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martes, 13 de marzo de 2012

Chronicle: Otro triunfo del Found Footage

::ALERTA:: Spoilers modo ON. Abstenéos de leer quienes pretendáis ver la película, u os fastidiaréis la trama.

En el artículo de hoy, atreviéndome de nuevo con el cine, me gustaría escribir unas ideas que he tenido al ver Chronicle en la pantalla grande, dirigida por Josh Trank y escrita por Max Landis. No voy a parar en muchos aspectos, sino más bien en lo que se me cruzó por la cabeza mientras veía la película.

Un poco de Found Footage

He ido al cine porque hacía demasiado tiempo que no lo hacía, y hay que refrescarse de novedad... ¿novedad? bueno, no siempre es novedad, pero por lo menos te entretienes, comes palomitas, y quién sabe, ¡alomejor te encuentras una sorpresa!
Con Chronicle me esperaba la típica peli de medianos tirando a grandes efectos especiales con un argumento flojillo pero suficiente para deslumbrar con sus emocionantes sucesos, y tal. Pero cuando empezó la cosa me encontré con algo inesperado: había sido rodada por diferentes cámaras y diferentes “narradores”, o lo que es lo mismo, la historia era una compilación de breves grabaciones distintas, técnica cinematográfica que se conoce generalmente como Found Footage, término que podría traducirse como cine de material encontrado, referido a su carácter original, según el cual se cogían partes de películas, y sacándolas de su contexto, creaban un cine con diferente sentido al de sus “progenitoras”. Este tipo de cine tiene una larga trayectoria underground, pero a partir de 1990 fue rescatado del práctico anonimato en el que sólo lo conocían los más íntimos del cine, y desde entonces no ha hecho más que subir en popularidad y en uso, como es el caso de las conocidas The Blair Witch Proyect y Paranormal Activity de EEUU, o REC como ejemplo en el cine español. Debido a esa naturaleza, teóricos del mundo audiovisual se han molestado en tratar el tema, llamado a esta técnica remontaje audiovisual (Weinrichter), desmontaje (Bonet), o postproducción (Nicolás Bourriaud). Sin embargo, yo no encajaría el found footage comercial actual en el término postproducción por la sencilla razón de que este material “encontrado” ha sido creado con la intención directa de crear un único sentido en una única película, y ni ha sido buscado sino fabricado, ni reconstruido sino enfocado a un único fin.


Buenas vibraciones con Chronicle

Añadido el apunte sobre el Found Footage, porque me parecía interesante dejar más o menos claro por dónde van los tiros, voy ya con mi ráfaga de sensaciones con esta frenética muestra de originalidad en lo ya creado (no del todo, claro). Dentro de poco me entenderéis.
La verdad es que me llevé una buena sensación al salir de la sala, aunque con ciertos detalles rondando en mi cabeza. La trama en base no tiene mucho de especial, tres chavales en una fiesta rave van borrachos y encuentran un extraño agujero en mitad del campo cercano al lugar de la fiefhta, por supuesto, entran y ¡pum, se conviertieron en choca... en super héroes!, o mejor dicho, en poseedores de un poder rarete y descomunal. Por tanto, conocemos a tres personajes clave: Andrew (interpretado por Dane DeHaan), el chico marginal y maltratado por su padre. Matt (Alex Russell), su primo buena gente pero poco social que pasa de él (porque es lo que le faltaba para finiquitar su vida social) y el que no pinta nada, pero que se mete en la trama, digamos, de casualidad, Steve (Michael B. Jordan). Sin pararme más en la trama: Me gusta que no nos metan que esa roca luminosa viene de Marte o de Pekin, no me interesa (+10), me gusta que hagan suya una historia aparentemente típica, consiguiendo un punto de vista diferente a todo lo anterior. Un mundo de superpoderes sin elementos barrocos, exagerados, espectaculares (+100). Es una historia natural de cómo unos chavales se encuentran con poderes, de cómo les afecta a cada uno según su naturaleza, y de cómo pasaría en realidad si llegara a darse el caso de que unos estudiantes se encuentran con tal peligro de tesoro. Al menos es la sensación que a mi me causó. Bien, eso sumado a la técnica de la primera persona, la historia de los tres jóvenes está llena de vitalidad y de realismo, cosa muy importante cuando se pretende vender como real un cuento de ciencia-ficción.
Hay algo que me llamó la atención, y que consideré mientras charlaba con mi hermana, que me acompañó a verla. En teoría, al ser un compuesto de imágenes y sonidos, se podría imaginar que la historia fue reconstruida más tarde por algún interesado (Ahí sí que sería íntegramente Found Footage), y claro, habría espacios en los que no habría información alguna debido a que hay momentos en los que los personajes difícilmente podrían llevar una cámara. Y, ¿qué haces ahí? Pues director, guionista &co. lo vieron fácil (alomejor no): cámaras de seguridad. En pleno siglo XXI estamos rodeados y vigilados como si fueramos famosos y ellas paparazzis, ¡automatizados! (miedo). Así que por ejemplo cuando Andrew necesita dinero para intentar salvar la vida de su madre, entra a robar a una triste gasolinera. Él tiene la excusa de estar obsesionado por las cámaras y tener el poder de levitarlas, pero no les vino mal hacer uso de las cámaras de seguridad cuando la gasolinera explota y todo lo cercano a él arde de lo lindo.
Peeeeero, hay otras ocasiones en las que el uso de una cámara ya no parece tan creíble, y otras en las que a mi parecer, incluso estorba. Por ejemplo, ¿quién llevaría una cámara estando gritando de horror mientras se encuentra encerrad* en un coche que está colgado a metros y metros por encima del suelo en la punta de uno de los edificios más altos del mundo? Pues la chica rubia-rollo de Matt, además de muy freak de las cámaras, debía ser adicta a las alturas y un poco emo, porque si no no encaja.
Luego están los detalles que para mi, estorban. Lo de la chica no encaja, pero se perdona, porque da una sensación de vertiginosidad y de adrenalina increíble. Pero cuando estás viendo una escena dramática en la que sólo estás pendiente de lo que expresan los personajes, una cámara que se supone fija, va y... recorta el ángulo con zoom (o acercándose). ¡Pues vaya! Me refiero a la escena del hospital, de Andrew tras su accidente pirotécnico, cuando el padre llega y le culpa de la muerte de su recién fallecida madre. Al comenzar la secuencia se oye una voz en off que dice “la cámara es necesaria para la investigación policial”, y dejan paso al padre que habla a solas con el accidentado (no le diría lo que le dice si hubiera alguien escuchando además de la cámara). Claro, tú estás pendiente a ver si el cabrón del borracho le va a romper algo más, por gusto de coleccionista, o si sólo le va a volver a marear con sus historias de pirado, pensando que están sólos. Y va y se mueve la cámara. Alomejor yo me despisto con facilidad, pero me desconcentró por unos momentos esa contradicción, justamente en una escena bastante dura e importante. Pensarían que acercar el plano daría más dramatismo, pero en ese caso, hubiese preferido ese plano fijo, sin alteraciones, creo que incluso hubiera sido más duro por lo frío de estar observando a escondidas. En fin, esto, cómo no, vuelve a ser cosa mía, tal vez no lo compartáis. Son pequeños detalles que a la hora de disfrutar de la película no tienen una gran importancia, y son excepciones, así que, no tienen mayor importancia. Añado algo sobre los efectos especiales. Me hubiera llenado que les dieran más tiempo. Ya que trabajan un presupuesto golpeando y arrastrando coches, podrían haberlo enfocado durante más tiempo, con dos o tres segunditos más me habría sentido satisfecho. Pero que el protagonista se ponga a aplastar a la policía y sus vehículos sean enviados a freír chatarra, y sólo lo saquen durante el golpe y medio segundo más, me dejó con una cara de “:D... :(“. Te deja con ganas de más, o tal vez soy yo un destroyer peligroso.

