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domingo, 21 de octubre de 2012

El retrato de Rusia del genial Nikolái Gógol


          Empezado el nuevo año de Universidad, llegados los tantos proyectos personales y obligado por los excesivos trabajos y tareas varias, corro peligro de ir dejando cojas a las buenas intenciones que tengo para este blog. A nadie le resulta agradable cojear, pero es un problema que está ahí, y yo espero ir curándolo cubriendo de escayola mi humor y incrustando pastillas calmantes en la presión que suele lograr impedirme escribir y hacer casi todo lo que me gustaría. Ea, vamos al ajo:

          La última vez hablé sobre Nathaniel Hawthorne y La Casa de los Siete Tejados, el romanticismo oscuro y esos ambientes y descripciones tan especiales dentro y fuera del hogar de los Pyncheon. En realidad, si digo que nos vamos no muy lejos, a un autor de la misma época, (primera mitad del S. XIX) podría parecer que toque hoy un estilo parecido, pensaréis, incluso, de algún autor colega del anterior; romántico, estadounidense.... Pues no. Nos vamos al hemisferio contrario de la cultura norteamericana, a Rusia, con uno de los padres de la literatura patria, en este caso, además, alguien que llevó la base de un realismo que influyó en la mayoría de grandes figuras futuras literarias y artísticas de Rusia. Antes de él, Pushkin ya había marcado un nuevo camino cultural en el imperio, por lo que es considerado el fundador de las letras rusas modernas, pero es Gógol quien produce una obra que otorga por vez primera una personalidad y una voz propias a Rusia, quien lanza la alfombra del realismo que influyó a posteriores escritores rusos de la talla de Dostoyevski o Tolstói
            Ha sido una grata experiencia haberme encontrado con Gógol. El choque romántico-realista del paso de Hawthorne a Gógol ha merecido la pena. El estilo de éste consigue hacer de un ambiente realista una lectura ágil y graciosa. No suelo ser cautivado por el realismo, pero en este caso la fusión de la ironía con tantos recursos humorísticos atrapa, convirtiendo la descripción y a los personajes y sus lugares y sus razones en un espectáculo en el que el lector encuentra a un personaje por conocer, y en el que busca la razón por la que realiza ese viaje comprando almas muertas. Aunque, bien se puede decir que Gógol, más que un realista o un romántico, fue sencillamente Gógol. Tras los intentos de encasillamiento en una u otra escuela, lo único que se puede asegurar es que fue un escritor con un estilo nuevo, diferenciado y no tanto influido por un motivo estético sino dinamizado por su propia creatividad y su intención de retratar al ruso de su día en sus ambientes. Que influyó a los posteriores representantes de la literatura rusa e inició una tradición realista.
            Para quien no lo sepa, en la Rusia imperial hubo una época en la que los mujik (los siervos, los campesinos sin propiedades) se contabilizaban como parte de la hacienda incluso después de muertos. Esto provocó numerosos trapicheos, y como aún ya fallecidos, según las escrituras legales, contaban como vivos, se adjudicó el término de "almas muertas" para aquellas almas. Y que digo yo, debían ir bambando por la atmósfera reclamando su maldita libertad para poder por fin dejar de trabajar, aunque fuese figuradamente, claro.
            Pável Ivánovich Chíchikov llega como un consejero colegiado en viaje por asuntos particulares a la ciudad de N. (no menciona la ciudad) y pronto gana la amistad de la mayoría de altos cargos y terratenientes de la zona, gracias a su perfecta presentación y sus impecables formas de comportamiento. Su voz, sus palabras: es un hombre perfecto que sabe como tratar a cada persona según su personalidad y sobre todo, su rango social, técnica de la que dice Gógol, todo ruso conoce muy bien. Vamos conociendo a su persona cada vez desde un punto más cercano, más personal. Llegamos a conocer la educación que recibió, cómo consigue escalar socialmente gracias a su inteligencia práctica y cómo es liquidado económicamente, razón última que le lleva a realizar este viaje a N. en busca de las almas muertas. ¿Cómo puede un estafador no desagradar ni por un sólo momento? Gógol supo la manera, de tal forma que convirtió al mismísimo lector en la misma clase de personas a las que nuestro Chíchikov conoce: embriagados por su personalidad decidida y atractiva. Llega, incluso, a describir la forma en la que los personajes imaginan al protagonista viajero, cómo le juzgan, cómo le entienden. ¿Y qué pasa con esto? Algo que demuestra que nuestro querido autor ucraniano es, como mínimo, tan listo como su propio protagonista: cuando Gógol describe a esos ciudadanos y terratenientes, sus pensamientos sobre Chíchikov suelen coincidir con los que el lector está teniendo, y con los sentimientos y sensaciones que el lector ha ido desarrollando tras saber más y más sobre el "héroe", que es como llama a la figura cautivadora a la que seguimos en su viaje. Este paralelismo no puede ser, de ninguna forma, arbitrario. Gógol sabe muy bien qué busca con su obra, y demonios, ¡qué manera de conseguirlo y dar en el blanco!. Nos presenta una contradicción de esas que en su propio significado, resulta ser una verdad, un hecho. Apreciamos a un personaje que podría estafarnos, nos resulta agradable y no podemos negar ni esto ni su valía, porque tiene sus propios principios, no se contradice, y si bien puede parecer un egoísta descentrado, la verdad es que resulta ser un superviviente bastante legal, en el otro sentido de esta palabra, claro, no refiriéndome a las leyes del estado.
            Aquí no acaban las sorpresas que este ucraniano, escritor en lengua rusa, nos brinda con su peculiar estilo. Él mismo se inmiscuye dentro de la trama, llamándose "el Autor", expresando propios pensamientos o acciones: "el Autor considera que... el Autor, por eso, ha decidido cambiar esto y... al Autor no le gusta... el Autor ruega paciencia al lector..." etc. Gógol se nombra como autor que decide tal o cual cosa. Es un narrador que no crea escenas, sino que conoce y retrata los hechos tal como son, y esto es resaltado con estas inclusiones de sí mismo, sin reparo en reconocer su papel de creador al tiempo que alguien que cuenta una realidad. En definitiva, presenta su historia como cierta, no como una ficción. Estas características van apareciendo sustentadas en un lenguaje activo, rápido, de fácil desenvoltura incluso en las descripciones más habituales, y conjugado con el estilo satírico logra una lectura amena y divertida; más que eso, una lectura que lleva a buscar y buscar más de lo que el escritor tiene que decirnos.
            Pero volviendo a ese apego ante una persona que no debería (tal vez) agradarnos, hay tras esto algo más: Se trata de un estafador que nos es presentado como un "héroe" (de nuevo, medio irónicamente medio en serio, meritorio por sus hazañas), y le cogemos cariño porque le comprendemos. Caemos en el saco de los abobados ante su buena apariencia y cuidadoso tacto, tal como sus propios conocidos, amigos, o engañados. Pero al mismo tiempo, esto mismo resuelve una crítica al sistema, como mínimo, sino desde su propia voluntad expresada, sí desde la perspectiva en la que ironiza sobre estos asuntos sociales que tienen lugar el la Rusia de Nicolás I. Como mínimo digo, pues el autor no explica esta intención en ninguna parte, pero es algo que todo su escrito va retratando, una crítica construida mediante la transición de escenas y sucesos, de formas de hablar y del trato hacia la gente según su papel social por parte de esos altos cargos con centenares de almas de mujiks en sus terrenos cedidos o comprados. Una crítica a todo ese fondo pantanoso y sustentado en la esclavitud de unas personas que son administradas como simples números útiles y explotados. Con esto no me refiero a que contenga una crítica a la esclavitud, sino al motivo principal que está relacionado con ello: las almas muertas, los huecos del sistema.
            Antes he dicho que se molesta en comentar ciertas notas, advertencias al lector desde su papel de autor. Pues bien, también refleja su opinión, aunque a la hora de redactarla sobre hombres y mujeres de la aristocracia rusa, si bien no se abstiene de detalles, si que llega a disculparse (tímidamente). A ese grupo de alta condición femenino, las mujeres de los terratenientes y políticos, digamos que no las refleja con un aprecio muy alto. Más bien, y por decir una imagen parecida a la impresión que nos cuenta en su relato, las retrata como un lobby.Sí, un grupo de presión cuya opinión, al ser generalizada, bien puede ensalzarte y conseguirte una esposa, o al contrario: puede hundir tu reputación en los salones y en los mismísimos asuntos (honrados o no) que lleves en la ciudad donde has osado ofenderlas de cualquier forma. Esto le pasa al héroe en el día del baile de celebración de su gran compra de almas muertas (a quienes los demás, menos unos pocos, creen que son siervos vivitos, sucios y vagos). De hecho, significa su final en el lugar. Aunque en no menor lugar de patetismo deja a los hombres: los divide entre dos clases: gordos y flacos. Cada grupo con sus características. Muy claro lo tenía nuestro querido Autor. Esta clase de definiciones parecen ser algo propio de Gógol, pero lo mejor de todo, es que no creo que se alejara mucho de la realidad.

