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martes, 21 de agosto de 2012

Emily Dickinson, símil real de la esencia de la Poesía.

No debe ser fácil presenciar una partida de cartas y contemplar con nostálgica espera como reparten y te toca a ti existir como poetisa y pensadora en una época y un lugar en el que a una mujer le era encargado por norma social hacer poco más que cuidar de la casa. No había una negatividad total sobre el hecho de ser una mujer artista, en ese caso, Emily Dickinson no hubiera tenido correspondencia con distintas personas sobre el arte, la religión, y todo lo demás. Pero ser mujer y escribir lo que pasa por dentro de una, sin molestarse en formalismos o en la forma en que sus escritos serán publicados, sin duda no iba a ser plato de buen gusto para la sociedad puritana de Nueva Inglaterra, de nuevo en la tierra de Hawthorne, aunque en la ciudad de Amherst esta vez.

 Que esta mujer escribiera sin la intención de publicar (nunca lo hizo con su verdadero nombre), y aún más, sin la voluntad de que se leyese lo que de ella salía, salvo dos o tres personas cercanas, es un vivo símbolo andante de lo que es y significa ser poeta o poetisa en el mundo. En cualquier época y condición la poesía brota como las plantas y los árboles, sin parar por encontrar el más pesado y gran obstáculo, hasta subir creciendo y morir en lo más alto de su figura, pese a no ser conocido más que por los cuatro monos y hormigas que merodean por sus faldas.

   Emily Dickinson eyectó de forma ingeniosa y bella aquello que sintió y pensó al lado de un ambiente nada propicio para que pudiera mostrar su mundo más allá de las fronteras de las amistades cercanas.

   Por esto no podemos encontrar obras suyas diferenciadas por tema o motivo. no escribía pensando en la publicación o en marcos de algún tipo, sino simplemente escribía sus ideas en pequeños poemas cada vez. Y así quedó una colección de más de mil setecientos poemas, normalmente con rima y entre las que destaca la yámbica.

   En ellos se nota su especial interés por la naturaleza y en especial por las plantas.  , y muchas veces sorprende los juegos de metáforas empleados, así como el ingenio de algunas ideas. Pero es mejor que os ejemplifique directamente con algunos que para mi destacaron por su gracia o por su belleza. Es una pena, otra vez, que no pueda hablar má sobre su creación al no haber leído su obra en lengua original, pero todo llegará. Aun así, esta vez no hay queja por la traducción, pues viene de parte de una gran poetisa del XX, Silvina Ocampo, y esa calidad también se nota en una traducción que suele conseguir aunar el ritmo, el sentido y la belleza.
   Sin enrrollarme más, ¡ahí van!


Si rememorar fuera olvidar,
entonces no recordaría.
Y si olvidar fuera rememorar,
qué cerca de olvidar estaría.
Y si echar de menos, fuera divertido
y llorar, alegría
¡cuán dichosos serían los dedos
que juntaron esto hoy!

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El éxito es más dulce
para los que nunca triunfan.
Apreciar un néctar requiere
una cruel necesidad.

¡Ni una de las purpúreas huestes
que llevaron la bandera hoy
puede dar una definición
tan clara de la victoria
como el vencido moribundo
en cuyo vedado oído
el distante clamor del triunfo
estalla agonizante y claro!

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Lo que puedo hacer lo haré
aunque sea pequeño como un narciso
lo que no pueda tiene que ser
desconocido a la posibilidad.

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Hay un cierto sesgo de luz
en las tardes de invierno
que oprime, como
la profunidad de las catedrales

celestial herida nos da.
no podemos encontrar la cicatriz,
sino la diferencia interna,
dónde está el significado.

nadie puede describirlo -nadie-
es el sello desesperado
una imperial aflicción
enviada del aire

cuando llega, el paisaje escucha
sombras contienen su hálito
cundo parte, es como la distancia
en la mirada de la muerte.