Dicho todo esto, concluyo remarcando que si esta película me ha atrapado no ha sido debido a grandes efectos especiales (aunque haya tenido mi dosis de adrenalina visual), sino más bien porque Josh Trank y Max Landis han conseguido que me sorprendan la mayoría de escenas (está claro que viendo a Andrew bastante cabreado y a Steve insistiendo en medio de una tormenta, no crees que le vaya a hacer cosquillas precisamente, y aún así la escena siguiente produce un shock). Gracias a sus recursos han montado un ritmo inesperado, fuerte, de altibajos. Parece que vayan a morir todos y al instante están riendo y jugando a la innovación deportiva de la década (béisbol inalámbrico). Y algo mejor todavía, aún no siendo el típico malo malote, se podría decir que Andrew es el antagonista, y sin embargo es el protagonista. Y su primo Matt, se convierte en el verdadero superhéroe sin que nadie lo espere, y ¡hasta se queda con la chica, tú! (aunque a saber cómo acaba eso tras la exhibición de talentos ante toda la ciudad...). Para mi, esta historia valdría perfectamente como “el antes del superhéroe por todos conocidos”, y no lo hemos previsto sino hacia el final de la película, aunque se dieran pistas cuando se muestra el lado de líder responsable de Matt. Vale, eso es cierto.

En fin, sin duda la recomiendo. Una buena historia, para mi ciertamente innovadora en la narración de historia de superhéroes, y además se sitúa entre mis películas favoritas del año. Sin duda, de ahora en adelante prestaré atención al trabajo de este emergente dúo de cineastas.

domingo, 11 de marzo de 2012

The Straight Story (1999): Otra cara de David Lynch

Hoy me ha venido fenomenal ver la tele mientras comía un poco tarde, para no variar. Resulta que estaban haciendo The Straight Story, traducida al español como Una historia verdadera, y desde el principio me he quedado enganchado a cada escena intentando descubrir de qué iba la película. No he tardado en enamorarme. Dentro de mi cabeza la categorizo en “esas películas que narrando una historia te hacen sentir y pensar casi sin darte cuenta”. El aspecto de la película y el sonido, no sabía por qué, me recordaban a los mismos de la serie de TV de los 90 Twin Peaks, lo que hacía sentirme todavía más a gusto siendo cómplice de la historia del viejo Alvin Straight. Cuál ha sido mi sorpresa que al mirar la ficha en FA y en IMDb, la película no era de otro que... ¡David Lynch!, y la música, para mayor coincidencia con mi identificación de Twin Peaks con esta, era el mismo que en dicha serie, Angelo Badalamenti.

