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miércoles, 4 de julio de 2012

E. Hemingway (II): El viejo y el mar, otra historia marina para el recuerdo

Al igual que el libro del anterior artículo, también pude rescatar de la biblioteca  El viejo y el mar, la pequeña gran obra que llevaría a Hemingway a ganar el premio Pulitzer en 1953. 

Se trata de una novela corta, con un tema que es tratado de forma lineal, y su ritmo y belleza me recordaba en algunos momentos a la crudeza marina que se encuentra en La narración de Arthur Gordon Pym de Poe, salvando las distancias, claro, no tan cruda y salvaje, pero sí lleva las fuerzas humanas al límite, sin mermar en el ánimo de un hombre que en su ancianidad podría parecer haber pedido la hombría que caracteriza la edad madura de una persona de mar, pero que en su odisea con la persecución de su gran rival (una fusión de pez gigante y mala suerte) demuestra que si bien su cuerpo no es su gran aliado, sí lo siguen siendo su despierta y sabia mente, y su tranquila determinación a cada paso, cada problema o, cada tiburón.

Una historia así puede ser un fiasco o una pequeña joya, dependiendo del cariño con que se trate al personaje y a lo que se quiere contar. En el viejo y el mar se nos muestra una persona olvidada por los grandes logros, y más allá de eso, condenado a pasar el resto de su vida en la más seca pobreza. Su único amigo le hace más fácil su epopeya, pero un día el chico no sube al bote con él, y es cuando comienza el reto entre el tiempo y la fuerza de voluntad del viejo. Y entonces sucede: Hemingway nos hace disfrutar de una lucha constante que perdura por varios días y varias noches. Una narración sin más personajes que un viejo, sin más escenario que un bote hundido en un inmenso espacio azul, y no obstante, una narración rica, que no cansa, sino que puede llegar a emocionar gracias a un estilo que al igual que en Adiós a las armas, pero potenciado, es dibujado rítmico, sencillo, y sin vacíos en ofrecer todo tipo de detalles tanto físicos (heridas, hambre, cansancio) como psicológicos (recuerdos, deseo de tener a chico en compañía, reflexiones...). 

El final no es menos genial. Si bien intuimos lo que va a suceder (sin llegar a acertar del todo), nos sorprende igualmente con dos elementos: un final que no rompe con la suerte que se le atribuye al viejo, y otro, que tal vez, y sólo tal vez, puede que sí haga diferente esa suerte. La llegada de extranjeros ansiosos por la historia que guardan varios tiburones muertos en una orilla, y un pez espada gigante cuyo esqueleto y cabeza aguarda en un bote, posiblemente sean sólo el principio del retorno de la leyenda del pobre viejo del mar. Tal vez rompe esto su pobreza, tal vez nunca se consideró pobre, tal vez lo siga siendo. No sabemos su destino, pero el de su leyenda es claro. Una impecable personalidad capaz de moldear su débil edad hasta el punto de conseguir algo más grande que cualquier otro pescador, que al final, es para el oficio que él había nacido. Sin duda, una gran historia de mar más para la biblioteca que mi mente recordará con cariño, sobre todo ante adversidades y aquellas situaciones en las que creemos ser algo cercano a lo gafe. Un poema a la constancia y a no rendirse en la lucha por nuestros lejanos y gigantescos objetivos.

PD: Enlazo un blog aquí  en el que habla sobre un cortometraje de adaptación de este relato. Un corto de animación que sin duda, yo, tengo que ver. No tiene desperdicio.


1 comentario:

  1. Una historia llena de belleza, pero sobre todo, de verdad. Una pasada.

    Un saludo :)

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