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viernes, 17 de agosto de 2012

La casa de los siete tejados. El romanticismo oscuro de N. Hawthorne


He de confesar que de entre toda la literatura que ha pasado por mis manos o mis ojos, hay una que siempre ha prevalecido en mi gusto, sea por el estilo, pero sobre todo, supongo, por condición personal, por los materiales que han ido formando mi forma de sentir y por el ángulo o la lente por la que mi ánimo ha digerido lo que le ha llegado.
   He aquí una de esas obras que me hacen querer ir más allá en la literatura. Al mismo tiempo sé que no es mi estilo, si es que tengo o tendré alguno, pero me dice, al contrario que otros, que hay demasiados mundos y eternidades en esta existencia como para perdérmelo y dejar pasar mi propia experiencia de primera mano.

   Una de esas muestras la encuentro en el romanticismo, en el romanticismo oscuro en este caso, rompedor del trascendentalismo de Emerson,  corriente que, por otra parte, tiene mucha miga y pese a todo, creo que no debe ser tomado a la ligera. Conocidos de este romanticismo oscuro son Edgar Allan Poe sobre todo con algunos de sus relatos breves, aunque sin duda también se entrevé en Una narración de Arthur Gordon Pym, que además coincide por medio de la tragedia marítima con uno de los más grandes exponentes considerados, Melville y su Moby Dick.

   Pero no pretendo hablar hoy sobre ese movimiento en sí, sino sobre otro de los ejemplos más brillantes y vivos del siglo XIX en Nueva Inglaterra, Nathaniel Hawthorne. A parte de su colección de cuentos Twice-Told Tales y su destacable Scarlet Letter (La letra escarlata), que todavía no he podido encontrar, su otra novela de prestigio, The House of the Seven Gables, (La casa de los siete tejados), es una clave muestra de un mundo oscuro y fresco, de sombras que no llegan a ser negras y de belleza húmeda, polvorienta, un mundo molestado en destacar que no hay siempre un por qué para las connotaciones negativas de los sucesos que pueden acaecer sobre una sociedad, una familia, o una persona. Aquí Hawthorne lo hace recogiendo el pasado y el sucio suceso de la caza de brujas de Salem, a partir del cual forma una leyenda de venganza y maldición entre las familias de los Maule y los Pyncheon. Estos últimos parece que quedan en una verdadera maldición eterna siempre que sigan viviendo en la casa de los siete tejados, a causa de la supuesta culpa principal del general Pyncheon en la condena  de Maule por el delito de brujería, con tal de poder quedarse con sus tierras y así construir el hogar para su familia y sus postreras generaciones.
    A partir de aquí surge la historia de las generaciones de Pyncheons y Maules. Pero no de una manera lineal y detallada, sino centrada en un momento concreto, que va siendo ambientado y acompañado de anécdotas y casos pasados. La principal parte de la historia transcurre cuando varias generaciones han quedado atrás, y cuando la familia Maule, pese a conservar en la ciudad el perfume de los delitos pasados adjudicados, han desaparecido de la sociedad. La única habitante de la casa, la solterona Hepzibah, es casi literalmente salvada por la joven Phoebe, una Pyngeon que sale de su casa de campo para pasar una temporada con su tía. Más tarde, la aparición del juez Jaffrey Pyncheon y de Clifford forma los elementos esenciales para el nuevo problema de poder y para el nuevo extraño y trágico acontecimiento. Aunque, ninguno es tan nuevo. Ambos no son más que los resquemores que hace décadas hicieron llegar la condena y la maldición para las dos familias.

