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sábado, 7 de julio de 2012

Scott Fitzgerald: El gran Gatsby. El gran símbolo de una joven época.

Cuando hube leído el primer capítulo del libro y paré a pensar qué había pasado, supe que había entendido poca cosa para las páginas que había dejado atrás. Pensé directamente que era posible que esta fuera una de esas ocasiones en las que te ha tocado pagarla por un gazapo de traducción. Pero como era el primero,  pensé "a ver si se aclara más adelante". Sí, lo iba entendiendo, pero no disfrutaba la historia como debería. Si se tratase de un autor desconocido del que no sabes cómo escribe, se puede dudar de su calidad, pero del bien representado señor Fitzgerald por su buen y sencillo estilo no se podía entender un texto con frases sueltas o con poco sentido, de párrafos con una unión extraña. Una narración que muchas veces perdía la coherencia, que hacía difícil su comprensión tanto general como de los detalles que se han intentado traducir a nuestra lengua, tal vez, demasiado literalmente.

Por desgracia no es difícil encontrarse de vez en cuando traducciones que, ni más ni menos, se cargan una buena obra, en este caso literaria.  Os aseguro que de aquí a menos de un año estaré leyendo originales en inglés y en francés. Sí, es un reto colosal, porque bueno, mi inglés no está mal, aunque queda mucho por mejorar, pero el francés lo conozco tanto como la verdad absoluta, así que me queda mucho trabajo para cumplir esta impulsiva promesa.
Por último en cuanto a traducciones y Gran Gatsby, una recomendación a aquellos que quieran leerlo en castellano: No cojáis el de ediciones Plaza Y Janés (la más antigua que se hizo en castellano que yo sepa), ni tampoco la edición Debolsillo, son ambas servidas de la misma traducción, de E. Piñas, porque su nombre conjuga muy bien con el resultado de su trabajo, un piñazo. En cambio, aunque no la he leído, he oído que el de la editorial Alfaguara tiene otra traducción que parece más fiel y buena que la que comento.

Pero yendo a lo realmente importante, la historia, que pese a todo la he podido disfrutar, sacrificando en buena parte el estilo, me ha parecido muy buena imagen-reflejo de esa parte del ser humano que se ocupa de administrar sus sueños, del empeño que nos hace obcecarnos con un objetivo y dedicarle tanta parte de nosotros que acaba expandiéndose por nuestras ilusiones y esperanzas como un auténtico tumor del espíritu. O como dice el mismo Scott F. en El gran Gatsby, «pagar un alto precio por vivir demasiado tiempo con un sólo sueño», un precio cuyo reclamo no escapa a este personaje tras años de incesante preocupación por su único y gran objetivo, símil crítico y triste del gran sueño americano. 
Es una buena dosis, también, de conciencia, ante aquella frase "las apariencias engañan", encarnada en los rumores sobre la sombra de Gatsby y también sobre las buenas personas que aparentan ser la chica de oro, Daisy, y su capacitado marido. Todos ellos crean una espiral de problemas que trastorna al protagonista hasta el punto de detestar a todos los personajes menos a, en apariencia contradictoria, su enigmático vecino.
Y es curioso que el protagonista, Nick Carraway, sea uno de los personajes menos principales del relato, pues nos sirve más como guía y narrador que como centro de interés de información. Conocemos lo que leemos "gracias a él", pero aunque forma parte del mundo narrado, no conserva una importancia más relevante, salvo en situaciones que sirve como nexo entre los personajes. No es su historia la que nos interesa, sino la que él conoce. Aún así, se trata de un personaje bien desarrollado, sabemos prácticamente todo de él, aunque no conozcamos su mundo interior en profundidad (al menos es la sensación al leer esta edición que he comentado antes), sí que podemos hablar de su honradez e incluso de parte de su personalidad. 