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   Más que la innovación o la técnica de esta escritora (que no es escasa esta segunda) destacaría la potencia de su persona, capaz de vencer montes y mares por ella sola, consigo sola y en ella sin más la mayoría de tiempo en vida. Pues incluso su más cercano confidente, al que llamaba Maestro, no tomó en serio algunas de las técnicas o de los acabados de los poemas, y además, a la hora póstuma de su edición se tomó el privilegio de editar con su mano algunas rimas y versos. Y a pesar de todo esto, quitando tantos baches e inseguridades como las que ella misma en alguna ocasión expresó sufrir, mantuvo continuos sus escritos hasta el final de los días, y llegando así a convertirse en uno de los símbolos literarios de su época junto a las figuras de Hawthorne, Melville, o Thoureau. ¿Qué se le puede echar en cara más que la alabanza por tan fuerte voluntad y fuerza de espíritu?

   Pues bien, esta vez un poco breve, dejo esto y voy a seguir probando con las sextillas de pie quebrado y las tankas, que menudo cacao me van armando.

viernes, 17 de agosto de 2012

La casa de los siete tejados. El romanticismo oscuro de N. Hawthorne


He de confesar que de entre toda la literatura que ha pasado por mis manos o mis ojos, hay una que siempre ha prevalecido en mi gusto, sea por el estilo, pero sobre todo, supongo, por condición personal, por los materiales que han ido formando mi forma de sentir y por el ángulo o la lente por la que mi ánimo ha digerido lo que le ha llegado.
   He aquí una de esas obras que me hacen querer ir más allá en la literatura. Al mismo tiempo sé que no es mi estilo, si es que tengo o tendré alguno, pero me dice, al contrario que otros, que hay demasiados mundos y eternidades en esta existencia como para perdérmelo y dejar pasar mi propia experiencia de primera mano.

   Una de esas muestras la encuentro en el romanticismo, en el romanticismo oscuro en este caso, rompedor del trascendentalismo de Emerson,  corriente que, por otra parte, tiene mucha miga y pese a todo, creo que no debe ser tomado a la ligera. Conocidos de este romanticismo oscuro son Edgar Allan Poe sobre todo con algunos de sus relatos breves, aunque sin duda también se entrevé en Una narración de Arthur Gordon Pym, que además coincide por medio de la tragedia marítima con uno de los más grandes exponentes considerados, Melville y su Moby Dick.

   Pero no pretendo hablar hoy sobre ese movimiento en sí, sino sobre otro de los ejemplos más brillantes y vivos del siglo XIX en Nueva Inglaterra, Nathaniel Hawthorne. A parte de su colección de cuentos Twice-Told Tales y su destacable Scarlet Letter (La letra escarlata), que todavía no he podido encontrar, su otra novela de prestigio, The House of the Seven Gables, (La casa de los siete tejados), es una clave muestra de un mundo oscuro y fresco, de sombras que no llegan a ser negras y de belleza húmeda, polvorienta, un mundo molestado en destacar que no hay siempre un por qué para las connotaciones negativas de los sucesos que pueden acaecer sobre una sociedad, una familia, o una persona. Aquí Hawthorne lo hace recogiendo el pasado y el sucio suceso de la caza de brujas de Salem, a partir del cual forma una leyenda de venganza y maldición entre las familias de los Maule y los Pyncheon. Estos últimos parece que quedan en una verdadera maldición eterna siempre que sigan viviendo en la casa de los siete tejados, a causa de la supuesta culpa principal del general Pyncheon en la condena  de Maule por el delito de brujería, con tal de poder quedarse con sus tierras y así construir el hogar para su familia y sus postreras generaciones.
    A partir de aquí surge la historia de las generaciones de Pyncheons y Maules. Pero no de una manera lineal y detallada, sino centrada en un momento concreto, que va siendo ambientado y acompañado de anécdotas y casos pasados. La principal parte de la historia transcurre cuando varias generaciones han quedado atrás, y cuando la familia Maule, pese a conservar en la ciudad el perfume de los delitos pasados adjudicados, han desaparecido de la sociedad. La única habitante de la casa, la solterona Hepzibah, es casi literalmente salvada por la joven Phoebe, una Pyngeon que sale de su casa de campo para pasar una temporada con su tía. Más tarde, la aparición del juez Jaffrey Pyncheon y de Clifford forma los elementos esenciales para el nuevo problema de poder y para el nuevo extraño y trágico acontecimiento. Aunque, ninguno es tan nuevo. Ambos no son más que los resquemores que hace décadas hicieron llegar la condena y la maldición para las dos familias.