Todo esto va siendo narrado por una única voz que parece conocer muy bien los asuntos de la generación de Pyncheons y, no tanto la de los Maule. Esta voz se toma algunos privilegios en los asuntos de la casa, de forma que a veces da la sensación de que la historia no nos la narra otro que alguno de los espíritus Pyncheon que rondan por la casa. Aunque, como él o ella mismo/a dice, no es consciente de todos los secretos de la familia. Pero el hecho es que las vicisitudes y las llegadas y salidas que acontecen en la generacional casa van siendo contadas como por un ojo observador que está escondido en uno de los tantos rincones de las habitaciones que duermen bajo los siete tejados. La única razón que encuentro para desechar tal idea como posible y realizada por el autor es que hay un único momento en el que la narración sale de la casa, y va al tren, único lugar  al que ese espíritu arraigado no habría podido llegar.
   Con lo dicho, me planteo otra posibilidad. La de la influencia de Hawthorne, y en concreto esta novela, sobre Isabel Allende y La casa de los espíritus. Hay elementos bajo nuestros siete tejados que a veces recuerdan a ese extraño realismo mágico patente en la casa y las generaciones que crea Allende. Las características fantasmales y graciosas al mismo tiempo de los últimos habitantes Pyncheon, Hepzibah y Clifford, y sobre todo, el aire de realidad dado a las capacidades psíquicas, de control de la mente, y la hipnosis en la figura de Maule y del joven daguerrotipista Holgrave (ay Holgrave, Holgrave...) como elementos posibles. Por eso y por tratarse de una nueva historia en torno al paso del tiempo y la vida de una familia en distintas generaciones, no me extrañaría que se tratase de una real influencia en la escritora, y además, podría decirse que la obra de Hawthorne es precursora del posterior subgénero llamado realismo mágico. Sí, es mucho decir, pero a pesar de que no podría confirmar ninguna de ambas cosas, los detalles que he dado me inducen a pensar así.

   En cuanto a los personajes, está claro que se dividen en dos ramas claves. Los Pyncheon, reservados y de alta clase social, y los Maule y su hijo pródigo Holgrave, altivos, directos y de clase baja. Los primeros están perdidos en su maldición generacional mientras que los Maule siguen preocupándose de la venganza, todo esto lleva a la situación que nos es contada, donde los pobres Hepzibah y Clifford, son casi muertos y a la vez como dos niños que apenas han vivido la vida, atrapados en una mansión que ya no posee riqueza y honor sino lugubrez, oscuridad y un breve destino económico para sus poseedores, que ya no conservan ningún dinero, hasta el punto de obligarse a sí misma, la vieja y fea Hepzibah, de abrir una pequeña tienda al igual que su avaro antepasado. Ella y Clifford son los dotados de esa atmósfera de condena natural que no tiene explicación ni ningún objetivo divino y positivo, como lo tendría de ser una obra de tintes trascendentalistas. 
   La aparición de Phoebe es la luz. Ella procede de fuera de la casa a pesar de ser una de la familia, y al contrario de sus tíos es joven y grácil, y porta la salvación al estanque en el que aguardan sus dos desgraciados y derrotados parientes. Es la inocencia y la flor que hasta el momento ha permanecido virgen ante la oscuridad y el mal, y con esa energía resplandece sobre la casa, dotándola  de su radiante viveza. Aún así, como su tía le advierte, las pozas de negras historias de la casa de los siete tejados son demasiado profundas como para no tener ningún efecto sobre la más inocente y viva rosa. Entre esto y las conversaciones con los filósofos, el viejo tío Venner y sobre todo con el extraño y conflictivo joven Holgrave, Phoebe madura y pierde su inocente concepción de la vida antes de dejar (para volver) la casa. Este cambio es clave, pues si bien la primera Phoebe era feliz y brillante, después no lo es menos, pero su mirada ha cambiado, en palabras de Clifford, ya es una mujer, una adulta, y ya no tendrá más aquella gracilidad y constante luz, aunque seguirá siendo una flor radiante para los demás.
   En cuanto a Holgrave, me es, personalmente, el personaje más importante y significativo de la obra. No sólo por su viva actitud de buscador, viajero y filósofo, ni por sus discursos ni sólo por ser el desconocido elemento sorpresa que cambia el sentido final de la obra, sino porque en él se apoya Hawthorne para poner su propia voz de pensador, y posiblemente, sus rasgos personales  en juventud. Al igual que Nathaniel Hawthorne, Holgrave estuvo en Europa, curiosamente, en los mismos países que él. Y aún más curiosos son algunos de los diálogos (geniales) que suceden entre Holgrave y el tío Venner y los demás en las reuniones de los domingos en el jardín. Por ejemplo, cuando el autor dice de Holgrave:

« (...) A Holgrave le parecía como sin duda les ha parecido a todos los jóvenes desde los tiempos de Adán, que en esta época, más que en ninguna otra, había que destruir el podrido pasado, enterrar su cadáver, y comenzar de nuevo.
   En cuanto al punto principal -¡Dios nos libre de dudar de él!-, en cuanto a los siglos mejores que se acercan, el artista estaba seguro. Su error radicaba en suponer que nuestra época, mejor que otra, está destinada a ver los trajes andrajosos de la antigüedad sustituidos por otros nuevos, en vez de irlos renovando gradualmente a fuerza de remiendos. Su error era aplicar el pequeño espacio de su vida como medida de una hazaña interminable y, más que nada, imaginar que no importaba para el objetivo final, que daba lo mismo que estuviera a su favor o en contra. Para él, lo mejor era pensar así. 
   Ese entusiasmo, calando en la serenidad de su carácter y adoptando por ello un aspecto de cosa pensada y sensata, contribuía a conservar pura su juventud y elevada su aspiración. (...)»

   Decía que es curioso... porque esa reflexión sigue siendo vigente hoy en día. En todos los jóvenes desde los tiempos de Adán. Y así sigue siendo.
   Holgrave es la figura pensante y más atractiva del relato, tanto que se gana el aprecio, pese a su personalidad seca y tajante, de todos, incluido el de Phoebe.

Por último, cómo no, el final. Tras el, digámosle, tramado sobrenatural suceso, ocurrido en el juez Pyncheon, y la vuelta de los viejos Hepzibah y Clifford tras su absurda huida, se da un momento que posiblemente rompe la maldición, o por lo menos, su lógica. La identidad real de Holgrave le es revelada por él mismo a Phoebe tras su declaración de amor, y así acaban uniéndose (hasta donde nos cuentan) las dos familias enfrentadas desde antes de la construcción de la casa de los siete tejados. No se quedan en la casa, por lo que no se explicita que rompan la maldición, aunque esta se explicaría racionalmente por Holgrave cuando atribuye las repentinas muertes a un defecto físico del corazón heredativo de los hombres de la familia Pyncheon.
   Pero, además de esto, y de nuevo metiendo mi zarpa, mi vista en el asunto, podría entenderse otra idea, algo que es para mi esencial en el entendimiento entre las personas en una sociedad avanzada. Cuando se unen Holgrave y Phoebe no sólo se rompe la maldición entre las dos familias, sino también entre dos clases sociales. Se unen dos mundos (aunque en este caso la condición de los Pyncheon estaba ya deteriorada), dos perspectivas de la forma de vida y la condición humana. Y es esto lo que considero fundamental, el trato entre las diferentes clases sociales que hayan con tal de romper prejuicios y desconocimiento, para descubrir que por encima de todo somos personas con las mismas inquietudes básicas que los demás. Y asimismo, y ya puestos, añado que creo debería hacerse lo mismo en cuanto a ideologías. no entre representantes de tal y cual, sino entre los que creen en algo con sinceridad y no por interés. Pero esto es difícil, supongo, pues la mayoría de veces, más que ideas y aspiraciones, las personas estamos contaminadas de egoísmo, prejuicios y poca distancia de tiro en nuestra búsqueda.

Próxima parada: Emily Dickinson y su poesía tremendamente propia y diferenciada. Hasta aquí un Hawthorne que me ha sorprendido con su expresividad y sus brillantes ideas, la mayoría de las cuales siguen teniendo una relevante importancia a tener en cuenta. Sin duda alguien a seguir teniendo cerca para próximas lecturas.

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