No soy todavía un gran conocedor del cine de Lynch, pero con
haber visto obras como Cabeza Borradora, El hombre elefante, Twin Peaks, o la aquí tratada, me puedo declarar un admirador suyo. Y desde la inexistente experiencia en escribir sobre una película tratando de exprimir su esencia, virtudes, y sus aspectos mejorables a mi parecer (aquello que viene llamándose “crítica”), voy a atreverme a hundirme en el comentario de una película, por lo que si bien espero hacerlo bien, es posible que los más conocedores de este director detecten algún fallo o echen de menos algún comentario. Pero por algo debo empezar, y esta película me ha cautivado, así que ¡a ello voy!

Cuando llevaba cinco minutos en marcha he pensado “a ver dónde nos lleva esta cosa lenta y blandenguis que no deja de sacar a este abuelo que está ya en las últimas...”. Tenía toda la pinta de ser una película lenta y aburrida, y realmente, ha sido lenta. Pero pronto pasó de ser aburridamente lenta a interesantemente lenta. El ritmo es acorde durante toda la película a las sensaciones y las reflexiones a las que nos invita; no desagrada, ni cansa, y digo aún más, se agradece que no sea más rápida. Está claro que quien quiera acción, planos rápidos, diversión inmediata y demás, no encontrará su cinemática felicidad en este film.
Si a Lynch se le conoce por películas surrealistas como Cabeza Borradora, puede sorprender encontrarse con esta pieza suave y sencilla, de modo que, en mi breve experiencia, descubro dos vías que pertenecen al “espíritu” de su cine. Y en esta ocasión, nos encontramos ante una obra ante todo humana. Su elemento principal no es una idea abstracta o unos efectos especiales, sino unos valores muy poderosos los cuales no son debilitados por el tiempo, sino magnificados. Y esto lo creo así por el conjunto de detalles que quiero comentar en este artículo.

Empezando con la música, de Badalamenti, me parecía demasiado dulzona (también al principio), lo que incrementaba mi escepticismo junto a la lentitud, pero como ya he dicho, la trama avanza y la música deja de existir convirtiéndose en una adecuada ambientación que concuerda muy bien con los sentimientos que Alvi nos desprende como a bocanadas.
El guión nos desvela muy poca información de las razones por las que el protagonista sale a recorrer muchos kilómetros en una simple segadora con un remolque enganchado, y poco a poco van saliendo. Si la osadez de salir a una carretera que se alarga más de 100 Km. en un trozo de chatarra ya nos hace querer un poco al personaje, cuando vamos sabiendo primero que se dirige a ver a su hermano y más tarde que se debe a que ha sufrido un infarto y que además han estado diez años sin dirigirse la palabra por discusiones de hermanos, caemos en una completa sensación de identificación y compasión con alguien que es capaz de salir sin seguridades a un largo viaje (más de cinco semanas) por hacer las paces antes de perder su última oportunidad. Y yo no consideraría indiferente que vaya montado en un corta-césped, o sobrante, o un elemento más de la narración. En mi opinión, es una forma de pagar su culpa. A lo largo de la película le ofrecen llevarlo en coche a su destino, pero vemos como Alvin se niega rotúndamente, y se excusa en su testarudez, tras la que yo veo la voluntad de arregar por él sólo lo que sólo él había estropeado. Esto, claro está, es una lectura personal.
En ese aspecto me ha recordado, cómo no, al Camino de Santiago, y quién lo haya hecho o al menos lo conozca, me entenderá. Al igual que en el Camino, a Alvin no le importa no llevar provisiones, ni no disponer de un coche, ni el no ser más joven y capaz de moverse por sí sólo. A él sólo le importa su objetivo, sólo el fin y no los medios. Lo importante es llegar, vencer en su deseo o en un reto, se tengan las dificultades materiales o físicas que se tengan, y eso nuestro abuelo de barba blanca lo deja claro en numerosas ocasiones, adquiriendo una nueva corta césped, arreglándola, esperando, preguntando, siempre avanzando.

Siguiendo con la composición de la película, y hablando de planos, son como es lógico, sencillos, y únicamente preocupados por mostrarnos el mundo interior reflejado por las expresiones y los movimientos de Alvin. Componen el suave ritmo que comentaba antes hablando de la banda sonora, con elementos que contribuyen a coordinar y a reforzarlo, como la escasa velocidad del transporte, las numerosas referencias a paisajes y carretera, o el tiempo dedicado a enseñarnos los movimientos y participaciones de los personajes (sobre todo del protagonista).
Además, y como es habitual y digno de Lynch, hay muchas ocasiones en las que mediante una simple secuencia, nos permite estudiar psicológicamente al personaje, y preguntarnos dudosamente por lo que está pensando o pretende decir o hacer, como en el momento en el que entra a un bar y pide por primera vez, desde que dejó de beber, una cerveza, y se aprovecha el plano del hombre de la barra atendiendo a otro cliente para mostrarnos de nuevo un rostro muy expresivo de Alvin, tal vez algo molesto al volver a beber cerveza tras su problema alcólico. Estos detalles nos hacen más partícipes de la trama y nos acercan más a la persona que estamos observando y siguiendo, llegando a hacernos quererla e incluso admirarla.
Acabando ya esos aspectos más técnicos, debo decir que la increible comunicación que el papel de hombre arrepentido con ganas de arreglar sus errores que consigue conectar con el espectador, no hubiera sido posible sin una fiel y genial interpretación por parte de Richard Farnsworth, quién en todo momento nos hace preocuparnos por lo que está pensando, por lo que hará, por si se caerá, y sobre todo por lo que está sintiendo, Nos hace sentir la impotencia de sus limitaciones y la esperanza de encontrar a su hermano con vida como si nosotros mismos estuviésemos en su lugar. Sí, sin duda, aunque no puedo comparar, pues no conozco su trabajo, me ha parecido conmovedor, verosímil, perfecto.