Hablando de significados, me centraré en dos aspectos de un personaje que fue un símbolo, como su creador, en los años veinte, y aún más en adelante. En primer lugar, El gran Gatsby me recuerda a una película de 1941 que se convirtió en un clásico y en una pieza de referencia de evolución en el cine en todos sus sentidos; Ciudadano Kane, de Orson Welles. Para quien la haya visto (y si no, vedla), cabe pensar en las semblanzas entre ambos protagonistas. Gatsby, al igual que Kane, hereda una enorme fortuna. Kane, al igual que Gatsby, eleva un espectacular palacio para sí sólo, que se convierte en templo de su soledad y de su vida reducida a la persecución de un éxito concreto. Y ambos ellos, acaban muriendo en soledad (aunque en apariencia no lo sea, en el caso de Kane). Aún así, para mi las diferencias son obvias, y rompen los lazos que les puedan unir. Sinceramente, Gatsby es un romántico. Un soñador fijado en una única mujer que lleva sin ver durante años, y a la que sigue amando, sin dudar de que su sentimiento sea recíproco tras la erosión de los sucesos en el tiempo trascurrido.
El segundo aspecto, me fue revelador antes de que el desarrollo de la novela nos diera a saber de qué pie cojeaba Gatsby, fue un dato sencillo sobre su habitación privada: En la enorme e inacabable mansión en la que habitaba, él dormía en la menos esplendorosa, en la menos adornada, en la más sencilla y humilde de todas. Otro reflejo del personaje: Por el exterior sembla grandioso, impactante, complicado de entender y de conocer, pero su interior está libre de retorcimiento. El exteterior sólo es una fachada inventada para atraer a una mujer de buena posición social, mientras que en su interior reside la esencia de una persona que es capaz de dar todo hasta el final por el único sueño de reencontrarse y reconquistar a su amada del pasado.

En fin, sin duda se trata de una gran creación literaria que hizo chapó al intentar reflejar una sociedad y una de las asignaturas con más intríngulis del ser humano, que es la que se ocupa de los sueños e ilusiones, de la fuerza de voluntad y del mal que es capaz de hacer el fugaz y extraño paso del tiempo y la complejidad que configura nuestros pensamientos y sentimientos, o tal vez sea más bien su simpleza y hedonista conducta la que nos hace vivir sin ser capaces de encontrar nuestro lugar, nuestra gente, nuestro propio y reducido mundo, nuestras respuestas y nuestras complacencias, desde las más rutinarias hasta las más significativas en el punto flaco de nuestro estómago de los deseos.
No quiero imaginar qué impacto hubiera tenido en mi este libro de haber disfrutado directamente de la tinta de F. Scott Fitzgerald, habiendo podido revelar mis dudas de estilo que hoy os estoy contando. Algún día lo leeré en su lengua, y entonces podré volver aquí a concluir un problema que no debería existir en cosas tan esenciales como la alimentación a base de letras, arte, y mucho misterio humano.


PD: Os dejo un artículo interesante que he encontrado en el sitio de otro bloggero, y por lo visto también escritor:
Blog de Juan Herrezuelo, artículo sobre El gran Gatsby de Scott Fitzgerald

miércoles, 4 de julio de 2012

E. Hemingway (II): El viejo y el mar, otra historia marina para el recuerdo

Al igual que el libro del anterior artículo, también pude rescatar de la biblioteca  El viejo y el mar, la pequeña gran obra que llevaría a Hemingway a ganar el premio Pulitzer en 1953. 

Se trata de una novela corta, con un tema que es tratado de forma lineal, y su ritmo y belleza me recordaba en algunos momentos a la crudeza marina que se encuentra en La narración de Arthur Gordon Pym de Poe, salvando las distancias, claro, no tan cruda y salvaje, pero sí lleva las fuerzas humanas al límite, sin mermar en el ánimo de un hombre que en su ancianidad podría parecer haber pedido la hombría que caracteriza la edad madura de una persona de mar, pero que en su odisea con la persecución de su gran rival (una fusión de pez gigante y mala suerte) demuestra que si bien su cuerpo no es su gran aliado, sí lo siguen siendo su despierta y sabia mente, y su tranquila determinación a cada paso, cada problema o, cada tiburón.

Una historia así puede ser un fiasco o una pequeña joya, dependiendo del cariño con que se trate al personaje y a lo que se quiere contar. En el viejo y el mar se nos muestra una persona olvidada por los grandes logros, y más allá de eso, condenado a pasar el resto de su vida en la más seca pobreza. Su único amigo le hace más fácil su epopeya, pero un día el chico no sube al bote con él, y es cuando comienza el reto entre el tiempo y la fuerza de voluntad del viejo. Y entonces sucede: Hemingway nos hace disfrutar de una lucha constante que perdura por varios días y varias noches. Una narración sin más personajes que un viejo, sin más escenario que un bote hundido en un inmenso espacio azul, y no obstante, una narración rica, que no cansa, sino que puede llegar a emocionar gracias a un estilo que al igual que en Adiós a las armas, pero potenciado, es dibujado rítmico, sencillo, y sin vacíos en ofrecer todo tipo de detalles tanto físicos (heridas, hambre, cansancio) como psicológicos (recuerdos, deseo de tener a chico en compañía, reflexiones...). 