            Antes de cerrar los comentarios sobre el argumento, quiero hacer incapié especialmente en una parte. Esta historia se divide en dos partes: la historia de Pável Ivanóvich Chíchikov, y en segundo lugar, la de Tentétnikov y de cómo estos dos se conocen y posteriores sucesos. He de declararme admirador del comienzo de esta segunda parte. Del cómo nos presenta a este nuevo personaje como un indeseable, un sosainas y un echado a perder: rico, con unas tierras formidables, y matando de hambre a los mujiks y abandonando sus tierras desaprovechando sus posibilidades. Matándose a sí mismo, sin hacer nada de valor. Y, cómo nos da la vuelta -de nuevo- a la realidad, y nos muestra cómo el hombre ante el que estamos resultaba ser toda una promesa: preocupado por la verdad, por la justicia, por las grandes obras, por el amor... y cómo se dejó de lado a sí mismo tras la muerte de su maestro, de todo lo que aquello significó para él; la desilusión del mundo que le esperaba, la irrealidad del trabajo en el que parecía condenado a existir. La vuelta al campo y su reincidente declive, por otras causas esta vez. 
             Dicho así podría parecer una historia típica, algo general, sin mayor interés: yo no soy Gógol. Puedo pecar de idealista, pero debo decir que los párrafos de esta parte de la historia se convierten en pura magia. Gógol, a estas alturas, ya ha conseguido domarnos, hacernos ver que no somos capaces de ver la verdad por mucho que hagan como si nos la cuentan, que no somos quienes para enjuiciar, menos para valorar. Y nos vuelve a romper de nuevo. A este momento le acompaña algo que -creo- a muchos de nosotros nos pasa en algún momento de nuestra existencia. Estamos viendo cómo una persona capaz es destrozada en plena etapa final de su educación (o cercanamente posterior). No ha importado su inteligencia. Sus puertas se han cerrado por la muerte de un hombre que sabía educar, que sabía enseñar y lo que hacía falta enseñar. Porque lo que quedaba tras él no era suficiente para guiar a este hombre decidido a trabajar para cambiar el mundo, aunque fuera un pequeño mundo. En resumen: cómo la ilusión de un joven se ve truncada ante la brecha que provoca la realidad enrevesada sobre las esperanzas que no han podido ser apoyadas por un conocimiento necesario para ello, porque no fue dado en esa juventud, cuando debía llegar. Puede que a nosotros no se nos haya muerto ese maestro (a algunos también esto les coincide) pero la regla es esa: una preparación insuficiente o desviada, inutilizada ante un mundo que desgraciadamente no cuenta con personas, sino que cuenta personas. Le importa las características, los papeles, los números que califican a las personas y no las personas en sí.
            Para acabar copio un par de fragmentos que destacan personalmente, para mí. La palabra camino ha tenido un importante significado en mi experiencia desde hace cierto tiempo, la he utilizado de varias formas, y la seguiré usando de otras tantas. Leyendo la obra de Nikolai Gógol descubrí (como otras varias cosas) que para él también tenía algo especial esta palabra y lo que ella puede contarnos y hacernos ver, pensar y sentir. En su caso, sería la palabra дорога, que actualmente significa camino en ruso (desconozco si él usó una palabra diferente). Os dejo pues con estos fragmentos. ¡Seguro que a algun@ que otr@ consigue hacerle ver esta palabra de una forma mucho más moldeable y atrayente!

"¿Qué cosa atrayente y portentosa hay en la palabra camino? La misma palabra nos llama, nos lleva. ¡Y qué maravilloso es el propio camino" (pp. 236)

"¡Dios mío! ¡Qué hermoso eres en ocasiones, lejano camino! ¡Cuántas veces he recurrido a tí, como el que muere y se ahoga, y siempre me sacaste a flote y me salvaste generosamente! ¡Y cuántos proyectos maravillosos nacieron de ti, cuántos sueños poéticos y cuántas impresiones pasmosas has hecho nacer! (pp. 238).*


Y nada más. Aquí os dejo unos enlaces MUY recomendables para indagar más en este sorprendente creador:

- Aquí una página en la que podéis leer algunos de los cuentos de Gógol.
- Y aquí he encontrado la novela Almas Muertas completa (hasta que Gógol interrumpe el manuscrito), con un buen e interesante prólogo sobre el autor.


* Ambas citas extraídas del libro Almas Muertas de la editorial Planeta, año 2000.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Hermano vagabundo

    Son las tres de la noche. Voy por el centro de Valencia, tan diferente a su hermano aspecto del día que podrían ser dos ciudades diferentes de no ser por el calco de sus formas. Llevo un mono de tabaco equiparable al sediento que está llegando a la ciudad pero que todavía le queda camino en el desierto. Encuentro varias gentes; parejas, solitarios que aceleran el paso y grupos de jóvenes borrachos como en el que yo estaría de no haber nacido raro y asocial. Pero, pasa un tiempo, dos, tres calles, las luces que creen romper la tenebrosa oscuridad se entremezclan en sus variopintos colores ámbar verde y amarillo rojizo mientras yonkis, borrachos, desesperados, vagabundos y yo marcamos las aceras modernas y las carreteras de petróleo con la huella de la auténtica y actual oscuridad, la confusión y la turbiedad de nuestros días, tan semejantes, hipócritamente, a las ejemplares épocas que nos anteceden.

      La luna y el reloj de la estación se retan: modernidad frente al clásico que no nos deja, por muy antiguas o excesivamente nombradas que sean sus manchas místicas, y bajo esa lucha, encuentro una oportunidad. Un tipo alto y negro a unos diez metros de mí. Mientras me acerco decidiéndome a preguntarle él tira un paquete, tras lo que saca otro idéntico, del que puedo adivinar una marca de tabaco. No es mi favorita, pero siguen siendo cigarrillos. Me convenzo y me digo ¿qué más da? Le pregunto calmo, convencido de amabilidad correspondiente “ey, ¿tienes un cigarrillo? El tipo farfulla palabros ininteligibles, pero consigo entender algunas palabras:

  no cigarrillos tengo esto colillas recojo colillas apenas ves mira tengo algunas

     No consigo adivinar más, pero no es necesario; a menudo sólo necesitan las palabras los que las acogen para el engaño, pero no necesitamos caracteres para observar lo que verdaderamente corre y grita alrededor nuestra. Su paquete está medio lleno. Veo cómo remueve unas colillas. Chafadas, rotas, sucias, casi todo boquilla y poco veneno. Un veneno que ansiamos, porque ni siquiera podemos aspirar a la vida. Y tampoco eso podemos obtener. No porque no nos conviene, tan sólo es, que no nos merece a nosotros, a la raza la estirpe. Triste pobre melancólica fracasada nefasta.

      Me siento mierda y absurdo por haberle pedido. Me despido con un graciastío y él responde un nohaydequé.

      Sigo mi camino, unas calles más, cansado pero sobre todo humillado. Ninguneado por una bola blanca que ya ni es la luna, sino farolas que pretenden facilitar nuestro camino, pero que, en realidad, marcan nuestro destino. Un destino impropio e hipócrita. Un destino que no es tal sino burla y vejación. Timo, unción de cadáveres del pasado a títeres del presente.

     Sigo mi camino. Allá hay dos en un banco. Uno sin camiseta, dormido. El otro, despierto, ríe cuando paso por su lado tecleando mientras escribo esta crónica del verdadero edén en el jardín del bienestar.

     Sigo mi camino. No pienso pedir nada a nadie más. Pienso en ella, en ella en ella en ella pero ella no está. Yo al menos tengo un hogar al final de estas calles y avenidas, que me espera aunque llore ría o me drogue. Allí me espera la calma de la cáscara de huevo. A fuera, la verdad, el lastre, el trabajo por hacer en esta tierra de cobardes acomodados.

      Hoy la luna ha presenciado esto y con ello, el ocho de septiembre de dos mil doce.

     Siento las posibles ofensas aunque no las sienta. Ya estoy llegando a casa tras hora y media de andaduras y observaciones. Pero lo confieso, así soy a veces

barro

aprendiz de vagabundo

  y otras el más fiel seguidor del racionalismo ordenado, como el diamante ante el amante.

     No sé por qué, pero no soy capaz de distinguir cuál de estas situaciones es mejor o peor, no soy capaz de resolver cuál a mí me pertenece tras tanta sombra de apariencia y espejismos labrados en reflejos de espejos brillantes detrás de los que hay sólo lo que hay tras todo lo demás sin más, porque no hay más. Nada más.

      Hoy es 2012, y no sé por qué creo que esto sólo acaba de comenzar. Estas calles y sus líneas sólo acaban de llegar.

     Sea mi objetivo, sea la vida o la tragedia, será mi momento. Y el momento, junto a otros, seré yo.


Noche del 8 de Septiembre de 2012

martes, 21 de agosto de 2012

Emily Dickinson, símil real de la esencia de la Poesía.

