas, sino que conoce y retrata los hechos tal como son, y esto es resaltado con estas inclusiones de sí mismo, sin reparo en reconocer su papel de creador al tiempo que alguien que cuenta una realidad. En definitiva, presenta su historia como cierta, no como una ficción. Estas características van apareciendo sustentadas en un lenguaje activo, rápido, de fácil desenvoltura incluso en las descripciones más habituales, y conjugado con el estilo satírico logra una lectura amena y divertida; más que eso, una lectura que lleva a buscar y buscar más de lo que el escritor tiene que decirnos.
            Pero volviendo a ese apego ante una persona que no debería (tal vez) agradarnos, hay tras esto algo más: Se trata de un estafador que nos es presentado como un "héroe" (de nuevo, medio irónicamente medio en serio, meritorio por sus hazañas), y le cogemos cariño porque le comprendemos. Caemos en el saco de los abobados ante su buena apariencia y cuidadoso tacto, tal como sus propios conocidos, amigos, o engañados. Pero al mismo tiempo, esto mismo resuelve una crítica al sistema, como mínimo, sino desde su propia voluntad expresada, sí desde la perspectiva en la que ironiza sobre estos asuntos sociales que tienen lugar el la Rusia de Nicolás I. Como mínimo digo, pues el autor no explica esta intención en ninguna parte, pero es algo que todo su escrito va retratando, una crítica construida mediante la transición de escenas y sucesos, de formas de hablar y del trato hacia la gente según su papel social por parte de esos altos cargos con centenares de almas de mujiks en sus terrenos cedidos o comprados. Una crítica a todo ese fondo pantanoso y sustentado en la esclavitud de unas personas que son administradas como simples números útiles y explotados. Con esto no me refiero a que contenga una crítica a la esclavitud, sino al motivo principal que está relacionado con ello: las almas muertas, los huecos del sistema.
            Antes he dicho que se molesta en comentar ciertas notas, advertencias al lector desde su papel de autor. Pues bien, también refleja su opinión, aunque a la hora de redactarla sobre hombres y mujeres de la aristocracia rusa, si bien no se abstiene de detalles, si que llega a disculparse (tímidamente). A ese grupo de alta condición femenino, las mujeres de los terratenientes y políticos, digamos que no las refleja con un aprecio muy alto. Más bien, y por decir una imagen parecida a la impresión que nos cuenta en su relato, las retrata como un lobby.Sí, un grupo de presión cuya opinión, al ser generalizada, bien puede ensalzarte y conseguirte una esposa, o al contrario: puede hundir tu reputación en los salones y en los mismísimos asuntos (honrados o no) que lleves en la ciudad donde has osado ofenderlas de cualquier forma. Esto le pasa al héroe en el día del baile de celebración de su gran compra de almas muertas (a quienes los demás, menos unos pocos, creen que son siervos vivitos, sucios y vagos). De hecho, significa su final en el lugar. Aunque en no menor lugar de patetismo deja a los hombres: los divide entre dos clases: gordos y flacos. Cada grupo con sus características. Muy claro lo tenía nuestro querido Autor. Esta clase de definiciones parecen ser algo propio de Gógol, pero lo mejor de todo, es que no creo que se alejara mucho de la realidad.

