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domingo, 29 de junio de 2014

Intimismo y Benedetti. La Tregua

      Hablar de Benedetti es hacerlo también de intimismo. Porque si con algún poeta se puede comparar aquella idea de que cada cosa, objeto, persona, palabra, pueblo, ciudad, entorno, problema, capacidad; cada detalle desapercibido en el común día a día es Poesía real, ese algún poeta puede ser sin duda alguna Mario Benedetti. En sus párrafos y estrofas cobran vida desde los besos hasta las rutinas. ¿Poética, la rutina? ¡Qué incongruencia! Pues por eso mismo, la rutina también puede ser poesía, e incluso un elemento poético muy poderoso. Y si a mí no me creéis, quizá lo hagáis al leer La Tregua, una novela de un ritmo lento, suave, lleno de amaneceres y anocheceres: momentos que pasan sin hacer caso del repiqueteo de las agujas de los relojes. Sucediendo sin prisa, agridulce y densamente, como cada día, sin novedad alguna y no obstante, causando las mismas emociones cada vez a quienes lo contemplan.  
181-li-mario-benedetti      Martín Santomé, el protagonista de la novela, narra su rutina en un diario día tras día, asignando a cada fecha una idea, un comentario, una sensación o una historia que le sucede en el trabajo con sus blandengues compañeros o en su casa y sus tres hijos, con los que no acaba de congeniar. Esto, quizá debido a la muerte de su mujer; una pérdida ya manchada por el tiempo y bajo varias capas de polvo que sin embargo continúa afectando a la frágil respiración con la que Santomé aspira la vida. Por sus páginas pasan todo tipo de retratos. Leer sus encuentros con conocidos y desconocidos tiene un poco de ese sabor en las imágenes que consiguen los fotógrafos urbanos. Esos que forman parte de las aceras y los cruces de las ciudades, mirando a todos y a todo desde cada farola, papelera, bar o esquina. Pero también de algo más hondo, a modo de cuerda lanzada hábilmente hacia las cavidades del patetismo humano, haciéndola entrar por la nariz o por otros lugares menos decorosos, rescatando lo que identifica las debilidades y acaso los puntos fuertes de las personas a quienes encuentra o reencuentra. Y digo patetismo porque en La Tregua hay cierto tono pesimista con respecto a la especie humana. Tras ello también destaca algo de nuestra esencia, que aceptémoslo, tiene algo, efectivamente, de patético, aunque también de solemne, quizá a modo de rebancha infantil "bueno, somos así, pero aceptémoslo con decoro". Todos los personajes que retrata Martín (incluido él mismo) reflejan esta característica, con menor o mayor solemnidad. Y el primero él. Con casi cincuenta años, hecho una piltrafa incapaz de superar la pérdida del amor y el sexo de su mujer, ni siquiera puede aguantar un asalto en firme al enfrentar los desaires de sus hijos.
En cierto momento, le ilumina un vagabundo:
¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte.
      Para él esta confesión resulta una revelación, como una palabra divina que de repente golpea en sus adentros resonando como algo así: "Qué pretendes, hombre, qué haces ahí, tan triste". Pero todavía es más que esto. No ir a ninguna parte, y que sea causa de un problema o un principio básico de tristeza lánguida, me parece una idea central en la obra de Mario Benedetti. Un existencialismo relacionado con todos sus problemas y miedos. Con su trabajo: una rutina de cifras e informes que nada tienen que ver con él. Con su familia: Sus hijos no le tienen en cuenta para nada; apenas le respetan, y él no hace nada por cambiarlo. Con su vida sentimental: Su mujer Isabel era amor basado en sexo y fuego. La echa de menos, pero no les unía gran cosa, no iban a ninguna parte. Y cuando aparece Avellaneda, Laura, en una antítesis pacífica a Isabel, por el significado que supone cada una (esencias de fogosidad una y esencias de unión sincera otra), ¿a dónde va, con una mujer tan joven, tan lejana a sus miedos y pretensiones? Y para qué hablar de sus aspiraciones: no van más allá de una jubilación que le lleve a relajarse y quizá a caer en otra rutina diferente, más calmada, alejada de las oficinas y las calles agitadas, de esas que adormecen poco a poco al cuerpo y a la mente hasta el día en el que la muerte cae de alguna parte. Y, tal vez, esta idea va más allá del personaje y es una expresión universal que Benedetti lanza al mundo: No vamos a ninguna parte. Caminamos, corremos, gritamos, dormimos,  pero al final morimos donde nacemos, después de unos años y tras unos hechos más o menos a todos comunes.
      Sin embargo, y pese al dramatismo irónico (la irónica mueca de la vida la muerte el mundo el universo los dioses el destino la sombra nosotros mismos el azar que acecha bajo el término a gusto del lector) que golpea secamente a los sueños de Martín, pese a su tristeza acomodada y resignada, él vive. A lo largo del año que ocupa el diario vive y recuerda situaciones penosas, que destacan sobre las poderosas y positivas, pero jamás piensa en soluciones extremas como el suicidio, el viaje repentino experimental a un país lejano ni en ninguna de las variedades con las que podemos atacar con un grito a la desesperación. Su herramienta es la rutina. Y no es una simpleza: La rutina, además de ser un elemento poético poderoso, puede ser un arma. Un arma de doble filo, claro, que al protagonista de La Tregua le sirve para dejar que pasen los días, como acordes sucesivos que algún día tendrán que acabar. Puede parecer triste o incluso recordar a un estado comatoso, de alguien que se ha rendido al mundo. Al lado opuesto hay otro filtro por el que mirar: puede también ser visto como un método sencillo y alegre, incluso idílico, porque convierte las ondas chirriantes de los problemas en ondulaciones lijadas por la aceptación y la despreocupación. Más allá de posibilidades de interpretación, queda la elección y el ánimo con que el que lo podemos considerar. Eso sí, si algo se puede afirmar es que Martín, después de todas las aceptaciones y dejadeces, quizá cobardías, es capaz de afrontar los hechos y no desmoronarse definitivamente ante la peor de las circunstancias. Sigue su camino. Para resumir mejor su idea (su confusión) de felicidad, nada mejor que citarle:
Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes. Mucho más.
      Esa tregua que es Avellaneda. Esa mujer que es un oasis y en cierto modo un espejismo con retraso en desaparecer a la vista del sediento. Este es uno de los aspectos más bellobenedettis y personales del diario. Avellaneda. Una mujer a la que va apreciando poco a poco hasta llegar a amarla. No a amarla de alguna forma o en ciertas maneras. En la mirada o en la cama, con lujuria o con animosidad, no; sólo y tanto: la ama. La lentitud de esta operación sentimental, el paso del tiempo, los gestos, las palabras, todo refleja el temor y el deseo de Santomé, y por encima de todo, su languidez ambientada con algunas fuerzas y firmezas. Esta relación es el centro de importancia de la trama, pero sólo es un símbolo y una ironía a reflexionar. Es un juego sin solución. Dos mujeres. Tan distintas. Y ese destino que engulle al personaje.
      Tras todo esto me pregunto algo, y con esa pregunta cierro el artículo de hoy. ¿Es valiente por seguir con la vida, en su mundo de jubilado y de rutina, o es la languidez y el temor a otras salidas lo que le hace aceptar y seguir la agridulce corriente de los días? Quizá esto tampoco tenga respuesta. ¿Quién necesita respuestas? Yo necesito una tregua.

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