No debe ser fácil presenciar una partida de cartas y contemplar con nostálgica espera como reparten y te toca a ti existir como poetisa y pensadora en una época y un lugar en el que a una mujer le era encargado por norma social hacer poco más que cuidar de la casa. No había una negatividad total sobre el hecho de ser una mujer artista, en ese caso, Emily Dickinson no hubiera tenido correspondencia con distintas personas sobre el arte, la religión, y todo lo demás. Pero ser mujer y escribir lo que pasa por dentro de una, sin molestarse en formalismos o en la forma en que sus escritos serán publicados, sin duda no iba a ser plato de buen gusto para la sociedad puritana de Nueva Inglaterra, de nuevo en la tierra de Hawthorne, aunque en la ciudad de Amherst esta vez.

 Que esta mujer escribiera sin la intención de publicar (nunca lo hizo con su verdadero nombre), y aún más, sin la voluntad de que se leyese lo que de ella salía, salvo dos o tres personas cercanas, es un vivo símbolo andante de lo que es y significa ser poeta o poetisa en el mundo. En cualquier época y condición la poesía brota como las plantas y los árboles, sin parar por encontrar el más pesado y gran obstáculo, hasta subir creciendo y morir en lo más alto de su figura, pese a no ser conocido más que por los cuatro monos y hormigas que merodean por sus faldas.

   Emily Dickinson eyectó de forma ingeniosa y bella aquello que sintió y pensó al lado de un ambiente nada propicio para que pudiera mostrar su mundo más allá de las fronteras de las amistades cercanas.

   Por esto no podemos encontrar obras suyas diferenciadas por tema o motivo. no escribía pensando en la publicación o en marcos de algún tipo, sino simplemente escribía sus ideas en pequeños poemas cada vez. Y así quedó una colección de más de mil setecientos poemas, normalmente con rima y entre las que destaca la yámbica.

   En ellos se nota su especial interés por la naturaleza y en especial por las plantas.  , y muchas veces sorprende los juegos de metáforas empleados, así como el ingenio de algunas ideas. Pero es mejor que os ejemplifique directamente con algunos que para mi destacaron por su gracia o por su belleza. Es una pena, otra vez, que no pueda hablar má sobre su creación al no haber leído su obra en lengua original, pero todo llegará. Aun así, esta vez no hay queja por la traducción, pues viene de parte de una gran poetisa del XX, Silvina Ocampo, y esa calidad también se nota en una traducción que suele conseguir aunar el ritmo, el sentido y la belleza.
   Sin enrrollarme más, ¡ahí van!


Si rememorar fuera olvidar,
entonces no recordaría.
Y si olvidar fuera rememorar,
qué cerca de olvidar estaría.
Y si echar de menos, fuera divertido
y llorar, alegría
¡cuán dichosos serían los dedos
que juntaron esto hoy!

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El éxito es más dulce
para los que nunca triunfan.
Apreciar un néctar requiere
una cruel necesidad.

¡Ni una de las purpúreas huestes
que llevaron la bandera hoy
puede dar una definición
tan clara de la victoria
como el vencido moribundo
en cuyo vedado oído
el distante clamor del triunfo
estalla agonizante y claro!

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Lo que puedo hacer lo haré
aunque sea pequeño como un narciso
lo que no pueda tiene que ser
desconocido a la posibilidad.

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Hay un cierto sesgo de luz
en las tardes de invierno
que oprime, como
la profunidad de las catedrales

celestial herida nos da.
no podemos encontrar la cicatriz,
sino la diferencia interna,
dónde está el significado.

nadie puede describirlo -nadie-
es el sello desesperado
una imperial aflicción
enviada del aire

cuando llega, el paisaje escucha
sombras contienen su hálito
cundo parte, es como la distancia
en la mirada de la muerte.

---



   Más que la innovación o la técnica de esta escritora (que no es escasa esta segunda) destacaría la potencia de su persona, capaz de vencer montes y mares por ella sola, consigo sola y en ella sin más la mayoría de tiempo en vida. Pues incluso su más cercano confidente, al que llamaba Maestro, no tomó en serio algunas de las técnicas o de los acabados de los poemas, y además, a la hora póstuma de su edición se tomó el privilegio de editar con su mano algunas rimas y versos. Y a pesar de todo esto, quitando tantos baches e inseguridades como las que ella misma en alguna ocasión expresó sufrir, mantuvo continuos sus escritos hasta el final de los días, y llegando así a convertirse en uno de los símbolos literarios de su época junto a las figuras de Hawthorne, Melville, o Thoureau. ¿Qué se le puede echar en cara más que la alabanza por tan fuerte voluntad y fuerza de espíritu?

   Pues bien, esta vez un poco breve, dejo esto y voy a seguir probando con las sextillas de pie quebrado y las tankas, que menudo cacao me van armando.

viernes, 17 de agosto de 2012

La casa de los siete tejados. El romanticismo oscuro de N. Hawthorne


He de confesar que de entre toda la literatura que ha pasado por mis manos o mis ojos, hay una que siempre ha prevalecido en mi gusto, sea por el estilo, pero sobre todo, supongo, por condición personal, por los materiales que han ido formando mi forma de sentir y por el ángulo o la lente por la que mi ánimo ha digerido lo que le ha llegado.
   He aquí una de esas obras que me hacen querer ir más allá en la literatura. Al mismo tiempo sé que no es mi estilo, si es que tengo o tendré alguno, pero me dice, al contrario que otros, que hay demasiados mundos y eternidades en esta existencia como para perdérmelo y dejar pasar mi propia experiencia de primera mano.

   Una de esas muestras la encuentro en el romanticismo, en el romanticismo oscuro en este caso, rompedor del trascendentalismo de Emerson,  corriente que, por otra parte, tiene mucha miga y pese a todo, creo que no debe ser tomado a la ligera. Conocidos de este romanticismo oscuro son Edgar Allan Poe sobre todo con algunos de sus relatos breves, aunque sin duda también se entrevé en Una narración de Arthur Gordon Pym, que además coincide por medio de la tragedia marítima con uno de los más grandes exponentes considerados, Melville y su Moby Dick.

   Pero no pretendo hablar hoy sobre ese movimiento en sí, sino sobre otro de los ejemplos más brillantes y vivos del siglo XIX en Nueva Inglaterra, Nathaniel Hawthorne. A parte de su colección de cuentos Twice-Told Tales y su destacable Scarlet Letter (La letra escarlata), que todavía no he podido encontrar, su otra novela de prestigio, The House of the Seven Gables, (La casa de los siete tejados), es una clave muestra de un mundo oscuro y fresco, de sombras que no llegan a ser negras y de belleza húmeda, polvorienta, un mundo molestado en destacar que no hay siempre un por qué para las connotaciones negativas de los sucesos que pueden acaecer sobre una sociedad, una familia, o una persona. Aquí Hawthorne lo hace recogiendo el pasado y el sucio suceso de la caza de brujas de Salem, a partir del cual forma una leyenda de venganza y maldición entre las familias de los Maule y los Pyncheon. Estos últimos parece que quedan en una verdadera maldición eterna siempre que sigan viviendo en la casa de los siete tejados, a causa de la supuesta culpa principal del general Pyncheon en la condena  de Maule por el delito de brujería, con tal de poder quedarse con sus tierras y así construir el hogar para su familia y sus postreras generaciones.
    A partir de aquí surge la historia de las generaciones de Pyncheons y Maules. Pero no de una manera lineal y detallada, sino centrada en un momento concreto, que va siendo ambientado y acompañado de anécdotas y casos pasados. La principal parte de la historia transcurre cuando varias generaciones han quedado atrás, y cuando la familia Maule, pese a conservar en la ciudad el perfume de los delitos pasados adjudicados, han desaparecido de la sociedad. La única habitante de la casa, la solterona Hepzibah, es casi literalmente salvada por la joven Phoebe, una Pyngeon que sale de su casa de campo para pasar una temporada con su tía. Más tarde, la aparición del juez Jaffrey Pyncheon y de Clifford forma los elementos esenciales para el nuevo problema de poder y para el nuevo extraño y trágico acontecimiento. Aunque, ninguno es tan nuevo. Ambos no son más que los resquemores que hace décadas hicieron llegar la condena y la maldición para las dos familias.

Todo esto va siendo narrado por una única voz que parece conocer muy bien los asuntos de la generación de Pyncheons y, no tanto la de los Maule. Esta voz se toma algunos privilegios en los asuntos de la casa, de forma que a veces da la sensación de que la historia no nos la narra otro que alguno de los espíritus Pyncheon que rondan por la casa. Aunque, como él o ella mismo/a dice, no es consciente de todos los secretos de la familia. Pero el hecho es que las vicisitudes y las llegadas y salidas que acontecen en la generacional casa van siendo contadas como por un ojo observador que está escondido en uno de los tantos rincones de las habitaciones que duermen bajo los siete tejados. La única razón que encuentro para desechar tal idea como posible y realizada por el autor es que hay un único momento en el que la narración sale de la casa, y va al tren, único lugar  al que ese espíritu arraigado no habría podido llegar.
   Con lo dicho, me planteo otra posibilidad. La de la influencia de Hawthorne, y en concreto esta novela, sobre Isabel Allende y La casa de los espíritus. Hay elementos bajo nuestros siete tejados que a veces recuerdan a ese extraño realismo mágico patente en la casa y las generaciones que crea Allende. Las características fantasmales y graciosas al mismo tiempo de los últimos habitantes Pyncheon, Hepzibah y Clifford, y sobre todo, el aire de realidad dado a las capacidades psíquicas, de control de la mente, y la hipnosis en la figura de Maule y del joven daguerrotipista Holgrave (ay Holgrave, Holgrave...) como elementos posibles. Por eso y por tratarse de una nueva historia en torno al paso del tiempo y la vida de una familia en distintas generaciones, no me extrañaría que se tratase de una real influencia en la escritora, y además, podría decirse que la obra de Hawthorne es precursora del posterior subgénero llamado realismo mágico. Sí, es mucho decir, pero a pesar de que no podría confirmar ninguna de ambas cosas, los detalles que he dado me inducen a pensar así.