            Antes de cerrar los comentarios sobre el argumento, quiero hacer incapié especialmente en una parte. Esta historia se divide en dos partes: la historia de Pável Ivanóvich Chíchikov, y en segundo lugar, la de Tentétnikov y de cómo estos dos se conocen y posteriores sucesos. He de declararme admirador del comienzo de esta segunda parte. Del cómo nos presenta a este nuevo personaje como un indeseable, un sosainas y un echado a perder: rico, con unas tierras formidables, y matando de hambre a los mujiks y abandonando sus tierras desaprovechando sus posibilidades. Matándose a sí mismo, sin hacer nada de valor. Y, cómo nos da la vuelta -de nuevo- a la realidad, y nos muestra cómo el hombre ante el que estamos resultaba ser toda una promesa: preocupado por la verdad, por la justicia, por las grandes obras, por el amor... y cómo se dejó de lado a sí mismo tras la muerte de su maestro, de todo lo que aquello significó para él; la desilusión del mundo que le esperaba, la irrealidad del trabajo en el que parecía condenado a existir. La vuelta al campo y su reincidente declive, por otras causas esta vez. 
             Dicho así podría parecer una historia típica, algo general, sin mayor interés: yo no soy Gógol. Puedo pecar de idealista, pero debo decir que los párrafos de esta parte de la historia se convierten en pura magia. Gógol, a estas alturas, ya ha conseguido domarnos, hacernos ver que no somos capaces de ver la verdad por mucho que hagan como si nos la cuentan, que no somos quienes para enjuiciar, menos para valorar. Y nos vuelve a romper de nuevo. A este momento le acompaña algo que -creo- a muchos de nosotros nos pasa en algún momento de nuestra existencia. Estamos viendo cómo una persona capaz es destrozada en plena etapa final de su educación (o cercanamente posterior). No ha importado su inteligencia. Sus puertas se han cerrado por la muerte de un hombre que sabía educar, que sabía enseñar y lo que hacía falta enseñar. Porque lo que quedaba tras él no era suficiente para guiar a este hombre decidido a trabajar para cambiar el mundo, aunque fuera un pequeño mundo. En resumen: cómo la ilusión de un joven se ve truncada ante la brecha que provoca la realidad enrevesada sobre las esperanzas que no han podido ser apoyadas por un conocimiento necesario para ello, porque no fue dado en esa juventud, cuando debía llegar. Puede que a nosotros no se nos haya muerto ese maestro (a algunos también esto les coincide) pero la regla es esa: una preparación insuficiente o desviada, inutilizada ante un mundo que desgraciadamente no cuenta con personas, sino que cuenta personas. Le importa las características, los papeles, los números que califican a las personas y no las personas en sí.
            Para acabar copio un par de fragmentos que destacan personalmente, para mí. La palabra camino ha tenido un importante significado en mi experiencia desde hace cierto tiempo, la he utilizado de varias formas, y la seguiré usando de otras tantas. Leyendo la obra de Nikolai Gógol descubrí (como otras varias cosas) que para él también tenía algo especial esta palabra y lo que ella puede contarnos y hacernos ver, pensar y sentir. En su caso, sería la palabra дорога, que actualmente significa camino en ruso (desconozco si él usó una palabra diferente). Os dejo pues con estos fragmentos. ¡Seguro que a algun@ que otr@ consigue hacerle ver esta palabra de una forma mucho más moldeable y atrayente!

"¿Qué cosa atrayente y portentosa hay en la palabra camino? La misma palabra nos llama, nos lleva. ¡Y qué maravilloso es el propio camino" (pp. 236)

"¡Dios mío! ¡Qué hermoso eres en ocasiones, lejano camino! ¡Cuántas veces he recurrido a tí, como el que muere y se ahoga, y siempre me sacaste a flote y me salvaste generosamente! ¡Y cuántos proyectos maravillosos nacieron de ti, cuántos sueños poéticos y cuántas impresiones pasmosas has hecho nacer! (pp. 238).*


Y nada más. Aquí os dejo unos enlaces MUY recomendables para indagar más en este sorprendente creador:

- Aquí una página en la que podéis leer algunos de los cuentos de Gógol.
- Y aquí he encontrado la novela Almas Muertas completa (hasta que Gógol interrumpe el manuscrito), con un buen e interesante prólogo sobre el autor.


* Ambas citas extraídas del libro Almas Muertas de la editorial Planeta, año 2000.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Hermano vagabundo

    Son las tres de la noche. Voy por el centro de Valencia, tan diferente a su hermano aspecto del día que podrían ser dos ciudades diferentes de no ser por el calco de sus formas. Llevo un mono de tabaco equiparable al sediento que está llegando a la ciudad pero que todavía le queda camino en el desierto. Encuentro varias gentes; parejas, solitarios que aceleran el paso y grupos de jóvenes borrachos como en el que yo estaría de no haber nacido raro y asocial. Pero, pasa un tiempo, dos, tres calles, las luces que creen romper la tenebrosa oscuridad se entremezclan en sus variopintos colores ámbar verde y amarillo rojizo mientras yonkis, borrachos, desesperados, vagabundos y yo marcamos las aceras modernas y las carreteras de petróleo con la huella de la auténtica y actual oscuridad, la confusión y la turbiedad de nuestros días, tan semejantes, hipócritamente, a las ejemplares épocas que nos anteceden.

      La luna y el reloj de la estación se retan: modernidad frente al clásico que no nos deja, por muy antiguas o excesivamente nombradas que sean sus manchas místicas, y bajo esa lucha, encuentro una oportunidad. Un tipo alto y negro a unos diez metros de mí. Mientras me acerco decidiéndome a preguntarle él tira un paquete, tras lo que saca otro idéntico, del que puedo adivinar una marca de tabaco. No es mi favorita, pero siguen siendo cigarrillos. Me convenzo y me digo ¿qué más da? Le pregunto calmo, convencido de amabilidad correspondiente “ey, ¿tienes un cigarrillo? El tipo farfulla palabros ininteligibles, pero consigo entender algunas palabras:

  no cigarrillos tengo esto colillas recojo colillas apenas ves mira tengo algunas

     No consigo adivinar más, pero no es necesario; a menudo sólo necesitan las palabras los que las acogen para el engaño, pero no necesitamos caracteres para observar lo que verdaderamente corre y grita alrededor nuestra. Su paquete está medio lleno. Veo cómo remueve unas colillas. Chafadas, rotas, sucias, casi todo boquilla y poco veneno. Un veneno que ansiamos, porque ni siquiera podemos aspirar a la vida. Y tampoco eso podemos obtener. No porque no nos conviene, tan sólo es, que no nos merece a nosotros, a la raza la estirpe. Triste pobre melancólica fracasada nefasta.

      Me siento mierda y absurdo por haberle pedido. Me despido con un graciastío y él responde un nohaydequé.

      Sigo mi camino, unas calles más, cansado pero sobre todo humillado. Ninguneado por una bola blanca que ya ni es la luna, sino farolas que pretenden facilitar nuestro camino, pero que, en realidad, marcan nuestro destino. Un destino impropio e hipócrita. Un destino que no es tal sino burla y vejación. Timo, unción de cadáveres del pasado a títeres del presente.

     Sigo mi camino. Allá hay dos en un banco. Uno sin camiseta, dormido. El otro, despierto, ríe cuando paso por su lado tecleando mientras escribo esta crónica del verdadero edén en el jardín del bienestar.

     Sigo mi camino. No pienso pedir nada a nadie más. Pienso en ella, en ella en ella en ella pero ella no está. Yo al menos tengo un hogar al final de estas calles y avenidas, que me espera aunque llore ría o me drogue. Allí me espera la calma de la cáscara de huevo. A fuera, la verdad, el lastre, el trabajo por hacer en esta tierra de cobardes acomodados.

      Hoy la luna ha presenciado esto y con ello, el ocho de septiembre de dos mil doce.

     Siento las posibles ofensas aunque no las sienta. Ya estoy llegando a casa tras hora y media de andaduras y observaciones. Pero lo confieso, así soy a veces

barro

aprendiz de vagabundo

  y otras el más fiel seguidor del racionalismo ordenado, como el diamante ante el amante.

     No sé por qué, pero no soy capaz de distinguir cuál de estas situaciones es mejor o peor, no soy capaz de resolver cuál a mí me pertenece tras tanta sombra de apariencia y espejismos labrados en reflejos de espejos brillantes detrás de los que hay sólo lo que hay tras todo lo demás sin más, porque no hay más. Nada más.

      Hoy es 2012, y no sé por qué creo que esto sólo acaba de comenzar. Estas calles y sus líneas sólo acaban de llegar.

     Sea mi objetivo, sea la vida o la tragedia, será mi momento. Y el momento, junto a otros, seré yo.


Noche del 8 de Septiembre de 2012