El final no es menos genial. Si bien intuimos lo que va a suceder (sin llegar a acertar del todo), nos sorprende igualmente con dos elementos: un final que no rompe con la suerte que se le atribuye al viejo, y otro, que tal vez, y sólo tal vez, puede que sí haga diferente esa suerte. La llegada de extranjeros ansiosos por la historia que guardan varios tiburones muertos en una orilla, y un pez espada gigante cuyo esqueleto y cabeza aguarda en un bote, posiblemente sean sólo el principio del retorno de la leyenda del pobre viejo del mar. Tal vez rompe esto su pobreza, tal vez nunca se consideró pobre, tal vez lo siga siendo. No sabemos su destino, pero el de su leyenda es claro. Una impecable personalidad capaz de moldear su débil edad hasta el punto de conseguir algo más grande que cualquier otro pescador, que al final, es para el oficio que él había nacido. Sin duda, una gran historia de mar más para la biblioteca que mi mente recordará con cariño, sobre todo ante adversidades y aquellas situaciones en las que creemos ser algo cercano a lo gafe. Un poema a la constancia y a no rendirse en la lucha por nuestros lejanos y gigantescos objetivos.

PD: Enlazo un blog aquí  en el que habla sobre un cortometraje de adaptación de este relato. Un corto de animación que sin duda, yo, tengo que ver. No tiene desperdicio.


martes, 3 de julio de 2012

Primeras impresiones con Paul Auster: Invisible

Hace un par de semanas pude ver un programa de Página 2, el programa literario de La 2, en el que habían cazado a Paul Auster en su visita a España para entrevistarle sobre su nueva obra Diario de Invierno. Era la primera vez que le oía hablar, e incluso la primera que oí hablar sobre una de sus obras en una entrevista. Sentía curiosidad, pues su nombre es conocido, pero nunca he tenido uno de sus libros a mano y todavía no le conocía cara a cara. Sinceramente, pronto me llegaron primarias sensaciones: no sabía exactamente por qué, pero aquel hombre me gustaba, no por lo que escribía, sino por sus palabras, su forma de hablar y sobre todo, por lo que decía. Su opinión sobre la vida y sus etapas, por ejemplo. Me dio la sensación de una madurez mayor a la que la mayoría de personas suele tener, incluidos muchos escritores. Y así me decidí a leer algo suyo, lo que encontrara. Días después me encontraba en una biblioteca, donde de entre varios, me decidí a emprender un libro cuya primera página contenía, entre otras, estas líneas: " (...) Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros y la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta (...)". Vaya, vaya. Así que estaba yo ante una descripción que podría haber sido la mía, menos por lo de Columbia, vamos. Además, en esa misma página mencionaba a Dante, el del infierno, el humanista italiano, el creador de la Divina Comedia. Tan divina que fue uno de mis libros favoritos en mi temprana adolescencia, aunque es cierto que no llegué a acabarla, (demasiados líos de instituto y, sobre todo, otras cosas). Para resumir: Ese joven protagonista se topará con un hombre que cambiará su vida, aparentemente gracias a su aportación económica para la creación de una revista literaria, pero tal vez debido a otras causas.