Hay un aspecto que me parece principal y que Lynch y sus guionistas ha
n usado, en mi opinión, de manera muy útil. En esta película no importan los motivos de la riña con su hermano que le ha llevado a la situación narrada, ni tampoco qué ocurre tras su encuentro (¿vivirán juntos? ¿volverán a discutir? ¿hablarán de sus problemas?), simplemente nos interesa qué y cómo hace Alvin para llegar a su destino. Simplemente nos van dando la razón básica de su viaje (lo que permite conmover y cogerle cierto cariño, por lo que es esencial que nos den ese dato), y a partir de ahí, nos hacen centrarnos en su andanza y en los sucesos que experimenta. De este aspecto comento algo que es muy significativo: en varias ocasiones Alvin actúa como sujeto que resuelve problemas ajenos. En primer lugar, por ejemplo, en la charla por la noche con la adolescente embarazada (que ha huido de casa por miedo a sus padres) le cuenta el símil de la fragilidad de una única rama frente a varias ramas juntas, en representación de la fortaleza de la unión de una familia. Cuando despierta por la mañana no encuentra a la muchacha, pero sí un montón de ramas atadas juntas con un lazo, dándole a entender, he supuesto, que ha vuelto con su familia. En segundo lugar, tras resolver el presupuesto de la avería de su segadora del 66 y presenciar la absurda discusión de los mecánicos gemelos, les cuenta (además de darnos a nosotros el dato) cómo también él se peleaba con su hermano, y el nivel de su arrepentimiento por haber estado sin saber de él por esas peleas, aconsejándoles que aprovecharan la experiencia y tuvieran en cuenta que pese a las diferencias, lo realmente importante es que son hermanos.

Y pienso, “vale, todo tiene buena pinta y es muy bonito, pero...” ¿no tiene nada negativo? Bien, podría comentar que hay ciertos errores como por ejemplo que el tiempo empleado en el viaje, según la distancia recorrida y la velocidad a la que recorre el camino, es más largo que el que realmente sería en realidad. Podría decir que se echa de menos que nos cuenten qué sucede entre su hermano y él finalmente, que no es muy creíble que no pida una birra cuando está con su compañero hablando de la guerra y sí lo haga cuando está sólo, y otros detalles, pero realmente no me parecen importantes teniendo en cuenta que el objetivo de Lynch es conseguido perfectamente. Pretende sencillez y consigue que no echemos de menos ni las razones del viaje, pretende conmover y consigue preocuparnos por el mínimo detalle, pretende demostrar que en la vida merece la pena luchar hasta nuestros últimos días, y decid vosotros si no lo consigue con esta historia de lucha larga y dura que finalmente acaba en victoria. Eso es lo único que importa de esta película, y es lo que nos ha brindado en forma e regalo para los sentidos.
Además, siendo Lynch, no podía faltar algún que otro elemento discordante con la tranquilidad y la linealidad de la trama. ¿Recordáis cuando se topa con el accidente de la mujer casi esquizofrénica por atropellar un ciervo cada semana? ¡Sobran los comentarios!


En fin, todo esto se une en una mágica sencillez, sin efectos especiales ni mayores escenarios que la carretera y poco más, sin necesidad de retratar la guerra cuando la recuerda con su acompañante en el bar, gastando tiempo y dinero en escenarios y materiales. A Lynch no le hace falta más, le basta con la sencillez de su personaje y con una historia en la que no se echa de menos nada y que nos habla de arrepentimiento, de la dureza y contradicción de una guerra, de afrontar los problemas sin retirarse, en definitiva, un retrato de lo que realmente es la vida: un campo de batalla en el que si bien perdemos muchos sueños, seres queridos y tranquilidades, es todavía más cierto que en ese campo de continua lucha agridulce siempre podemos mejorar, sentirnos felices, y alcanzar grandes metas y recorrer extensas distancias con un único acompañante realmente imprescindible: Voluntad.

viernes, 9 de marzo de 2012

Mi Camino de Santiago: Hacia el fin del mundo. Parte I.

¿Cómo empezar a contar mi experiencia desde que salí de mi casa en Valencia, hasta que volví a ella? Habiendo estado fuera cuarenta días, treinta y cuatro de los cuales caminando desde Irún, ciudad de Euskal Herria que limita con la frontera francesa, hasta el llamado fin del mundo, Finisterre, lugar mágico desde la antigüedad que marca el final de Galiza con vistas a un infinito vestido de mar y de cielo. Son muchos días, muchas personas, muchos lugares, anécdotas e historias, problemas y alegrías que hacen del Camino de Santiago un recorrido que puede ser llamado viaje, pero añadiéndole unos matices: un viaje personal, único, diferente, espiritual.

Un comienzo ha sido leer el diario que fui escribiendo, aunque sin una buena constancia (a partir del Día 22 hay un hueco en blanco muy grande) y revisar las más de 1600 fotografías que tomé en todo el trayecto. Va a ser difícil seleccionar una breve muestra de las imágenes que tuve oportunidad de tomar para mostrároslas, fueron hechas por buenas razones, no por “probar”, pero por eso, y porque si bien es cierto que no pienso detallar en exceso este relato, sí que me gustaría dejar un buen recuerdo de lo que fue este viaje, he pensado en repartir en seis o siete tandas las entradas/publicaciones, separando en grupos de etapas cada artículo con lo que escriba junto a las fotografías elegidas de esos lugares. Tal vez mientras esté en ello decida hacerlo más breve, o algo así, pero de momento es lo que he pensado.

Mis motivos para escapar con la mochila fueron tres principalmente: Viajar, sin duda, es una de las motivaciones mayoritarias que tenemos para salir de nuestro lugar de origen, el hecho de conocer lugares, culturas, gente, situaciones, es uno de mis motivos, pero el más básico. Antes de nada, y en importancia junto al tercero, tenía ganas de probarme, de comprobar cómo era de capaz, de atrevido, y hasta qué punto podía superar mis temores y lo que la mayoría rechaza por estar fuera de lo normal. Yo solía decir para explicarlo claramente, que antes era el típico adolescente al que cuando su madre le dice “anda y ve a por peras a la frutería de la esquina” le entran nervios por tener que ir, bajar, llegar, coger lo que te habían dicho que compraras, y hablar con el de la tienda para comprar unas cuantas cosas. Parece exagerado, pero era así. Bueno, sí, también había un buen grado de pereza y perrería innata, lo admito, pero siempre he sido muy tímido. Así que ya véis por dónde van los tiros de esta razón. Decidí que caminaría un mes aproximadamente, yo sólo, y gastando el mínimo dinero posible, yendo únicamente a lo esencial. Desde luego, pensé, si conseguía hacerlo habiendo tenido que relacionarme con gente diariamente, cocinar sólo, limpiar sólo, resolver mis problemas sólo, y ese etcétera de “sólo” que pueden haber en una andanza de tantos dias, estaría logrando una prueba de que puedo mucho más de lo que había hecho hasta el momento, tanto en independencia como en resistencia física y moral, en toma de decisiones. Era un auténtico reto para alguien que no había salido nunca de Valencia por sí sólo y por su propia motivación. La tercera razón, fue la que me hizo decidirme por hacer el Camino de Santiago debido a su imagen de camino especial y diferente: la espiritualidad. Siempre he tenido muchas dudas, al igual que siempre he intentado llegar a saber más de lo que he sabido. En el campo espiritual siempre he estado investigando de una forma u otra. Religiones, secciones de religiones, filosofía occidental y oriental, etc. Pero el aspecto principal que me movía por el extenso mundo de lo no-visible (pero sí-perceptible) era mi propia experiencia. Y como ya digo, en esas fechas, necesitaba un mensaje, una toma de contacto más allá de mi simple implicación. Necesitaba una señal y un mensaje de que Alguien estaba ahí para decirme: “vas bien, estoy contigo, puedes confiar en mi”. Así que, con esperanzas a despejar algunas de mis dudas pretendí ir a un camino de largas reflexiones a lo largo de los extensos dias de “serena” y activa marcha.

Encajando con el perfil de Fer (yo, hola, buenas, encantado :D) que ve cualquier excusa posible con tal de no hacer algo, me prometí que una vez tomada la decisión de salir, no habría marcha atrás. Aún así, temí un poco que ocurriera algo que evitase mi salida hasta el mismo momento en el que tras despedirme de mis padres, mi hermana, y dos amigos que tuvieron el detalle de ir a despedirme, subí al autobús con marcha a Irún, en el que pasaría ocho horas para llegar sobre las 7am a la ciudad del verdadero comienzo del viaje. Cuando el bus se puso en marcha pude pensar por fin “Ahora sí, ya no hay marcha atrás”. Y lo hice con una sonrisa gigante y una emoción por dentro que pocas veces he tenido en mi breve existencia.

Antes de nada, voy a describir de forma general lo que es el Camino de Santiago de la vía del norte (quien quiera saber sobre él, tiene mil sitios en los que poder informarse sobre lo que quiera y más). Elegí la ruta norte (que como ya sabéis, comienza en Irún como punto principal), que es históricamente tan antigua y utilizada por los peregrinos como la clásica y omni-conocida ruta del camino francés que pasa por Roncesvalles (cerca de Pamplona) y se dirige hacia Santiago paralelamente al sur de la ruta norte (obvio, no os descubro el mundo ¿eh?). Cruza las zonas (este-oeste) de Euskal Herria, Cantabria, Asturias, y Galiza. Con ciudades de paso como Donostia, Guernika, Bilbao, Santander, Comillas, Llanes, y tras enlazar con el camino primitivo (en mi caso) siguiendo por Oviedo, A Fonsagrada, o Lugo.
Elegí este camino porque si bien el francés es muy cultural y tiene un encanto enorme (según dicen) no es menos cierto que es el más publicitado turísticamente, y es el que más se llena, sobre todo en meses de verano (en los que tuve que hacerlo) de todo tipo de gente, peregrinos y simplemente personas que quieren hacer un viaje chachi por poco dinero (turistas). En verano hay unas afluencias que hacen del viaje un agobio, sobre todo llegando a Galicia la cantidad de gente te “acompaña” en tu empresa. Y ya he dejado ver que no soy muy social, así que la opción de hacer un camino también auténtico, con menos afluencia, menos conocido, y que se abre camino por el norte de la península ibérica con sus paisajes impresionantes, sus playas, los montes del país Vasco, y ese clima más fresco, se hizo ganadora tras poca reflexión. Añado que había oído que era más duro que el francés, debido a largos dias de lluvia y a sus constantes y fuertes desniveles, sobre todo en Euskal Herria con sus inacabables montañas y subidas y bajadas, pero no me di cuenta de ello hasta que yo mismo pasé por aquellos caminos insaciables de agotar a los caminantes, y vi como gente muy preparada físicamente tenía que abandonar la idea de seguir y volver a casa porque habían tenido percances en tobillos o rodillas. Aún así, los lugares y la magia de los ambientes vascos lo curaban casi todo. No puedo decir que será un camino idílico y tranquilo, pero puedo asegurar que toda dificultad, sin duda merece la pena.

Me dejo de rollos introductorios ya, que va siendo hora de entrar en materia prima. Cuando bajé del autobús en Irún, después de haber descansado más bien poco, pues la comodidad de los asientos no es muy genial para descansar bien, estuve unos cuantos minutos intentando pensar qué se supone que iba a hacer en ese momento. Salí de la estación, me quité la mochila, y cogí una guía que llevé conmigo, nuevecita nuevecita, que por cierto, al final del viaje quedó así:


















Estuve empanado, emocionado y nervioso a la vez unos minutos, mirando la guía como si estuviera trazando mi plan del día cuando mientras leía palabras sólo sentía nervios y mientras veía imágenes y mapas sólo sentía alegría y dudas sobre qué hacer. Al poco rato me decidí: “Vale, ya está, iré al centro de Irún, tomaré un café para espabilar, daré una vuelta y saldré en busca del camino hacia Donostia”. Y así hice.

Día 1. Irún- Pasai Donibane (18 Km.)

En el bar había una noticia que no recuerdo cuál era, pero era sobre el País Vasco, y el del bar estaba muy concentrado en dicha noticia. Fue el primer elemento que me demostró que realmente había pasado de estar en Valencia a estar en el lugar nacionalista por excelencia de esta península. Fue divertido, y agradable por cierto, mientras me tomaba un café y.. algo más. Bueno, me costó moverme, pero acabé siguiendo el camino. Como veis en el titular del “Día 1” no pone Donostia como destino (que hubieran sido 27 Km +-). Lo vais a entender en las siguientes líneas.
Primer problema: Se llamaba “mochila”, o más bien, “pesoinsoportable”. No pude pesarla antes de salir, pero más tarde (en Markina) pude comprobar que tenía entre 14 y 16 Kg de peso en mi espalda mientras caminaba arriba y abajo. Cuando estuve andando por el centro de Irún, creía que no soportaría el peso, cada cinco minutos necesitaba parar y descansar, no sólo me incomodaba, me cansaba e incluso me hacía mal. Sabía que llevaba demasiado peso, pero pensé en esperar a ver si me acostumbraba al cabo de los días antes de enviar nada de vuelta a casa. Ya de paso, digo lo que recuerdo que llevé:

--Un par de camisetas cortas, zapatillas de recambio, chanclas, toalla pequeña, dos o tres pantalones cortos, chubasquero, imperdibles, cuerda, alfiler, ropa interior, cuatro pares de calcetines, una pastilla de jabón para la ropa, una bolsa con algunos frutos secos, y algunas comidas que mi querida madre me obligó a incrustar en la mochila como un chorizo y algo más (demasiado, ¡pero cuidado!, aún así acabé agradeciéndole el empeño por enmacetarme alimentos). La cantimplora con agua, que llevaría más de 1L, un polar por si las moscas hacía frío, útiles básicos de aseo, un botiquín, un saco de dormir excesivamente grande, y una esterilla para aislar el saco del posible suelo en el que durmiera alguna vez. Además, mi empeño fotográfico me obligó a llevar conmigo la cámara réflex con un único objetivo, a sabiendas del peligro y el peso que eso suponía, preferí no perderme fotos que estaba seguro serían únicas en toda mi vida. Llevarla supuso además llevar el cargador, el cable USB, y un DD externo en el que ir pasando las fotos cuando se acabara el espacio de los pobres 2 GB de la tarjeta (me conformé con disparar en JPG). Además, la guía, un pequeño diario, y pequeños libros, dos pequeños y uno.. no tan pequeño.--

¿A que no parece gran cosa exceptuando lo de la cámara? Pues ea, no sé como, pero la mochila pesaba una barbaridad. De todas formas. Disfruté de la esencia vasca de esa ciudad, habiendo visto calles repletas de ikurriñas en los balcones y sentí nostalgia por carecer en Valencia de una conciencia de nuestra personalidad tan fuerte como allí. Pese al problema mochila me decidí a tomar el camino hacia Donostia. Para ello tuve que preguntar a un hombre, pues me hallaba completamente perdido respecto a la señalización del camino. Y menos mal que lo hice, porque yo ya estaba decidido a irme por el lado opuesto al correcto, ¡há!, a pesar de sentir que me estaba equivocando. Tras unos kilómetros subí el monte Jaizkibel para llegar a un pueblo costero llamado Pasaia (Pasajes, en castellano), pero de nuevo una sorpresa llegó en este aparentemente corto trayecto. Caminaba y caminaba, pero aquel camino nunca acababa, bordeaba y bordeaba subiendo y bajando el monte, pero todo parecía igual, apenas habían diferencias entre unos y otros tramos. Hacía un calor muy agudo, y más tarde supe que había llegado una ola de calor proviniente del Sáhara que justamente me había pillado en mi primer día de caminata, en una montaña sin fuentes en la que se me acabó en agua en las primeras tres o cuatro horas. Paré a descansar numerosas veces, por el peso en la mochila, que me obligaba a iir despacio y haciendo esfuerzos. Llegué a no sentir los hombros y a sí sentir un dolor alrrededor del cuello. Hubo una ocasión, ya en los últimos dos kilómetros del monte, en la que me tumbé rendido. Pensé en la posibilidad de no llegar antes de que cayera la noche al próximo punto habitado, al consultar la guía ví que era imposible llegar a Donostia, faltaban más de 10 Km. y ya eran las 19 de la tarde. Pero también pensé que era el primer día, que hacía mucho calor, que llevaba mucho peso, y que no podía rendirme, que de eso mismo se trataba. Había salido para retarme, para probarme, y sólo con la intención de superarme y llegar más allá de lo que por mi constitución y mi pasado era posible. Tomé de nuevo el camino, dispuesto a acabarlo. Lo curioso es que aún quedaba un tramo bastante peliagudo antes de llegar a Pasaia. Un desnivel inclinado cuesta abajo durante unos 15 minutos (tal vez más, pero no lo recuerdo) acabó agotando las mínimas energías que me quedaban, y casi minando la resistencia de mis rodillas, además de incrementando el peso de la mochila a cada paso que daba, debido al desnivel.

¡Llegué! ¡Llegué con una gran reflexión, riendo y cantando! … No. Había pasado el día caminando, sin apenas haber comido y menos aún bebido, por una interminable montaña en pleno golpe de calor. Pero llegué, rebentado de cansancio, pero sin heridas ni nada grave. Eso era lo único que contaba.

Cuento una anécdota que me confirmó que aquella ruta en ese día había sido durísima, y me tranquilizó saber que se trataba de eso y no únicamente de mis errores y mi debilidad. (Un apunte, ¿Qué pensáis de los alemanes? ¿Fuertes, firmes, rudos? Sí, ¡esta pregunta tiene sentido!...) Al llegar al albergue salía por la puerta un hombre, que se me quedó mirando e inmediatamente me preguntó:
- ¿Eres tú el que me ha llamado hace un rato?
Imaginad como estaba yo, que me quedé pensando durante dos segundos si yo le había llamado.
-Eh... no.
-Bueno, es que me ha llamado uno que dice que se ha mareado, que se encuentra mal y que se ha quedado en mitad del camino en el monte. Voy a ir a ver si lo encuentro.
-Ah... vale... ¿esto es el albergue, no?
-Sí, sí, pasa, descarga y ahora hablamos, voy a ver este...

Y nada, pasé. El albergue era pequeño. Estaba situado en el barrio de Pasai Donibane (Pasaje de San Juan), uno de los cuatro que forman Pasaia, que tiene la peculiaridad de estar rodeada por el río Oyarzun y comunicada únicamente con botes para cruzar la bocana del puerto (a no ser que se rodee la zona, que cuesta 7Km). Al igual que el albergue, era un lugar acogedor. Disfruté de la ducha. Cuando llegó el hospitalero (como se llama al responsable que atiende voluntariamente un albergue de peregrinos) le acompañaba un chico alemán, que tendría unos pocos años más que yo (luego supe que tenía 25). Era el que había desfallecido por culpa del calor y la dureza de la etapa. (¡Ya le véis el sentido, eh!). Acabó siendo una muy agradable noche en compañía de los otros caminantes y de los hospitaleros. Fue además útil, porque nos dio consejos para los próximos dias, y me afirmó que el saco que llevaba era excesivo para esos lugares. También fue divertido, porque había un hombre que había hecho muchos caminos, que no paraba de vacilar a un abuelete que era el padre del hospitalero, al igual que el abuelete a él. ¿Quién sabía más de vida en el campo y de rutas y lugares del Camino? ¡Há, eso era un campo de batalla histórica! Y de las antiguas, por cierto. (lo digo con aprecio por aquellos dos hombres, ¿eh?). Al ser su última noche allí como hospitaleros ese año, Sátur (hospitalero) y su mujer (por desgracia no recuerdo su nombre) nos invitaron a cenar lo que tenían. Detalle que por cierto, me vino de perlas, porque mi bocadillo preparado el día anterior se había convertido en una especie de masa petrificada seca bastante intragable.

Después de ese día, lo que escribí en el diario antes de ponerme a dormir fue “...No está mal para ser el primer día...” Y no, la verdad, para ser el primer día, fue bastante completo. Quedó claro que iba a ser genial, pero también que iba a ser duro.


Día 2. Pasai Donibane- Donostia (11 Km.)

Y diréis “¿sólo 11 km?” Y alomejor luego añadís: “bueno, después del agotamiento del día anterior se entiende”. Y es posible que otros piensen “Qué marica nenaza”.
¿Sabéis lo que dije yo? Esto: “¡A tomar por ****! hoy voy a caminar para disfrutar, no pienso intentar llegar lejos”

Me despedí del hospitalero, que junto al alemán, fue el único con el que hablé. Había sido agradable y un símbolo de lo que es una acogida y un albergue de peregrinos (por cierto, no había precio, sino invitación al donativo para el mantenimiento del albergue, es decir, si no quieres dar nada, allá tú con tu conciencia). Pasaia había sido un lugar con mucho encanto, y daba pena dejarlo tan pronto, pero había que continuar. Respecto al alemán, se llamaba Jensen, y no sabía castellano, por lo que él habló en inglés, y yo empecé a practicar algo semejante al inglés. Era de Colonia y había recién acabado la carrera de Economía. Quería hacer un viaje diferente y escogió este. Iba bien preparado: una buena mochila, unas buenas botas (bastante más caras y preparadas que mis básicas del Decathlon, aunque resultaron suficientes), y una buena guía que incluía hasta el mismísimo número de móvil del hospitalero del albergue, paradójicamente, para sorpresa del propio, que no recordaba haber dado el número a nadie relacionado con la editorial.

Desayunamos Jensen y yo en un bar de Pasai Donibane, presentándonos, y decidiendo que caminaríamos tranquilamente, charlando de lo que hablásemos, para compensar la dureza de la jornada anterior. Antes de salir del albergue ya había comenzado a lloviznar, y la ropa lavada no se había secado, por lo que con ayuda de Sátur la coloqué con los imperdibles por el exterior de la mochila (modo tendedero encendido). Aún así, no quise guardar del todo la cámara, y la resguardé en el chubasquero. Seguía haciendo mucho calor, pero la atmósfera húmeda brindada por la escasa lluvia nos libró de un nuevo infierno terrenal. Hablamos de nuestras particularidades, y aproveché para que me enseñara algo de alemán. Nada, poca cosa, claro está, artículos, determinantes, conjugaciones en presente, pasado y futuro del verbo ser y estar, algunas palabras importantes, y poco más. Había tiempo de sobra. Al llegar a Donostia yo estaba cansado. Seguía sin acostumbrarme al excesivo peso de la diplomochilacus, aunque es cierto que me fue bastante más llevadero que el dia anterior, cosa que celebré.

Al llegar a Donostia, compramos cena y algo para el día siguiente. Nos cruzamos con un hombre que nos ofreció hostal barato, y fuimos a verlo, pese a no ser el destino que teníamos pensado. El tema parecía bastante underground, y no me acababa de fiar, no me gustaba aquello. Bueno, el “hostal” era un piso con unas cuantas literas viejas, que además estaba prácticamente lleno de gente. A mi no me dio confianza, soy así. Aprovechando el inglés, coincidimos mi acompañante y yo en seguir nuestro camino. Fue curioso (y algo agonioso) que el trayecto dentro de la misma ciudad fue lo más duro del día. Aún quedaban unos pocos kilómetros por andar por suelo duro rodeando la playa para llegar al final de la ciudad donde se hallaba el albergue. Conforme escribo, es sorprendente cómo voy recordando pequeños detalles, así como ráfagas de imágenes de lugares por los que pasé, comentarios que hice, pensamientos que me acudieron a la mente... Cuando al fin llegamos al albergue, resultó ser de pago, es decir, un albergue normal y corriente, sin relación con el Camino de Santiago. Esto desmotivó, porque rompió completamente con el ambiente entrañable y acogedor del albergue construido con madera de Pasaia. Fue todo lo contrario, grande, con mucha gente, y caro (para ser un albergue). Por cierto, allí conocí a un joven que volvería a ver una semana o semana y media más tarde. Aún así descansé bien, y pude escribir la segunda página del diario. Esta, acababa así:


“Un día un tanto extraño y tranquilo hasta Donostia, donde se tornó estresante...”


Y así acabó el segundo día. Habían sido dos dias para una única etapa, pero siendo el principio, sigo pensando que hice bien permitiéndomelo. A partir de entonces, la forma de llevar el camino fue cambiando, al igual que mi actitud, e incluso yo cambié a partir de ese momento. Fue todo un camino en muchos sentidos, pero sin duda, comenzaba a ser un descubrimiento de mi mismo, de mis límites y de mis virtudes, de mi capacidad y de mi debilidad. Y sólo era el principio.

Os dejo algunas de las fotos que tomé en estos dos días. Espero que os guste mi historia, aunque sea larga. ¿Acaso alguna historia de aventuras buena no es larga? ¡Hasta pronto!




1. Uno de los caminos de los primeros dias, que gracias a la lluvia se mostraba así de hermoso.


2. Cruzando de un Pasai Donibane a Pasai San Pedro la mañana del segundo día.

3. Esto es Pasai Donibane, en el puerto. Como véis, ese curioso árbol es más alto que las mismas casas, y así de fino, el tío.
4. Vistas de Pasaia mientras dejaba el lugar hacia Donostia. Comenzaba la subida.
5. Divisando el próximo objetivo.

7. Esta simpática estaba por ahí, quería saludarme.
8. Este paisaje fue el primero que me encontré al salir de Irún. Una pasada.
9. Me gustó esta peculiar casa.
10. Irún.
11. Uno de los símbolos por excelencia del Camino: la concha.

¡A la próxima más! Más fotos en: http://500px.com/fergm