Todo esto va siendo narrado por una única voz que parece conocer muy bien los asuntos de la generación de Pyncheons y, no tanto la de los Maule. Esta voz se toma algunos privilegios en los asuntos de la casa, de forma que a veces da la sensación de que la historia no nos la narra otro que alguno de los espíritus Pyncheon que rondan por la casa. Aunque, como él o ella mismo/a dice, no es consciente de todos los secretos de la familia. Pero el hecho es que las vicisitudes y las llegadas y salidas que acontecen en la generacional casa van siendo contadas como por un ojo observador que está escondido en uno de los tantos rincones de las habitaciones que duermen bajo los siete tejados. La única razón que encuentro para desechar tal idea como posible y realizada por el autor es que hay un único momento en el que la narración sale de la casa, y va al tren, único lugar  al que ese espíritu arraigado no habría podido llegar.
   Con lo dicho, me planteo otra posibilidad. La de la influencia de Hawthorne, y en concreto esta novela, sobre Isabel Allende y La casa de los espíritus. Hay elementos bajo nuestros siete tejados que a veces recuerdan a ese extraño realismo mágico patente en la casa y las generaciones que crea Allende. Las características fantasmales y graciosas al mismo tiempo de los últimos habitantes Pyncheon, Hepzibah y Clifford, y sobre todo, el aire de realidad dado a las capacidades psíquicas, de control de la mente, y la hipnosis en la figura de Maule y del joven daguerrotipista Holgrave (ay Holgrave, Holgrave...) como elementos posibles. Por eso y por tratarse de una nueva historia en torno al paso del tiempo y la vida de una familia en distintas generaciones, no me extrañaría que se tratase de una real influencia en la escritora, y además, podría decirse que la obra de Hawthorne es precursora del posterior subgénero llamado realismo mágico. Sí, es mucho decir, pero a pesar de que no podría confirmar ninguna de ambas cosas, los detalles que he dado me inducen a pensar así.

   En cuanto a los personajes, está claro que se dividen en dos ramas claves. Los Pyncheon, reservados y de alta clase social, y los Maule y su hijo pródigo Holgrave, altivos, directos y de clase baja. Los primeros están perdidos en su maldición generacional mientras que los Maule siguen preocupándose de la venganza, todo esto lleva a la situación que nos es contada, donde los pobres Hepzibah y Clifford, son casi muertos y a la vez como dos niños que apenas han vivido la vida, atrapados en una mansión que ya no posee riqueza y honor sino lugubrez, oscuridad y un breve destino económico para sus poseedores, que ya no conservan ningún dinero, hasta el punto de obligarse a sí misma, la vieja y fea Hepzibah, de abrir una pequeña tienda al igual que su avaro antepasado. Ella y Clifford son los dotados de esa atmósfera de condena natural que no tiene explicación ni ningún objetivo divino y positivo, como lo tendría de ser una obra de tintes trascendentalistas. 
   La aparición de Phoebe es la luz. Ella procede de fuera de la casa a pesar de ser una de la familia, y al contrario de sus tíos es joven y grácil, y porta la salvación al estanque en el que aguardan sus dos desgraciados y derrotados parientes. Es la inocencia y la flor que hasta el momento ha permanecido virgen ante la oscuridad y el mal, y con esa energía resplandece sobre la casa, dotándola  de su radiante viveza. Aún así, como su tía le advierte, las pozas de negras historias de la casa de los siete tejados son demasiado profundas como para no tener ningún efecto sobre la más inocente y viva rosa. Entre esto y las conversaciones con los filósofos, el viejo tío Venner y sobre todo con el extraño y conflictivo joven Holgrave, Phoebe madura y pierde su inocente concepción de la vida antes de dejar (para volver) la casa. Este cambio es clave, pues si bien la primera Phoebe era feliz y brillante, después no lo es menos, pero su mirada ha cambiado, en palabras de Clifford, ya es una mujer, una adulta, y ya no tendrá más aquella gracilidad y constante luz, aunque seguirá siendo una flor radiante para los demás.
   En cuanto a Holgrave, me es, personalmente, el personaje más importante y significativo de la obra. No sólo por su viva actitud de buscador, viajero y filósofo, ni por sus discursos ni sólo por ser el desconocido elemento sorpresa que cambia el sentido final de la obra, sino porque en él se apoya Hawthorne para poner su propia voz de pensador, y posiblemente, sus rasgos personales  en juventud. Al igual que Nathaniel Hawthorne, Holgrave estuvo en Europa, curiosamente, en los mismos países que él. Y aún más curiosos son algunos de los diálogos (geniales) que suceden entre Holgrave y el tío Venner y los demás en las reuniones de los domingos en el jardín. Por ejemplo, cuando el autor dice de Holgrave:

« (...) A Holgrave le parecía como sin duda les ha parecido a todos los jóvenes desde los tiempos de Adán, que en esta época, más que en ninguna otra, había que destruir el podrido pasado, enterrar su cadáver, y comenzar de nuevo.
   En cuanto al punto principal -¡Dios nos libre de dudar de él!-, en cuanto a los siglos mejores que se acercan, el artista estaba seguro. Su error radicaba en suponer que nuestra época, mejor que otra, está destinada a ver los trajes andrajosos de la antigüedad sustituidos por otros nuevos, en vez de irlos renovando gradualmente a fuerza de remiendos. Su error era aplicar el pequeño espacio de su vida como medida de una hazaña interminable y, más que nada, imaginar que no importaba para el objetivo final, que daba lo mismo que estuviera a su favor o en contra. Para él, lo mejor era pensar así. 
   Ese entusiasmo, calando en la serenidad de su carácter y adoptando por ello un aspecto de cosa pensada y sensata, contribuía a conservar pura su juventud y elevada su aspiración. (...)»

   Decía que es curioso... porque esa reflexión sigue siendo vigente hoy en día. En todos los jóvenes desde los tiempos de Adán. Y así sigue siendo.
   Holgrave es la figura pensante y más atractiva del relato, tanto que se gana el aprecio, pese a su personalidad seca y tajante, de todos, incluido el de Phoebe.

Por último, cómo no, el final. Tras el, digámosle, tramado sobrenatural suceso, ocurrido en el juez Pyncheon, y la vuelta de los viejos Hepzibah y Clifford tras su absurda huida, se da un momento que posiblemente rompe la maldición, o por lo menos, su lógica. La identidad real de Holgrave le es revelada por él mismo a Phoebe tras su declaración de amor, y así acaban uniéndose (hasta donde nos cuentan) las dos familias enfrentadas desde antes de la construcción de la casa de los siete tejados. No se quedan en la casa, por lo que no se explicita que rompan la maldición, aunque esta se explicaría racionalmente por Holgrave cuando atribuye las repentinas muertes a un defecto físico del corazón heredativo de los hombres de la familia Pyncheon.
   Pero, además de esto, y de nuevo metiendo mi zarpa, mi vista en el asunto, podría entenderse otra idea, algo que es para mi esencial en el entendimiento entre las personas en una sociedad avanzada. Cuando se unen Holgrave y Phoebe no sólo se rompe la maldición entre las dos familias, sino también entre dos clases sociales. Se unen dos mundos (aunque en este caso la condición de los Pyncheon estaba ya deteriorada), dos perspectivas de la forma de vida y la condición humana. Y es esto lo que considero fundamental, el trato entre las diferentes clases sociales que hayan con tal de romper prejuicios y desconocimiento, para descubrir que por encima de todo somos personas con las mismas inquietudes básicas que los demás. Y asimismo, y ya puestos, añado que creo debería hacerse lo mismo en cuanto a ideologías. no entre representantes de tal y cual, sino entre los que creen en algo con sinceridad y no por interés. Pero esto es difícil, supongo, pues la mayoría de veces, más que ideas y aspiraciones, las personas estamos contaminadas de egoísmo, prejuicios y poca distancia de tiro en nuestra búsqueda.

