Hablar de Benedetti
es hacerlo también de intimismo. Porque si con algún poeta se puede
comparar aquella idea de que cada cosa, objeto, persona, palabra,
pueblo, ciudad, entorno, problema, capacidad; cada detalle desapercibido
en el común día a día es Poesía real, ese algún poeta puede ser sin
duda alguna Mario Benedetti. En sus párrafos y estrofas cobran vida
desde los besos hasta las rutinas. ¿Poética, la rutina? ¡Qué
incongruencia! Pues por eso mismo, la rutina también puede ser poesía, e incluso un elemento poético muy poderoso. Y si a mí no me creéis, quizá lo hagáis al leer La Tregua,
una novela de un ritmo lento, suave, lleno de amaneceres y anocheceres:
momentos que pasan sin hacer caso del repiqueteo de las agujas de los
relojes. Sucediendo sin prisa, agridulce y densamente, como cada día,
sin novedad alguna y no obstante, causando las mismas emociones cada vez
a quienes lo contemplan.
Martín Santomé,
el protagonista de la novela, narra su rutina en un diario día tras
día, asignando a cada fecha una idea, un comentario, una sensación o una
historia que le sucede en el trabajo con sus blandengues compañeros o
en su casa y sus tres hijos, con los que no acaba de congeniar. Esto,
quizá debido a la muerte de su mujer; una pérdida ya manchada por el
tiempo y bajo varias capas de polvo que sin embargo continúa afectando a
la frágil respiración con la que Santomé aspira la vida. Por sus
páginas pasan todo tipo de retratos. Leer sus encuentros con conocidos y
desconocidos tiene un poco de ese sabor en las imágenes que consiguen
los fotógrafos urbanos. Esos que forman parte de las aceras y los cruces
de las ciudades, mirando a todos y a todo desde cada farola, papelera,
bar o esquina. Pero también de algo más hondo, a modo de cuerda lanzada
hábilmente hacia las cavidades del patetismo humano, haciéndola entrar
por la nariz o por otros lugares menos decorosos, rescatando lo que
identifica las debilidades y acaso los puntos fuertes de las personas a
quienes encuentra o reencuentra. Y digo patetismo porque en La Tregua
hay cierto tono pesimista con respecto a la especie humana. Tras ello
también destaca algo de nuestra esencia, que aceptémoslo, tiene algo,
efectivamente, de patético, aunque también de solemne, quizá a modo de
rebancha infantil "bueno, somos así, pero aceptémoslo con decoro".
Todos los personajes que retrata Martín (incluido él mismo) reflejan
esta característica, con menor o mayor solemnidad. Y el primero él. Con
casi cincuenta años, hecho una piltrafa incapaz de superar la pérdida
del amor y el sexo de su mujer, ni siquiera puede aguantar un asalto en
firme al enfrentar los desaires de sus hijos.
En cierto momento, le ilumina un vagabundo:
¿Sabés lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte.
Para él esta confesión resulta una revelación, como una palabra divina
que de repente golpea en sus adentros resonando como algo así: "Qué pretendes, hombre, qué haces ahí, tan triste". Pero todavía es más que esto. No ir a ninguna parte, y que sea causa de un problema o un principio básico de tristeza lánguida, me parece una idea central en la obra de Mario Benedetti. Un existencialismo relacionado con todos sus problemas y miedos. Con su trabajo: una rutina de cifras e informes que nada tienen que ver con él. Con su familia: Sus hijos no le tienen en cuenta para nada; apenas le respetan, y él no hace nada por cambiarlo. Con su vida sentimental: Su mujer Isabel era amor basado en sexo y fuego. La echa de menos, pero no les unía gran cosa, no iban a ninguna parte. Y cuando aparece Avellaneda, Laura, en
una antítesis pacífica a Isabel, por el significado que supone cada una
(esencias de fogosidad una y esencias de unión sincera otra), ¿a dónde
va, con una mujer tan joven, tan lejana a sus miedos y pretensiones? Y
para qué hablar de sus aspiraciones: no van más allá de
una jubilación que le lleve a relajarse y quizá a caer en otra rutina
diferente, más calmada, alejada de las oficinas y las calles agitadas,
de esas que adormecen poco a poco al cuerpo y a la mente hasta el día en
el que la muerte cae de alguna parte. Y, tal vez, esta idea va más allá
del personaje y es una expresión universal que Benedetti lanza al
mundo: No vamos a ninguna parte. Caminamos, corremos, gritamos,
dormimos, pero al final morimos donde nacemos, después de unos años y
tras unos hechos más o menos a todos comunes.