   En cuanto a los personajes, está claro que se dividen en dos ramas claves. Los Pyncheon, reservados y de alta clase social, y los Maule y su hijo pródigo Holgrave, altivos, directos y de clase baja. Los primeros están perdidos en su maldición generacional mientras que los Maule siguen preocupándose de la venganza, todo esto lleva a la situación que nos es contada, donde los pobres Hepzibah y Clifford, son casi muertos y a la vez como dos niños que apenas han vivido la vida, atrapados en una mansión que ya no posee riqueza y honor sino lugubrez, oscuridad y un breve destino económico para sus poseedores, que ya no conservan ningún dinero, hasta el punto de obligarse a sí misma, la vieja y fea Hepzibah, de abrir una pequeña tienda al igual que su avaro antepasado. Ella y Clifford son los dotados de esa atmósfera de condena natural que no tiene explicación ni ningún objetivo divino y positivo, como lo tendría de ser una obra de tintes trascendentalistas. 
   La aparición de Phoebe es la luz. Ella procede de fuera de la casa a pesar de ser una de la familia, y al contrario de sus tíos es joven y grácil, y porta la salvación al estanque en el que aguardan sus dos desgraciados y derrotados parientes. Es la inocencia y la flor que hasta el momento ha permanecido virgen ante la oscuridad y el mal, y con esa energía resplandece sobre la casa, dotándola  de su radiante viveza. Aún así, como su tía le advierte, las pozas de negras historias de la casa de los siete tejados son demasiado profundas como para no tener ningún efecto sobre la más inocente y viva rosa. Entre esto y las conversaciones con los filósofos, el viejo tío Venner y sobre todo con el extraño y conflictivo joven Holgrave, Phoebe madura y pierde su inocente concepción de la vida antes de dejar (para volver) la casa. Este cambio es clave, pues si bien la primera Phoebe era feliz y brillante, después no lo es menos, pero su mirada ha cambiado, en palabras de Clifford, ya es una mujer, una adulta, y ya no tendrá más aquella gracilidad y constante luz, aunque seguirá siendo una flor radiante para los demás.
   En cuanto a Holgrave, me es, personalmente, el personaje más importante y significativo de la obra. No sólo por su viva actitud de buscador, viajero y filósofo, ni por sus discursos ni sólo por ser el desconocido elemento sorpresa que cambia el sentido final de la obra, sino porque en él se apoya Hawthorne para poner su propia voz de pensador, y posiblemente, sus rasgos personales  en juventud. Al igual que Nathaniel Hawthorne, Holgrave estuvo en Europa, curiosamente, en los mismos países que él. Y aún más curiosos son algunos de los diálogos (geniales) que suceden entre Holgrave y el tío Venner y los demás en las reuniones de los domingos en el jardín. Por ejemplo, cuando el autor dice de Holgrave:

« (...) A Holgrave le parecía como sin duda les ha parecido a todos los jóvenes desde los tiempos de Adán, que en esta época, más que en ninguna otra, había que destruir el podrido pasado, enterrar su cadáver, y comenzar de nuevo.
   En cuanto al punto principal -¡Dios nos libre de dudar de él!-, en cuanto a los siglos mejores que se acercan, el artista estaba seguro. Su error radicaba en suponer que nuestra época, mejor que otra, está destinada a ver los trajes andrajosos de la antigüedad sustituidos por otros nuevos, en vez de irlos renovando gradualmente a fuerza de remiendos. Su error era aplicar el pequeño espacio de su vida como medida de una hazaña interminable y, más que nada, imaginar que no importaba para el objetivo final, que daba lo mismo que estuviera a su favor o en contra. Para él, lo mejor era pensar así. 
   Ese entusiasmo, calando en la serenidad de su carácter y adoptando por ello un aspecto de cosa pensada y sensata, contribuía a conservar pura su juventud y elevada su aspiración. (...)»

   Decía que es curioso... porque esa reflexión sigue siendo vigente hoy en día. En todos los jóvenes desde los tiempos de Adán. Y así sigue siendo.
   Holgrave es la figura pensante y más atractiva del relato, tanto que se gana el aprecio, pese a su personalidad seca y tajante, de todos, incluido el de Phoebe.

Por último, cómo no, el final. Tras el, digámosle, tramado sobrenatural suceso, ocurrido en el juez Pyncheon, y la vuelta de los viejos Hepzibah y Clifford tras su absurda huida, se da un momento que posiblemente rompe la maldición, o por lo menos, su lógica. La identidad real de Holgrave le es revelada por él mismo a Phoebe tras su declaración de amor, y así acaban uniéndose (hasta donde nos cuentan) las dos familias enfrentadas desde antes de la construcción de la casa de los siete tejados. No se quedan en la casa, por lo que no se explicita que rompan la maldición, aunque esta se explicaría racionalmente por Holgrave cuando atribuye las repentinas muertes a un defecto físico del corazón heredativo de los hombres de la familia Pyncheon.
   Pero, además de esto, y de nuevo metiendo mi zarpa, mi vista en el asunto, podría entenderse otra idea, algo que es para mi esencial en el entendimiento entre las personas en una sociedad avanzada. Cuando se unen Holgrave y Phoebe no sólo se rompe la maldición entre las dos familias, sino también entre dos clases sociales. Se unen dos mundos (aunque en este caso la condición de los Pyncheon estaba ya deteriorada), dos perspectivas de la forma de vida y la condición humana. Y es esto lo que considero fundamental, el trato entre las diferentes clases sociales que hayan con tal de romper prejuicios y desconocimiento, para descubrir que por encima de todo somos personas con las mismas inquietudes básicas que los demás. Y asimismo, y ya puestos, añado que creo debería hacerse lo mismo en cuanto a ideologías. no entre representantes de tal y cual, sino entre los que creen en algo con sinceridad y no por interés. Pero esto es difícil, supongo, pues la mayoría de veces, más que ideas y aspiraciones, las personas estamos contaminadas de egoísmo, prejuicios y poca distancia de tiro en nuestra búsqueda.

Próxima parada: Emily Dickinson y su poesía tremendamente propia y diferenciada. Hasta aquí un Hawthorne que me ha sorprendido con su expresividad y sus brillantes ideas, la mayoría de las cuales siguen teniendo una relevante importancia a tener en cuenta. Sin duda alguien a seguir teniendo cerca para próximas lecturas.

lunes, 6 de agosto de 2012

Mares tenebrosos, cuentos de terror en el mar. ¡Una antología de miedo!

Ah, el verano. ¿Qué tiene el verano, a parte de mucho calor?  Pues por regla no lo sé, pero para mi es la libertad de poder ser uno con el mar sin miedo a pillar un resfriado. Eso y, también en mi caso, "tener" tiempo. Aunque más bien es como una de esas ofertas de grandes almacenes. ¡Disfrute de más tiempo por menos esfuerzo! Y luego te lo gastas tirado en el sofá cual zombi hambriento.  Pues bueno, es que el calor atonta, pero ahí está el truco: no dejar que tan despiadado comerciante te amodorre. Echarle ánimo y una ducha fría, y a por todo aquello que te propusiste hacer antes de la llegada de la supuesta libertad anual.

En parte, y con esto acabo, estoy contento. Esta semana he acabado el primer relato de este verano, de unas 30 páginas. Espero escribir algunos más antes del nuevo septiembre, ya se verá.

   Si he tardado en retomar esto ha sido en parte por ese relato, y también por lo que digo al principio. Por lo menos ya estoy de nuevo en marcha, y con bastante por decir, en varias entradas que vendrán dentro de poco después de esta. 
   Hoy no voy a hablar de ningún autor u obra en especial, ni trataré de comentar ni criticar, ni valorar lo relacionado con la escritura en sí. Vengo a dar a conocer algo muy valioso para los que, como yo, adoramos el terror y también el mar. Barcos, fantasmas, terror, islas desiertas, etc. Porque cuando algo tan atrapante como el buen terror se une a la gravedad y eternidad del mar, el cuento o el relato se transforma en una historia única y especial.

   Se trata de una recopilación de cuentos de la editorial Valdemar, "Mares Tenebrosos", que recomiendo por varias razones. Lo más importante es que son 600 páginas de buenos relatos. Además, es una buena edición, se nota que está hecho con cariño de amante del terror, y esto se nota desde las numerosas ilustraciones hasta el prefacio de José María Nebreda, que nos habla sobre sus motivaciones a la hora de elegir los integrantes y un poco de cada autor seleccionado para esta antología, además de una valoración que considero muy acertada sobre la categoría de esta clase de literatura.
   Además, no sólo contiene autores de gran talla, sino otros que con una elevada calidad, no son muy conocidos a día de hoy en nuestro país por cuestiones de traducción, o incluso algunos que no han recibido el merecido reconocimiento en la actualidad, y ninguno de estos relatos tiene desperdicio. Al principio, antes del comienzo de los relatos hay también una pequeña selección de algunos poemas de la misma temática que son dignos de leer, por lo que se agradece mucho que se hayan incluido.
  Es pues, una recopilación bastante completa y bien cuidada que además, no es cara. 17 euros (creo que costó) por 600 páginas con buenas historias (y muchas, muy buenas), bien tratada (ilustraciones de Óscar Sacristán que además, publica en este volumen una novela corta suya) con relatos y poesía, e incluso una sección de vocabulario náutico con gráficos de barcos de ilustración. Es genial. Ah, es de tapa dura.

   No me gustaría alargar más esto, más que por hablar de los relatos es por recomendar el libro, porque merece la pena, y si no, ¡ya me lo diréis si lo véis! Pero yo destacaría los relatos de Hodgson (el grande de los cuentos de terror en el mar), a Michel Bernanos, que se basa en un relato de Philip M. Fisher (La isla de los hongos), el trepidante relato Niebla, de James Hanley, la obra conjunta de Simon Clark y Jonh B. Ford, El pecio de la muerte (no, no es precio), y a un genialísimo relato de humor y terror de Richard Middleton.

En fin, espero que esto sirva para alguien, y si no, servirá de recordatorio para algún día rescatar semejante pedazo de joya para volver a devorarla con las mismas o más ganas que lo he hecho este verano. Ea.

sábado, 7 de julio de 2012

Scott Fitzgerald: El gran Gatsby. El gran símbolo de una joven época.

Cuando hube leído el primer capítulo del libro y paré a pensar qué había pasado, supe que había entendido poca cosa para las páginas que había dejado atrás. Pensé directamente que era posible que esta fuera una de esas ocasiones en las que te ha tocado pagarla por un gazapo de traducción. Pero como era el primero,  pensé "a ver si se aclara más adelante". Sí, lo iba entendiendo, pero no disfrutaba la historia como debería. Si se tratase de un autor desconocido del que no sabes cómo escribe, se puede dudar de su calidad, pero del bien representado señor Fitzgerald por su buen y sencillo estilo no se podía entender un texto con frases sueltas o con poco sentido, de párrafos con una unión extraña. Una narración que muchas veces perdía la coherencia, que hacía difícil su comprensión tanto general como de los detalles que se han intentado traducir a nuestra lengua, tal vez, demasiado literalmente.

Por desgracia no es difícil encontrarse de vez en cuando traducciones que, ni más ni menos, se cargan una buena obra, en este caso literaria.  Os aseguro que de aquí a menos de un año estaré leyendo originales en inglés y en francés. Sí, es un reto colosal, porque bueno, mi inglés no está mal, aunque queda mucho por mejorar, pero el francés lo conozco tanto como la verdad absoluta, así que me queda mucho trabajo para cumplir esta impulsiva promesa.
Por último en cuanto a traducciones y Gran Gatsby, una recomendación a aquellos que quieran leerlo en castellano: No cojáis el de ediciones Plaza Y Janés (la más antigua que se hizo en castellano que yo sepa), ni tampoco la edición Debolsillo, son ambas servidas de la misma traducción, de E. Piñas, porque su nombre conjuga muy bien con el resultado de su trabajo, un piñazo. En cambio, aunque no la he leído, he oído que el de la editorial Alfaguara tiene otra traducción que parece más fiel y buena que la que comento.

Pero yendo a lo realmente importante, la historia, que pese a todo la he podido disfrutar, sacrificando en buena parte el estilo, me ha parecido muy buena imagen-reflejo de esa parte del ser humano que se ocupa de administrar sus sueños, del empeño que nos hace obcecarnos con un objetivo y dedicarle tanta parte de nosotros que acaba expandiéndose por nuestras ilusiones y esperanzas como un auténtico tumor del espíritu. O como dice el mismo Scott F. en El gran Gatsby, «pagar un alto precio por vivir demasiado tiempo con un sólo sueño», un precio cuyo reclamo no escapa a este personaje tras años de incesante preocupación por su único y gran objetivo, símil crítico y triste del gran sueño americano. 
Es una buena dosis, también, de conciencia, ante aquella frase "las apariencias engañan", encarnada en los rumores sobre la sombra de Gatsby y también sobre las buenas personas que aparentan ser la chica de oro, Daisy, y su capacitado marido. Todos ellos crean una espiral de problemas que trastorna al protagonista hasta el punto de detestar a todos los personajes menos a, en apariencia contradictoria, su enigmático vecino.
Y es curioso que el protagonista, Nick Carraway, sea uno de los personajes menos principales del relato, pues nos sirve más como guía y narrador que como centro de interés de información. Conocemos lo que leemos "gracias a él", pero aunque forma parte del mundo narrado, no conserva una importancia más relevante, salvo en situaciones que sirve como nexo entre los personajes. No es su historia la que nos interesa, sino la que él conoce. Aún así, se trata de un personaje bien desarrollado, sabemos prácticamente todo de él, aunque no conozcamos su mundo interior en profundidad (al menos es la sensación al leer esta edición que he comentado antes), sí que podemos hablar de su honradez e incluso de parte de su personalidad. 

Hablando de significados, me centraré en dos aspectos de un personaje que fue un símbolo, como su creador, en los años veinte, y aún más en adelante. En primer lugar, El gran Gatsby me recuerda a una película de 1941 que se convirtió en un clásico y en una pieza de referencia de evolución en el cine en todos sus sentidos; Ciudadano Kane, de Orson Welles. Para quien la haya visto (y si no, vedla), cabe pensar en las semblanzas entre ambos protagonistas. Gatsby, al igual que Kane, hereda una enorme fortuna. Kane, al igual que Gatsby, eleva un espectacular palacio para sí sólo, que se convierte en templo de su soledad y de su vida reducida a la persecución de un éxito concreto. Y ambos ellos, acaban muriendo en soledad (aunque en apariencia no lo sea, en el caso de Kane). Aún así, para mi las diferencias son obvias, y rompen los lazos que les puedan unir. Sinceramente, Gatsby es un romántico. Un soñador fijado en una única mujer que lleva sin ver durante años, y a la que sigue amando, sin dudar de que su sentimiento sea recíproco tras la erosión de los sucesos en el tiempo trascurrido.
El segundo aspecto, me fue revelador antes de que el desarrollo de la novela nos diera a saber de qué pie cojeaba Gatsby, fue un dato sencillo sobre su habitación privada: En la enorme e inacabable mansión en la que habitaba, él dormía en la menos esplendorosa, en la menos adornada, en la más sencilla y humilde de todas. Otro reflejo del personaje: Por el exterior sembla grandioso, impactante, complicado de entender y de conocer, pero su interior está libre de retorcimiento. El exteterior sólo es una fachada inventada para atraer a una mujer de buena posición social, mientras que en su interior reside la esencia de una persona que es capaz de dar todo hasta el final por el único sueño de reencontrarse y reconquistar a su amada del pasado.

En fin, sin duda se trata de una gran creación literaria que hizo chapó al intentar reflejar una sociedad y una de las asignaturas con más intríngulis del ser humano, que es la que se ocupa de los sueños e ilusiones, de la fuerza de voluntad y del mal que es capaz de hacer el fugaz y extraño paso del tiempo y la complejidad que configura nuestros pensamientos y sentimientos, o tal vez sea más bien su simpleza y hedonista conducta la que nos hace vivir sin ser capaces de encontrar nuestro lugar, nuestra gente, nuestro propio y reducido mundo, nuestras respuestas y nuestras complacencias, desde las más rutinarias hasta las más significativas en el punto flaco de nuestro estómago de los deseos.
No quiero imaginar qué impacto hubiera tenido en mi este libro de haber disfrutado directamente de la tinta de F. Scott Fitzgerald, habiendo podido revelar mis dudas de estilo que hoy os estoy contando. Algún día lo leeré en su lengua, y entonces podré volver aquí a concluir un problema que no debería existir en cosas tan esenciales como la alimentación a base de letras, arte, y mucho misterio humano.


PD: Os dejo un artículo interesante que he encontrado en el sitio de otro bloggero, y por lo visto también escritor:
Blog de Juan Herrezuelo, artículo sobre El gran Gatsby de Scott Fitzgerald

miércoles, 4 de julio de 2012

E. Hemingway (II): El viejo y el mar, otra historia marina para el recuerdo

Al igual que el libro del anterior artículo, también pude rescatar de la biblioteca  El viejo y el mar, la pequeña gran obra que llevaría a Hemingway a ganar el premio Pulitzer en 1953. 

Se trata de una novela corta, con un tema que es tratado de forma lineal, y su ritmo y belleza me recordaba en algunos momentos a la crudeza marina que se encuentra en La narración de Arthur Gordon Pym de Poe, salvando las distancias, claro, no tan cruda y salvaje, pero sí lleva las fuerzas humanas al límite, sin mermar en el ánimo de un hombre que en su ancianidad podría parecer haber pedido la hombría que caracteriza la edad madura de una persona de mar, pero que en su odisea con la persecución de su gran rival (una fusión de pez gigante y mala suerte) demuestra que si bien su cuerpo no es su gran aliado, sí lo siguen siendo su despierta y sabia mente, y su tranquila determinación a cada paso, cada problema o, cada tiburón.

Una historia así puede ser un fiasco o una pequeña joya, dependiendo del cariño con que se trate al personaje y a lo que se quiere contar. En el viejo y el mar se nos muestra una persona olvidada por los grandes logros, y más allá de eso, condenado a pasar el resto de su vida en la más seca pobreza. Su único amigo le hace más fácil su epopeya, pero un día el chico no sube al bote con él, y es cuando comienza el reto entre el tiempo y la fuerza de voluntad del viejo. Y entonces sucede: Hemingway nos hace disfrutar de una lucha constante que perdura por varios días y varias noches. Una narración sin más personajes que un viejo, sin más escenario que un bote hundido en un inmenso espacio azul, y no obstante, una narración rica, que no cansa, sino que puede llegar a emocionar gracias a un estilo que al igual que en Adiós a las armas, pero potenciado, es dibujado rítmico, sencillo, y sin vacíos en ofrecer todo tipo de detalles tanto físicos (heridas, hambre, cansancio) como psicológicos (recuerdos, deseo de tener a chico en compañía, reflexiones...). 

El final no es menos genial. Si bien intuimos lo que va a suceder (sin llegar a acertar del todo), nos sorprende igualmente con dos elementos: un final que no rompe con la suerte que se le atribuye al viejo, y otro, que tal vez, y sólo tal vez, puede que sí haga diferente esa suerte. La llegada de extranjeros ansiosos por la historia que guardan varios tiburones muertos en una orilla, y un pez espada gigante cuyo esqueleto y cabeza aguarda en un bote, posiblemente sean sólo el principio del retorno de la leyenda del pobre viejo del mar. Tal vez rompe esto su pobreza, tal vez nunca se consideró pobre, tal vez lo siga siendo. No sabemos su destino, pero el de su leyenda es claro. Una impecable personalidad capaz de moldear su débil edad hasta el punto de conseguir algo más grande que cualquier otro pescador, que al final, es para el oficio que él había nacido. Sin duda, una gran historia de mar más para la biblioteca que mi mente recordará con cariño, sobre todo ante adversidades y aquellas situaciones en las que creemos ser algo cercano a lo gafe. Un poema a la constancia y a no rendirse en la lucha por nuestros lejanos y gigantescos objetivos.

PD: Enlazo un blog aquí  en el que habla sobre un cortometraje de adaptación de este relato. Un corto de animación que sin duda, yo, tengo que ver. No tiene desperdicio.


martes, 3 de julio de 2012

Primeras impresiones con Paul Auster: Invisible

Hace un par de semanas pude ver un programa de Página 2, el programa literario de La 2, en el que habían cazado a Paul Auster en su visita a España para entrevistarle sobre su nueva obra Diario de Invierno. Era la primera vez que le oía hablar, e incluso la primera que oí hablar sobre una de sus obras en una entrevista. Sentía curiosidad, pues su nombre es conocido, pero nunca he tenido uno de sus libros a mano y todavía no le conocía cara a cara. Sinceramente, pronto me llegaron primarias sensaciones: no sabía exactamente por qué, pero aquel hombre me gustaba, no por lo que escribía, sino por sus palabras, su forma de hablar y sobre todo, por lo que decía. Su opinión sobre la vida y sus etapas, por ejemplo. Me dio la sensación de una madurez mayor a la que la mayoría de personas suele tener, incluidos muchos escritores. Y así me decidí a leer algo suyo, lo que encontrara. Días después me encontraba en una biblioteca, donde de entre varios, me decidí a emprender un libro cuya primera página contenía, entre otras, estas líneas: " (...) Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros y la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta (...)". Vaya, vaya. Así que estaba yo ante una descripción que podría haber sido la mía, menos por lo de Columbia, vamos. Además, en esa misma página mencionaba a Dante, el del infierno, el humanista italiano, el creador de la Divina Comedia. Tan divina que fue uno de mis libros favoritos en mi temprana adolescencia, aunque es cierto que no llegué a acabarla, (demasiados líos de instituto y, sobre todo, otras cosas). Para resumir: Ese joven protagonista se topará con un hombre que cambiará su vida, aparentemente gracias a su aportación económica para la creación de una revista literaria, pero tal vez debido a otras causas.

Cuando llevaba medio libro ya había cesado mi encanto a causa de mi supuesto parecido con el personaje, pues al contrario que él, ni soy un buen jugador de béisbol, ni soy un tipo que encandila a las mujeres de cualquier edad sólo con acariciar mi rostro con la mirada. Pero, por otra parte, el libro ya me había encandilado a mi por otros métodos. Se trata de Invisible, su penúltima novela (2009). 
El estilo es en apariencia simple, quiero decir, no contiene un vocabulario farragoso, y las frases son sencillas, sin demasiados adornos, pero hay un considerable nivel de estructura, de ideas, de pensamientos, que ese lenguaje sencillo acompaña a una narración ciertamente profunda y detallista. Además,  las cuatro partes del libro tocan los tiempos presente y pasado, y en cuanto al enfoque, la primera  y tercera persona. No es un libro sencillo, pero lo trata de forma en la que sí lo parece. 
Hay, también, un doble juego respecto a la veracidad del relato, de forma indirecta o subjetiva. Por una parte los datos del personaje protagonista (Adam Walker) coinciden en muchos casos con los del mismo autor (estudió en Columbia, la misma edad en el 67, quería ser poeta, le gustaba el béisbol...), y por otra, la historia nos es donada como veraz, habiendo sido reemplazados los nombres de los personajes por otros que son ficticios. Se queda en recurso narrativo, supongo. Todo esto en compañía de la trama, es enriquecido por la variedad de géneros. 
A modo de anécdota creo que merece hacer referencia a cierta curiosidad. A parte de la estructura externa en cuatro piezas, hay otra que Auster señala brevemente en ciertos momentos de la historia, marcando el tema central de la historia: el trauma de Walker y su venganza. Así, en la página 174 encontramos " (...) Se derrumba la torre Eiffel. Se incendia hasta el último edificio de París. Fin del acto I. Telón." Corresponde al encuentro con Born en París por primera vez. Su mundo se desmorona, su miedo, que sólo podía ser rara coincidencia, se hace realidad. Al poco rato, en la página 205: "El metro está inundado de excrementos humanos. Los muertos están saliendo de sus tumbas. Fin del acto II. Telón." Tras esto señala el comienzo del acto tres. Se ha introducido con decisión para llevar a cabo su plan, ya no hay vuelta atrás. comienza el desenlace de su historia con Born. Aun así, más que una estructura real, parece un recurso expresivo que refuerza lo que más ha marcado, fatalmente, la vida del joven Adam Walker.

Hablando un poco del contenido, deja un regusto amargo pero, desde luego, satisfactorio y hondo, debido a la cercanía que logramos con el personaje tanto por la información que se nos da como el tiempo en el que le acompañamos, y las perspectivas desde las que le observamos. Conocemos la fuerza y el sueño de su juventud, su curioso desarrollo infantil y adolescencia en compañía de su hermana Gwyn, su decadencia y vejez enferma, y el relato de París que dejaría el eterno poso de amargura en su existencia, quedando en el el recuerdo de Margot, y de Cécile y su madre. Y además, le seguimos desde su propio relato y desde su antiguo compañero y actual escritor. La historia de su joven andanza es presentada cargada de un relevante tono filosófico que enfrenta las etiquetas sociales y la sexualidad. Podemos estar enfrascados en un lenguaje sencillo pero culto, y de repente toparnos con palabros no precisamente desconocidos o poco frecuentes, sobre todo dentro del tema del sexo y su humorístico argot. Pero más allá del léxico vulgar, del que no abusa en absoluto para demostrar su mente abierta, (como, por cierto, otros parece que necesitan hacer), se trata de los problemas y dilemas que los personajes presentan. Así, un impactante Adam, cuyo camino es torcido por siempre tras conocer a Born, y su vejez necesita escupir sus adentros pasados. Un Rudolf Born extraño y con posible transtorno mental, del que no llegamos a conocer su verdadero rostro oculto, y unos personajes no tan desarrollados que aún así presentan sus propios dilemas. Y aquí, el de una mujer insatisfecha como Margot, o el de una mujer, Gwyn, de la que nos quedamos con la duda sobre la veracidad de su afirmación en cuanto al tipo de relación que mantuvo con su hermano. Se puede minimizar a una palabra: psicología. Todos los personajes tienen un perfil psicológico de cierta complicación. A eso se le suma la reflexión filosófica que se puede rascar en las relaciones entre los personajes mencionados, y tenemos una historia compleja pero que es fácil de seguir y que engancha, ¡vaya que si engancha! 

Supongo que el que gire en torno al mundo literario, pues son constantes las referencias a escritores, y los mismos personajes tienen vinculación con la crítica literaria, además de la traducción de libros, además de esos matices y recovecos que he comentado, le da un fuerte impulso para convertirse en una de mis novelas favoritas hasta la fecha, además de un gran inicio de mi cara a cara con Paul Auster, y por tanto, una apetitosa carta de invitación a saborear algunas de sus otras obras que preceden a la que se dice, es una de sus mejores novelas publicadas.

sábado, 23 de junio de 2012

Las 5 claves para transmitir de Ferran Ramon-Cortés

Ahora sí, se acabaron los exámenes, ayer despedí al último de la temporada y puedo, por fin, admitir mi libertad (por el momento). Es genial descubrir cada día nuevas lecturas posibles, aunque viendo como se amontonan las pendientes, al mismo tiempo que se me acumulan ideas para escribir, sin haber acabado todavía ninguno de los relatos que empecé antes de exámenes, el ambiente de emoción se tinta un poco de la sensación de presión. Me depara un verano muy ocupado, a pesar de que no encuentre trabajo, aunque sin duda, se trata de una faena que me hace feliz.

Esta vez no traigo una obra literaria en sí, sino un ensayo ameno, sencillo y corto que tiene como objetivo, apoyándose en una narración ficticia agradable, desvelar cinco claves que podemos utilizar con tal de mejorar nuestra comunicación al pretender hacer llegar un concreto mensaje a un público.

Esas claves se relacionan directamente con cinco faros de la isla de Menorca, que un hombre en busca de los misterios que nos permiten llegar al receptor con éxito observará, el tiempo necesario, con tal de desvelar la relación que tiene el tipo de señal que emiten para informar a los navegantes de dónde se halla el puerto. Él busca algo parecido: lograr que sus discursos alcancen una potencia capaz de arrancar a la oscuridad un espacio para una luz-guía clara y decidida.

La historia es una simple excusa para tratar estas claves, que merece la pena extraer para tenerlas muy en cuenta a la hora de pretender llegar a aquellos a los que queremos expresar una idea o un sentimiento. Ahora trataré de explicar desde mi lectura lo que significan y la razón de estas claves, que son las siguientes:

...
1. Faro de Favàritx: Solemos hablar mucho, acabando diciendo poco. La luz de este faro emite una luz constante y única. Cambia la luz según avanza el tiempo del día, pero la luz del faro, aunque variando en sus matices, mantiene su señal en todo caso. Esa es la primera clave, centrar nuestro discurso en una y única gran idea, hablando de diferentes cosas, pero con esa idea como telón de fondo. Así conseguiremos un mensaje claro, conciso, y rico en interpretación por sus matices.

2. Faro de Artrutx: A la hora de intentar demostrar algo, somos capaces de ofrecer una considerable cantidad de información acerca del tema, todo tipo de datos. Pero normalmente, el que escucha no ha tenido la misma experiencia que el que trata de convencer, y acaba aborreciendo la explicación, o sencillamente no entiende a dónde queremos llegar. Para qe nuestro mensaje sea claro y expresivo, debe ser contado en forma de una sencilla historia, una metáfora, o como dice Max, el maestro de nuestro protagonista: «En palabras de Anthony de Mello, "La distancia más corta entre el hombre y la verdad es un cuento". Y si todavía dudas del poder de las metáforas, ojea la Biblia. Hace más de dos mil años que alguien lo tuvo muy claro».

3. Faro de Punta Nati: En relación al lenguaje: ha de tener dos ingredientes esenciales; sencillez, y eficacia. Y esa eficencia se cumplirá dependiendo de si el lenguaje escogido es el apropiado para el público que debe entendernos. Se trata de empatizar según el perfil de aquel o aquellos a quienes nos dirigimos, para conseguir acercarnos lo más posible, haciendo de nuestro mensaje algo único para quien nos ha prestado su tiempo.

4. Faro de Cavallería: "La voz es reflejo de lo que sientes. No cambies la voz, cambia lo que sientes". Ni más ni menos: transmitimos nuestros sentimientos, no lo que pretendemos decir. Los que reciben nuestro mensaje no interpretan directamente lo que nosotros hemos querido transmitir, sino la fusión entre nuestro discurso y lo que ellos ven en nosotros, además de las ideas y recuerdos de su propio mundo y su propia experiencia. Por ello es importante que no escondamos nuestros sentimientos, esos mismos deben ser los que hablen por nosotros, y si queremos comunicar algo diferente, es a nosotros mismos a quien debemos cambiar.

5. Faro de la isla del aire: Posiblemente la clave más importante de todas, a parte de la última. Cuando estamos convencidos de algo, solemos intentar convencer, además de demostrarnos y corroborar que hemos convencido. Nada más lejos de lo que debe hacerse. En primer lugar, respetar la libertad de lo que te rodea, aunque otros no hayan respetado la tuya, es fundamental. No debemos (ni podemos) obligar, sino invitar al que nos escucha a acoger (o no) nuestra idea u opinión. La diferencia se puede encontrar en algo muy sencillo: persuadir, mostrar lo positivo y lo atractivo de lo que decimos, en lugar de actuar como ceporros tratando de imponer lo que pensamos. "Es tu convicción la que me convence, no cualquier esfuerzo que puedas hacer para convencerme". Al igual que los metafóricos faros, que, lejos de tirarnos una cuerda y arrastrarnos a la orilla, nos muestran su luz, dándonos la libertad de elegir seguirla o tomar otro camino.
...

Hacía tiempo que quería apuntar estas claves de la comunicación, y, ¿qué mejor manera que compartiéndola, de paso, con todo lector que se moleste en leer uno de los artículos de este mi blog? Eso sí, si queréis saber la manera en la que Ferran nos muestra estas básicas fórmulas adentrándose en la isla de Menorca y narrando al paso de las efectivas enseñanzas de estos faros, deberéis haceros con el libro y leerlo vosotros/as mismos/as.

Añado, concluyendo ya, que estas claves se pueden resumir en algo muy sencillo, a la vez que muy complicado: Buscar ser nosotros mismos, y buscar en nosotros lo que nosotros queremos ser. Tratar de mostrar lo que creemos que merece la pena de nuestro mundo, y dejarlo en el aire tras haberlo comunicado tan mejor como hayamos podido; libre, como queremos ser todos; y único e importante, como lo es para nosotros.

Ya que he mencionado buena parte del mensaje de este libro, qué menos que mencionar los datos:

La isla de los 5 faros, de Ferran Ramon-Cortés. Ed. RBA. (Original: L'illa dels 5 fars).

domingo, 17 de junio de 2012

Truman Capote en Música para Camaleones: Una personalidad envidiable

Es sorprendente cómo es capaz de asombrarte, encandilarte, y absorver tus entrañas como lector y ser sentimental y pensante un escritor del que apenas sabes algo hasta hace unos días, cuando te topas con una obra ¿interesante? ¿prometedora? ¿abstracta y atrayente? Esta vez encontré un autor del que se decía que fue creador de géneros, pero ante todo un gran dominante de la escritura en sus distintas formas, de una gran sensibilidad para percibir y expresar su mundo, su sociedad y sus canales internos, propios de un caminante de submundos sorprendentemente realista, y sin temor o timidez a la hora de mostrarlo en el papel. Y así es cómo me sentí irresistiblemente arrancado a leer sin darle turno en la sala de espera a este significante trozo de Truman: Música para camaleones. Es eso lo que busco en la literatura, y lo que algún día me gustaría ser capaz de crear desde mi estómago y desde mi mente, sin permitir que los límites que se levantan por las razones que tanto abundan para pararnos los pies a la hora de hablar o decir algo, lleguen a diluir el cañonazo o el vómito, según las circunstancias.

La forma en la que he descubierto a Truman Capote creo que no ha podido ser mejor aun en el caso de que hubiera leído antes A sangre fría u Otras voces, otros ámbitos. Truman Capote se caracteriza, mirando la punta del iceberg, como un innovador en la escritura, principalmente por el conocido periodismo literario o literatura documental pero también, como he podido ver en este libro, por una serie de innovaciones en las técnicas importadas de otros formatos, como el modo de escritura del guión cinematográfico en el caso de los diálogos. Además, se trata de un libro en el que él mismo (TC) aparece en sus relatos, dato del que no fui consciente (más bien por suerte que por desgracia, pues mayor ha sido el regusto final) hasta el mismo final de la obra. Se trata de un conjunto de relatos, no de una historia lineal, que recoge diversas historias repartidas en tres partes: una primera con el título del libro, con relatos con un ritmo, una sutiliza y una dulzura propia e independiente del resto, que no cansa incluso si te encuentras en un caso, -en el que como yo- no conoces la naturaleza o estructura y objeto de la obra. Suelo decir que siempre me cansaron recopilaciones de cuentos, por buenos que fuesen. Pues, no ha sido este el caso. Obvio es que no todos tienen la misma fuerza o interés para los diferentes tipos de lectores, pero es indudable que ninguno tiene desperdicio. La segunda parte es un único relato, el más largo, que rivaliza en calidad, según los críticos, con el triunfante y anterior A sangre fría. Y la tercera parte se asemeja más a la primera, otro conjunto de relatos que pretenden retratar personajes reales y conversaciones con los mismos.