Próxima parada: Emily Dickinson y su poesía tremendamente propia y diferenciada. Hasta aquí un Hawthorne que me ha sorprendido con su expresividad y sus brillantes ideas, la mayoría de las cuales siguen teniendo una relevante importancia a tener en cuenta. Sin duda alguien a seguir teniendo cerca para próximas lecturas.

lunes, 6 de agosto de 2012

Mares tenebrosos, cuentos de terror en el mar. ¡Una antología de miedo!

Ah, el verano. ¿Qué tiene el verano, a parte de mucho calor?  Pues por regla no lo sé, pero para mi es la libertad de poder ser uno con el mar sin miedo a pillar un resfriado. Eso y, también en mi caso, "tener" tiempo. Aunque más bien es como una de esas ofertas de grandes almacenes. ¡Disfrute de más tiempo por menos esfuerzo! Y luego te lo gastas tirado en el sofá cual zombi hambriento.  Pues bueno, es que el calor atonta, pero ahí está el truco: no dejar que tan despiadado comerciante te amodorre. Echarle ánimo y una ducha fría, y a por todo aquello que te propusiste hacer antes de la llegada de la supuesta libertad anual.

En parte, y con esto acabo, estoy contento. Esta semana he acabado el primer relato de este verano, de unas 30 páginas. Espero escribir algunos más antes del nuevo septiembre, ya se verá.

   Si he tardado en retomar esto ha sido en parte por ese relato, y también por lo que digo al principio. Por lo menos ya estoy de nuevo en marcha, y con bastante por decir, en varias entradas que vendrán dentro de poco después de esta. 
   Hoy no voy a hablar de ningún autor u obra en especial, ni trataré de comentar ni criticar, ni valorar lo relacionado con la escritura en sí. Vengo a dar a conocer algo muy valioso para los que, como yo, adoramos el terror y también el mar. Barcos, fantasmas, terror, islas desiertas, etc. Porque cuando algo tan atrapante como el buen terror se une a la gravedad y eternidad del mar, el cuento o el relato se transforma en una historia única y especial.

   Se trata de una recopilación de cuentos de la editorial Valdemar, "Mares Tenebrosos", que recomiendo por varias razones. Lo más importante es que son 600 páginas de buenos relatos. Además, es una buena edición, se nota que está hecho con cariño de amante del terror, y esto se nota desde las numerosas ilustraciones hasta el prefacio de José María Nebreda, que nos habla sobre sus motivaciones a la hora de elegir los integrantes y un poco de cada autor seleccionado para esta antología, además de una valoración que considero muy acertada sobre la categoría de esta clase de literatura.
   Además, no sólo contiene autores de gran talla, sino otros que con una elevada calidad, no son muy conocidos a día de hoy en nuestro país por cuestiones de traducción, o incluso algunos que no han recibido el merecido reconocimiento en la actualidad, y ninguno de estos relatos tiene desperdicio. Al principio, antes del comienzo de los relatos hay también una pequeña selección de algunos poemas de la misma temática que son dignos de leer, por lo que se agradece mucho que se hayan incluido.
  Es pues, una recopilación bastante completa y bien cuidada que además, no es cara. 17 euros (creo que costó) por 600 páginas con buenas historias (y muchas, muy buenas), bien tratada (ilustraciones de Óscar Sacristán que además, publica en este volumen una novela corta suya) con relatos y poesía, e incluso una sección de vocabulario náutico con gráficos de barcos de ilustración. Es genial. Ah, es de tapa dura.

   No me gustaría alargar más esto, más que por hablar de los relatos es por recomendar el libro, porque merece la pena, y si no, ¡ya me lo diréis si lo véis! Pero yo destacaría los relatos de Hodgson (el grande de los cuentos de terror en el mar), a Michel Bernanos, que se basa en un relato de Philip M. Fisher (La isla de los hongos), el trepidante relato Niebla, de James Hanley, la obra conjunta de Simon Clark y Jonh B. Ford, El pecio de la muerte (no, no es precio), y a un genialísimo relato de humor y terror de Richard Middleton.

En fin, espero que esto sirva para alguien, y si no, servirá de recordatorio para algún día rescatar semejante pedazo de joya para volver a devorarla con las mismas o más ganas que lo he hecho este verano. Ea.