Cuando llevaba medio libro ya había cesado mi encanto a causa de mi supuesto parecido con el personaje, pues al contrario que él, ni soy un buen jugador de béisbol, ni soy un tipo que encandila a las mujeres de cualquier edad sólo con acariciar mi rostro con la mirada. Pero, por otra parte, el libro ya me había encandilado a mi por otros métodos. Se trata de Invisible, su penúltima novela (2009). 
El estilo es en apariencia simple, quiero decir, no contiene un vocabulario farragoso, y las frases son sencillas, sin demasiados adornos, pero hay un considerable nivel de estructura, de ideas, de pensamientos, que ese lenguaje sencillo acompaña a una narración ciertamente profunda y detallista. Además,  las cuatro partes del libro tocan los tiempos presente y pasado, y en cuanto al enfoque, la primera  y tercera persona. No es un libro sencillo, pero lo trata de forma en la que sí lo parece. 
Hay, también, un doble juego respecto a la veracidad del relato, de forma indirecta o subjetiva. Por una parte los datos del personaje protagonista (Adam Walker) coinciden en muchos casos con los del mismo autor (estudió en Columbia, la misma edad en el 67, quería ser poeta, le gustaba el béisbol...), y por otra, la historia nos es donada como veraz, habiendo sido reemplazados los nombres de los personajes por otros que son ficticios. Se queda en recurso narrativo, supongo. Todo esto en compañía de la trama, es enriquecido por la variedad de géneros. 
A modo de anécdota creo que merece hacer referencia a cierta curiosidad. A parte de la estructura externa en cuatro piezas, hay otra que Auster señala brevemente en ciertos momentos de la historia, marcando el tema central de la historia: el trauma de Walker y su venganza. Así, en la página 174 encontramos " (...) Se derrumba la torre Eiffel. Se incendia hasta el último edificio de París. Fin del acto I. Telón." Corresponde al encuentro con Born en París por primera vez. Su mundo se desmorona, su miedo, que sólo podía ser rara coincidencia, se hace realidad. Al poco rato, en la página 205: "El metro está inundado de excrementos humanos. Los muertos están saliendo de sus tumbas. Fin del acto II. Telón." Tras esto señala el comienzo del acto tres. Se ha introducido con decisión para llevar a cabo su plan, ya no hay vuelta atrás. comienza el desenlace de su historia con Born. Aun así, más que una estructura real, parece un recurso expresivo que refuerza lo que más ha marcado, fatalmente, la vida del joven Adam Walker.

Hablando un poco del contenido, deja un regusto amargo pero, desde luego, satisfactorio y hondo, debido a la cercanía que logramos con el personaje tanto por la información que se nos da como el tiempo en el que le acompañamos, y las perspectivas desde las que le observamos. Conocemos la fuerza y el sueño de su juventud, su curioso desarrollo infantil y adolescencia en compañía de su hermana Gwyn, su decadencia y vejez enferma, y el relato de París que dejaría el eterno poso de amargura en su existencia, quedando en el el recuerdo de Margot, y de Cécile y su madre. Y además, le seguimos desde su propio relato y desde su antiguo compañero y actual escritor. La historia de su joven andanza es presentada cargada de un relevante tono filosófico que enfrenta las etiquetas sociales y la sexualidad. Podemos estar enfrascados en un lenguaje sencillo pero culto, y de repente toparnos con palabros no precisamente desconocidos o poco frecuentes, sobre todo dentro del tema del sexo y su humorístico argot. Pero más allá del léxico vulgar, del que no abusa en absoluto para demostrar su mente abierta, (como, por cierto, otros parece que necesitan hacer), se trata de los problemas y dilemas que los personajes presentan. Así, un impactante Adam, cuyo camino es torcido por siempre tras conocer a Born, y su vejez necesita escupir sus adentros pasados. Un Rudolf Born extraño y con posible transtorno mental, del que no llegamos a conocer su verdadero rostro oculto, y unos personajes no tan desarrollados que aún así presentan sus propios dilemas. Y aquí, el de una mujer insatisfecha como Margot, o el de una mujer, Gwyn, de la que nos quedamos con la duda sobre la veracidad de su afirmación en cuanto al tipo de relación que mantuvo con su hermano. Se puede minimizar a una palabra: psicología. Todos los personajes tienen un perfil psicológico de cierta complicación. A eso se le suma la reflexión filosófica que se puede rascar en las relaciones entre los personajes mencionados, y tenemos una historia compleja pero que es fácil de seguir y que engancha, ¡vaya que si engancha! 

Supongo que el que gire en torno al mundo literario, pues son constantes las referencias a escritores, y los mismos personajes tienen vinculación con la crítica literaria, además de la traducción de libros, además de esos matices y recovecos que he comentado, le da un fuerte impulso para convertirse en una de mis novelas favoritas hasta la fecha, además de un gran inicio de mi cara a cara con Paul Auster, y por tanto, una apetitosa carta de invitación a saborear algunas de sus otras obras que preceden a la que se dice, es una de sus mejores novelas publicadas.