De esa última parte podría destacar Una hermosa criatura, en el que aparece Marilyn Monroe como personaje principal enfocado en esta pieza de música cambiante, aunque personalmente, el más impactante por su realismo y por la mayor incursión del escritor como personalidad presente en el relato es el último, Vueltas nocturnas, o cómo practican la sexualidad los gemelos siameses, en el que no se trata más que de él mismo, de un diálogo intrapersonal en el que nos deja indagar en su propia conciencia y pensamiento, y en el que no oculta su definición: alcohólico, drogadicto, homosexual, y un genio. Y, también nos enseña cómo pese a su muestra de poco amiguismo con las religiones, bucea en las profundidades de lo posible, encontrando allí a Dios, con quien afirma estar teniendo una mayor cercanía con el paso del tiempo. Una relación lenta y con brechas, pero presente. Desgraciadamente, tras leer estas palabras del genial y admirable relato, supe que Truman Capote murió de sobredosis tan sólo cuatro años después de haber publicado Música para camaleones, período en el que una de esas malditas depresiones, acabó con sus esperanzas y con su ambición. En este mismo libro, él había rechazado la opinión del que antaño se suicidó, Yukio Mishima, quién en su biografía decía que estaba seguro de que Truman Capote se suicidaría. Capote replica con estas palabras: " (...) No puedo figurarme lo que le habría llevado a esa conclusión. Mis visitas a Mishima fueron muy cordiales. Aunque Mishima era un hombre sensible, extraordinariamente intuitivo, y no alguien para ser tomado a la ligera. Pero en este aspecto creo que le falló la intuición; yo jamás tendría el valor de hacer lo que él hizo. (...)" Capote no cambió de parecer, pero ladepresión producida por la mezcla del aislamiento social y personal sumado a la drogradicción, fue por desgracia letal.


Cuanto menos, no se puede decir que su vida fuera poco aprovechada. Si se le puede admirar como genialísimo creador y escritor, es gracias a su gran capacidad de constancia y de trabajo.
Es imposible tratar de resumir los motivos que hay para leer esta obra experimental única. No sólo merece la pena hacerle un hueco en nuestra experiencia y en nuestras vivencias por ser un grande, por el control de su sutil y efectivo estilo, o por sus curiosas y atractivas innovaciones en la literatura contemporánea. A mi parecer, merece la pena sobre todo porque Música para camaleones es un fuerte reflejo de una vida única, repleto de frases, ideas y reflexiones que nos envían datos esenciales sobre la identidad de uno de los personajes con mayor personalidad en nuestra época. Que alguien se atreva a mostrarse a sí mismo pese a las condiciones sociales existentes en su momento de aparición como escritor, merece nuestra atención.

Es fácil desear ser diferente, lo realmente difícil es ser de verdad alguien autónomo y diferente no en un futuro, sino en el día a día. Nosotros seguimos caminando, pero en Truman Capote encontramos un concepto de valentía y honor muy diferente al tradicional héroe vencedor de batallas y odiseas, pero posiblemente también se trate de una valentía y una transparencia más veraz y significativa ante lo que es nuestra batalla real: la búsqueda de nuestra esencia personal y única en nuestra serpenteante y contínua existencia.


lunes, 11 de junio de 2012

Entre la admiración y el rechazo hacia Ernest Hemingway

Quedan unos pocos días para la llegada oficial del verano, pero parece que como en la mayoría de ocasiones, al calentorro vacacional se le antojó brindarnos un saludo preparatorio de su llegada, porque el calor que hace desde semanas atrás poco tiene que ver con la oh, dulce primavera. Aunque más bien se están dando de tortas para ver qué estación dura más, porque tenemos la asfixia veraniega y ese ambiente trastornador que hace aparecer alergias florales, que genera dolores de cabeza, y que, por lo menos a mi, también me produce estornudar, irónicamente, justo cuando más calor hace. El resultado seguirá igual de empatado, aunque por suerte o por desgracia, el verano acaba venciendo y diciendo "ahá, preparáos, porque lo de la gota gorda va a ser una broma comparado con lo que os voy a hacer jadear y sudar".

Pues eso, ya he leido algunos escritos del estadounidense (aunque podría pasar por europeo) E. Hemingway, y como digo en el título, no estoy seguro de si le admiro o le detesto, y posiblemente ocurre una mezcla de ambas cosas. En este caso se trata de de una recopilación con su novela Adiós a las armas, y también algunos relatos de entre los que destaca Las nieves del Kilimanjaro, que pertenece originalmente a la obra Fifth Column and first Forty-nine Stories. Los otros relatos son estos: La corta y feliz vida de Francis Macomber,  La capital del mundo, Allá en Michigan, y El anciano del puente. De la colección Premios Nobel de Literatura, de RBA promociones Editoriales, (2001).
 Me quedo con las ganas por el momento de leer otras obras clave de este carismático periodista-escritor, principalmente Fiesta, la obra que lo lanzó a la fama, Por quién doblan las campanas, que está basada en sus experiencias como corresponsal de guerra en la civil española, como Adiós a las armas lo está en las de Italia, y El viejo y el mar, por la que recibió el Premio Pulitzer.

Por el momento quiero decir que lo que me hace sentir aprecio y ganas de saber más sobre él es su estilo al construir las frases, peculiar con la repetición de palabras que no hace pesada ni rompe su narración, sino que aún más,  le brinda un calor y una cercanía, dotándole de una especie de lirismo extraño pero efectivo. No creáis que esto significa que escribe de esta manera todo el rato, es una característica que para mi es como el licor de crema de whisky:  dulce pero fuerte con el toque del alcohol. Muy presente este en Hemingway, además. (Por desgracia, también lo fue así en su vida tardía).
Por su puesto, sus historias son atrapantes, pues fuera de ideologías, narra las experiencias de guerras recientes, de las que estuvo más que cerca, con un estilo muy claro y directo. No rellena sus descripciones. Son tan transparentes que llegan como imágenes en primera persona, como si declarara sus recuerdos ante un juez que le ordena ser conciso.
Ese es un punto muy fuerte a su favor, porque son historias basadas en buena parte en sus propias experiencias, en muchas ocasiones reflejadas en sus relatos, o por lo menos, en el que trata sobre su vida en Italia, que es de la que puedo hablar. Es un hecho, pues conociendo superficialmente su recorrido, tanto su herida de guerra como su relación amorosa narradas en esta novela, se sabe que fueron reales (exceptuando matices, supongo).

Por otro lado, debo decir que por lo menos en esta novela, el protagonista es un personaje del que apenas tenemos información. De hecho, me imagino a su misma persona, y por eso hay ocasiones en las que su forma de hablar puede que choque en cierta manera con su personalidad. A este protagonista se le conoce por sus actos y muy poco por su forma de pensar, y si pensamos en su pasado o en sus motivaciones, nada se puede decir en claro. Por último, y espero que sea una excepción, son sus diálogos con su amada los que no me han convencido. tan repetitivos que cansan, sin apenas diferencias a lo largo del relato, por poco se podían diferenciar si cogemos todos ellos y los contrastamos sin el contenido narrativo restante.
Como decía su estilo es conciso y claro, y tal vez por eso los diálogos sean así de insustanciales, por otra parte, es un punto a favor de la sencillez, aunque para mi, se trata de un elemento que monotoniza la narración, todo y que sus problemas, luchas, dolores, placeres y sueños, son contados de una manera amena, a la vez que provoca excitación y emoción. Estamos en su piel cuando piensa, cuando sufre y cuando sueña, pero aburre cuando se pone ñoño con la novia, y es posible que sea debido a que él no hablaba de esa manera en la realidad, aunque claro, esto son divagaciones e ideas que pasan por aquí, y que mis dedos deciden apuntar (sí, ellos y no mi mente).

Qué puedo decir, sus diálogos no me han gustado, pero su hombría, su sencillez, su claridad y su honradez mostrada me hacen desear hacerme con sus otras obras para devorarlas y descubrir más la figura literaria de alguien que no tuvo temores a la hora de afrontar batallas a muerte que no tenían por qué tener que ver con él, y aún así, él las hizo suyas. Alguien que puede verse como egoísta, machista, o antiguo, aunque para mi, lo más importante radica en su personalidad fuerte y sin reflejo de dudas, porque tener, por seguro que las tenía. Pero es lo que alguien muestra y no lo que se oculta lo que a nosotros nos es demostrado, al igual que yo prefiero mostraros mis seguridades sobre él, y se resumen en ser una figura ejemplar en bravura, en valentía, y en su preocupación por los conflictos sociales hasta el punto de no dudar en dar la vida por lo que creía justo y veraz.