Sin embargo, y pese al dramatismo irónico (la irónica mueca de la vida
la muerte el mundo el universo los dioses el destino la sombra nosotros
mismos el azar que acecha bajo el término a gusto del lector) que golpea
secamente a los sueños de Martín, pese a su tristeza acomodada y
resignada, él vive. A lo largo del año que ocupa el
diario vive y recuerda situaciones penosas, que destacan sobre las
poderosas y positivas, pero jamás piensa en soluciones extremas como el
suicidio, el viaje repentino experimental a un país lejano ni en ninguna
de las variedades con las que podemos atacar con un grito a la
desesperación. Su herramienta es la rutina. Y no es una simpleza: La rutina, además de ser un elemento poético poderoso, puede ser un arma. Un arma de doble filo, claro, que al protagonista de La Tregua
le sirve para dejar que pasen los días, como acordes sucesivos que
algún día tendrán que acabar. Puede parecer triste o incluso recordar a
un estado comatoso, de alguien que se ha rendido al
mundo. Al lado opuesto hay otro filtro por el que mirar: puede también
ser visto como un método sencillo y alegre, incluso idílico,
porque convierte las ondas chirriantes de los problemas en ondulaciones
lijadas por la aceptación y la despreocupación. Más allá de
posibilidades de interpretación, queda la elección y el ánimo con que el
que lo podemos considerar. Eso sí, si algo se puede afirmar es que
Martín, después de todas las aceptaciones y dejadeces, quizá cobardías,
es capaz de afrontar los hechos y no desmoronarse definitivamente ante
la peor de las circunstancias. Sigue su camino. Para resumir mejor su idea (su confusión) de felicidad, nada mejor que citarle:
Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes. Mucho más.
Esa tregua que es Avellaneda. Esa mujer que es un oasis y en cierto
modo un espejismo con retraso en desaparecer a la vista del sediento.
Este es uno de los aspectos más bello
s
y personales del diario. Avellaneda. Una mujer a la que va apreciando
poco a poco hasta llegar a amarla. No a amarla de alguna forma o en
ciertas maneras. En la mirada o en la cama, con lujuria o con
animosidad, no; sólo y tanto: la ama. La lentitud de
esta operación sentimental, el paso del tiempo, los gestos, las
palabras, todo refleja el temor y el deseo de Santomé, y por encima de
todo, su languidez ambientada con algunas fuerzas y firmezas. Esta
relación es el centro de importancia de la trama, pero sólo es un
símbolo y una ironía a reflexionar. Es un juego sin solución. Dos
mujeres. Tan distintas. Y ese destino que engulle al personaje.
s
y personales del diario. Avellaneda. Una mujer a la que va apreciando
poco a poco hasta llegar a amarla. No a amarla de alguna forma o en
ciertas maneras. En la mirada o en la cama, con lujuria o con
animosidad, no; sólo y tanto: la ama. La lentitud de
esta operación sentimental, el paso del tiempo, los gestos, las
palabras, todo refleja el temor y el deseo de Santomé, y por encima de
todo, su languidez ambientada con algunas fuerzas y firmezas. Esta
relación es el centro de importancia de la trama, pero sólo es un
símbolo y una ironía a reflexionar. Es un juego sin solución. Dos
mujeres. Tan distintas. Y ese destino que engulle al personaje.
Tras todo esto me pregunto algo, y con esa pregunta cierro el artículo
de hoy. ¿Es valiente por seguir con la vida, en su mundo de jubilado y
de rutina, o es la languidez y el temor a otras salidas lo que le hace
aceptar y seguir la agridulce corriente de los días? Quizá esto tampoco
tenga respuesta. ¿Quién necesita respuestas? Yo necesito una tregua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario