¿Cómo empezar a contar mi experiencia desde que salí de mi casa en Valencia, hasta que volví a ella? Habiendo estado fuera cuarenta días, treinta y cuatro de los cuales caminando desde Irún, ciudad de Euskal Herria que limita con la frontera francesa, hasta el llamado fin del mundo, Finisterre, lugar mágico desde la antigüedad que marca el final de Galiza con vistas a un infinito vestido de mar y de cielo. Son muchos días, muchas personas, muchos lugares, anécdotas e historias, problemas y alegrías que hacen del Camino de Santiago un recorrido que puede ser llamado viaje, pero añadiéndole unos matices: un viaje personal, único, diferente, espiritual.
Un comienzo ha sido leer el diario que fui escribiendo, aunque sin una buena constancia (a partir del Día 22 hay un hueco en blanco muy grande) y revisar las más de 1600 fotografías que tomé en todo el trayecto. Va a ser difícil seleccionar una breve muestra de las imágenes que tuve oportunidad de tomar para mostrároslas, fueron hechas por buenas razones, no por “probar”, pero por eso, y porque si bien es cierto que no pienso detallar en exceso este relato, sí que me gustaría dejar un buen recuerdo de lo que fue este viaje, he pensado en repartir en seis o siete tandas las entradas/publicaciones, separando en grupos de etapas cada artículo con lo que escriba junto a las fotografías elegidas de esos lugares. Tal vez mientras esté en ello decida hacerlo más breve, o algo así, pero de momento es lo que he pensado.
Mis motivos para escapar con la mochila fueron tres principalmente: Viajar, sin duda, es una de las motivaciones mayoritarias que tenemos para salir de nuestro lugar de origen, el hecho de conocer lugares, culturas, gente, situaciones, es uno de mis motivos, pero el más básico. Antes de nada, y en importancia junto al tercero, tenía ganas de probarme, de comprobar cómo era de capaz, de atrevido, y hasta qué punto podía superar mis temores y lo que la mayoría rechaza por estar fuera de lo normal. Yo solía decir para explicarlo claramente, que antes era el típico adolescente al que cuando su madre le dice “anda y ve a por peras a la frutería de la esquina” le entran nervios por tener que ir, bajar, llegar, coger lo que te habían dicho que compraras, y hablar con el de la tienda para comprar unas cuantas cosas. Parece exagerado, pero era así. Bueno, sí, también había un buen grado de pereza y perrería innata, lo admito, pero siempre he sido muy tímido. Así que ya véis por dónde van los tiros de esta razón. Decidí que caminaría un mes aproximadamente, yo sólo, y gastando el mínimo dinero posible, yendo únicamente a lo esencial. Desde luego, pensé, si conseguía hacerlo habiendo tenido que relacionarme con gente diariamente, cocinar sólo, limpiar sólo, resolver mis problemas sólo, y ese etcétera de “sólo” que pueden haber en una andanza de tantos dias, estaría logrando una prueba de que puedo mucho más de lo que había hecho hasta el momento, tanto en independencia como en resistencia física y moral, en toma de decisiones. Era un auténtico reto para alguien que no había salido nunca de Valencia por sí sólo y por su propia motivación. La tercera razón, fue la que me hizo decidirme por hacer el Camino de Santiago debido a su imagen de camino especial y diferente: la espiritualidad. Siempre he tenido muchas dudas, al igual que siempre he intentado llegar a saber más de lo que he sabido. En el campo espiritual siempre he estado investigando de una forma u otra. Religiones, secciones de religiones, filosofía occidental y oriental, etc. Pero el aspecto principal que me movía por el extenso mundo de lo no-visible (pero sí-perceptible) era mi propia experiencia. Y como ya digo, en esas fechas, necesitaba un mensaje, una toma de contacto más allá de mi simple implicación. Necesitaba una señal y un mensaje de que Alguien estaba ahí para decirme: “vas bien, estoy contigo, puedes confiar en mi”. Así que, con esperanzas a despejar algunas de mis dudas pretendí ir a un camino de largas reflexiones a lo largo de los extensos dias de “serena” y activa marcha.
Encajando con el perfil de Fer (yo, hola, buenas, encantado :D) que ve cualquier excusa posible con tal de no hacer algo, me prometí que una vez tomada la decisión de salir, no habría marcha atrás. Aún así, temí un poco que ocurriera algo que evitase mi salida hasta el mismo momento en el que tras despedirme de mis padres, mi hermana, y dos amigos que tuvieron el detalle de ir a despedirme, subí al autobús con marcha a Irún, en el que pasaría ocho horas para llegar sobre las 7am a la ciudad del verdadero comienzo del viaje. Cuando el bus se puso en marcha pude pensar por fin “Ahora sí, ya no hay marcha atrás”. Y lo hice con una sonrisa gigante y una emoción por dentro que pocas veces he tenido en mi breve existencia.
Antes de nada, voy a describir de forma general lo que es el Camino de Santiago de la vía del norte (quien quiera saber sobre él, tiene mil sitios en los que poder informarse sobre lo que quiera y más). Elegí la ruta norte (que como ya sabéis, comienza en Irún como punto principal), que es históricamente tan antigua y utilizada por los peregrinos como la clásica y omni-conocida ruta del camino francés que pasa por Roncesvalles (cerca de Pamplona) y se dirige hacia Santiago paralelamente al sur de la ruta norte (obvio, no os descubro el mundo ¿eh?). Cruza las zonas (este-oeste) de Euskal Herria, Cantabria, Asturias, y Galiza. Con ciudades de paso como Donostia, Guernika, Bilbao, Santander, Comillas, Llanes, y tras enlazar con el camino primitivo (en mi caso) siguiendo por Oviedo, A Fonsagrada, o Lugo.
Elegí este camino porque si bien el francés es muy cultural y tiene un encanto enorme (según dicen) no es menos cierto que es el más publicitado turísticamente, y es el que más se llena, sobre todo en meses de verano (en los que tuve que hacerlo) de todo tipo de gente, peregrinos y simplemente personas que quieren hacer un viaje chachi por poco dinero (turistas). En verano hay unas afluencias que hacen del viaje un agobio, sobre todo llegando a Galicia la cantidad de gente te “acompaña” en tu empresa. Y ya he dejado ver que no soy muy social, así que la opción de hacer un camino también auténtico, con menos afluencia, menos conocido, y que se abre camino por el norte de la península ibérica con sus paisajes impresionantes, sus playas, los montes del país Vasco, y ese clima más fresco, se hizo ganadora tras poca reflexión. Añado que había oído que era más duro que el francés, debido a largos dias de lluvia y a sus constantes y fuertes desniveles, sobre todo en Euskal Herria con sus inacabables montañas y subidas y bajadas, pero no me di cuenta de ello hasta que yo mismo pasé por aquellos caminos insaciables de agotar a los caminantes, y vi como gente muy preparada físicamente tenía que abandonar la idea de seguir y volver a casa porque habían tenido percances en tobillos o rodillas. Aún así, los lugares y la magia de los ambientes vascos lo curaban casi todo. No puedo decir que será un camino idílico y tranquilo, pero puedo asegurar que toda dificultad, sin duda merece la pena.
Me dejo de rollos introductorios ya, que va siendo hora de entrar en materia prima. Cuando bajé del autobús en Irún, después de haber descansado más bien poco, pues la comodidad de los asientos no es muy genial para descansar bien, estuve unos cuantos minutos intentando pensar qué se supone que iba a hacer en ese momento. Salí de la estación, me quité la mochila, y cogí una guía que llevé conmigo, nuevecita nuevecita, que por cierto, al final del viaje quedó así:
Un comienzo ha sido leer el diario que fui escribiendo, aunque sin una buena constancia (a partir del Día 22 hay un hueco en blanco muy grande) y revisar las más de 1600 fotografías que tomé en todo el trayecto. Va a ser difícil seleccionar una breve muestra de las imágenes que tuve oportunidad de tomar para mostrároslas, fueron hechas por buenas razones, no por “probar”, pero por eso, y porque si bien es cierto que no pienso detallar en exceso este relato, sí que me gustaría dejar un buen recuerdo de lo que fue este viaje, he pensado en repartir en seis o siete tandas las entradas/publicaciones, separando en grupos de etapas cada artículo con lo que escriba junto a las fotografías elegidas de esos lugares. Tal vez mientras esté en ello decida hacerlo más breve, o algo así, pero de momento es lo que he pensado.
Mis motivos para escapar con la mochila fueron tres principalmente: Viajar, sin duda, es una de las motivaciones mayoritarias que tenemos para salir de nuestro lugar de origen, el hecho de conocer lugares, culturas, gente, situaciones, es uno de mis motivos, pero el más básico. Antes de nada, y en importancia junto al tercero, tenía ganas de probarme, de comprobar cómo era de capaz, de atrevido, y hasta qué punto podía superar mis temores y lo que la mayoría rechaza por estar fuera de lo normal. Yo solía decir para explicarlo claramente, que antes era el típico adolescente al que cuando su madre le dice “anda y ve a por peras a la frutería de la esquina” le entran nervios por tener que ir, bajar, llegar, coger lo que te habían dicho que compraras, y hablar con el de la tienda para comprar unas cuantas cosas. Parece exagerado, pero era así. Bueno, sí, también había un buen grado de pereza y perrería innata, lo admito, pero siempre he sido muy tímido. Así que ya véis por dónde van los tiros de esta razón. Decidí que caminaría un mes aproximadamente, yo sólo, y gastando el mínimo dinero posible, yendo únicamente a lo esencial. Desde luego, pensé, si conseguía hacerlo habiendo tenido que relacionarme con gente diariamente, cocinar sólo, limpiar sólo, resolver mis problemas sólo, y ese etcétera de “sólo” que pueden haber en una andanza de tantos dias, estaría logrando una prueba de que puedo mucho más de lo que había hecho hasta el momento, tanto en independencia como en resistencia física y moral, en toma de decisiones. Era un auténtico reto para alguien que no había salido nunca de Valencia por sí sólo y por su propia motivación. La tercera razón, fue la que me hizo decidirme por hacer el Camino de Santiago debido a su imagen de camino especial y diferente: la espiritualidad. Siempre he tenido muchas dudas, al igual que siempre he intentado llegar a saber más de lo que he sabido. En el campo espiritual siempre he estado investigando de una forma u otra. Religiones, secciones de religiones, filosofía occidental y oriental, etc. Pero el aspecto principal que me movía por el extenso mundo de lo no-visible (pero sí-perceptible) era mi propia experiencia. Y como ya digo, en esas fechas, necesitaba un mensaje, una toma de contacto más allá de mi simple implicación. Necesitaba una señal y un mensaje de que Alguien estaba ahí para decirme: “vas bien, estoy contigo, puedes confiar en mi”. Así que, con esperanzas a despejar algunas de mis dudas pretendí ir a un camino de largas reflexiones a lo largo de los extensos dias de “serena” y activa marcha.
Encajando con el perfil de Fer (yo, hola, buenas, encantado :D) que ve cualquier excusa posible con tal de no hacer algo, me prometí que una vez tomada la decisión de salir, no habría marcha atrás. Aún así, temí un poco que ocurriera algo que evitase mi salida hasta el mismo momento en el que tras despedirme de mis padres, mi hermana, y dos amigos que tuvieron el detalle de ir a despedirme, subí al autobús con marcha a Irún, en el que pasaría ocho horas para llegar sobre las 7am a la ciudad del verdadero comienzo del viaje. Cuando el bus se puso en marcha pude pensar por fin “Ahora sí, ya no hay marcha atrás”. Y lo hice con una sonrisa gigante y una emoción por dentro que pocas veces he tenido en mi breve existencia.
Antes de nada, voy a describir de forma general lo que es el Camino de Santiago de la vía del norte (quien quiera saber sobre él, tiene mil sitios en los que poder informarse sobre lo que quiera y más). Elegí la ruta norte (que como ya sabéis, comienza en Irún como punto principal), que es históricamente tan antigua y utilizada por los peregrinos como la clásica y omni-conocida ruta del camino francés que pasa por Roncesvalles (cerca de Pamplona) y se dirige hacia Santiago paralelamente al sur de la ruta norte (obvio, no os descubro el mundo ¿eh?). Cruza las zonas (este-oeste) de Euskal Herria, Cantabria, Asturias, y Galiza. Con ciudades de paso como Donostia, Guernika, Bilbao, Santander, Comillas, Llanes, y tras enlazar con el camino primitivo (en mi caso) siguiendo por Oviedo, A Fonsagrada, o Lugo.
Elegí este camino porque si bien el francés es muy cultural y tiene un encanto enorme (según dicen) no es menos cierto que es el más publicitado turísticamente, y es el que más se llena, sobre todo en meses de verano (en los que tuve que hacerlo) de todo tipo de gente, peregrinos y simplemente personas que quieren hacer un viaje chachi por poco dinero (turistas). En verano hay unas afluencias que hacen del viaje un agobio, sobre todo llegando a Galicia la cantidad de gente te “acompaña” en tu empresa. Y ya he dejado ver que no soy muy social, así que la opción de hacer un camino también auténtico, con menos afluencia, menos conocido, y que se abre camino por el norte de la península ibérica con sus paisajes impresionantes, sus playas, los montes del país Vasco, y ese clima más fresco, se hizo ganadora tras poca reflexión. Añado que había oído que era más duro que el francés, debido a largos dias de lluvia y a sus constantes y fuertes desniveles, sobre todo en Euskal Herria con sus inacabables montañas y subidas y bajadas, pero no me di cuenta de ello hasta que yo mismo pasé por aquellos caminos insaciables de agotar a los caminantes, y vi como gente muy preparada físicamente tenía que abandonar la idea de seguir y volver a casa porque habían tenido percances en tobillos o rodillas. Aún así, los lugares y la magia de los ambientes vascos lo curaban casi todo. No puedo decir que será un camino idílico y tranquilo, pero puedo asegurar que toda dificultad, sin duda merece la pena.
Me dejo de rollos introductorios ya, que va siendo hora de entrar en materia prima. Cuando bajé del autobús en Irún, después de haber descansado más bien poco, pues la comodidad de los asientos no es muy genial para descansar bien, estuve unos cuantos minutos intentando pensar qué se supone que iba a hacer en ese momento. Salí de la estación, me quité la mochila, y cogí una guía que llevé conmigo, nuevecita nuevecita, que por cierto, al final del viaje quedó así:
Estuve empanado, emocionado y nervioso a la vez unos minutos, mirando la guía como si estuviera trazando mi plan del día cuando mientras leía palabras sólo sentía nervios y mientras veía imágenes y mapas sólo sentía alegría y dudas sobre qué hacer. Al poco rato me decidí: “Vale, ya está, iré al centro de Irún, tomaré un café para espabilar, daré una vuelta y saldré en busca del camino hacia Donostia”. Y así hice.
Día 1. Irún- Pasai Donibane (18 Km.)
En el bar había una noticia que no recuerdo cuál era, pero era sobre el País Vasco, y el del bar estaba muy concentrado en dicha noticia. Fue el primer elemento que me demostró que realmente había pasado de estar en Valencia a estar en el lugar nacionalista por excelencia de esta península. Fue divertido, y agradable por cierto, mientras me tomaba un café y.. algo más. Bueno, me costó moverme, pero acabé siguiendo el camino. Como veis en el titular del “Día 1” no pone Donostia como destino (que hubieran sido 27 Km +-). Lo vais a entender en las siguientes líneas.
Primer problema: Se llamaba “mochila”, o más bien, “pesoinsoportable”. No pude pesarla antes de salir, pero más tarde (en Markina) pude comprobar que tenía entre 14 y 16 Kg de peso en mi espalda mientras caminaba arriba y abajo. Cuando estuve andando por el centro de Irún, creía que no soportaría el peso, cada cinco minutos necesitaba parar y descansar, no sólo me incomodaba, me cansaba e incluso me hacía mal. Sabía que llevaba demasiado peso, pero pensé en esperar a ver si me acostumbraba al cabo de los días antes de enviar nada de vuelta a casa. Ya de paso, digo lo que recuerdo que llevé:
--Un par de camisetas cortas, zapatillas de recambio, chanclas, toalla pequeña, dos o tres pantalones cortos, chubasquero, imperdibles, cuerda, alfiler, ropa interior, cuatro pares de calcetines, una pastilla de jabón para la ropa, una bolsa con algunos frutos secos, y algunas comidas que mi querida madre me obligó a incrustar en la mochila como un chorizo y algo más (demasiado, ¡pero cuidado!, aún así acabé agradeciéndole el empeño por enmacetarme alimentos). La cantimplora con agua, que llevaría más de 1L, un polar por si las moscas hacía frío, útiles básicos de aseo, un botiquín, un saco de dormir excesivamente grande, y una esterilla para aislar el saco del posible suelo en el que durmiera alguna vez. Además, mi empeño fotográfico me obligó a llevar conmigo la cámara réflex con un único objetivo, a sabiendas del peligro y el peso que eso suponía, preferí no perderme fotos que estaba seguro serían únicas en toda mi vida. Llevarla supuso además llevar el cargador, el cable USB, y un DD externo en el que ir pasando las fotos cuando se acabara el espacio de los pobres 2 GB de la tarjeta (me conformé con disparar en JPG). Además, la guía, un pequeño diario, y pequeños libros, dos pequeños y uno.. no tan pequeño.--
¿A que no parece gran cosa exceptuando lo de la cámara? Pues ea, no sé como, pero la mochila pesaba una barbaridad. De todas formas. Disfruté de la esencia vasca de esa ciudad, habiendo visto calles repletas de ikurriñas en los balcones y sentí nostalgia por carecer en Valencia de una conciencia de nuestra personalidad tan fuerte como allí. Pese al problema mochila me decidí a tomar el camino hacia Donostia. Para ello tuve que preguntar a un hombre, pues me hallaba completamente perdido respecto a la señalización del camino. Y menos mal que lo hice, porque yo ya estaba decidido a irme por el lado opuesto al correcto, ¡há!, a pesar de sentir que me estaba equivocando. Tras unos kilómetros subí el monte Jaizkibel para llegar a un pueblo costero llamado Pasaia (Pasajes, en castellano), pero de nuevo una sorpresa llegó en este aparentemente corto trayecto. Caminaba y caminaba, pero aquel camino nunca acababa, bordeaba y bordeaba subiendo y bajando el monte, pero todo parecía igual, apenas habían diferencias entre unos y otros tramos. Hacía un calor muy agudo, y más tarde supe que había llegado una ola de calor proviniente del Sáhara que justamente me había pillado en mi primer día de caminata, en una montaña sin fuentes en la que se me acabó en agua en las primeras tres o cuatro horas. Paré a descansar numerosas veces, por el peso en la mochila, que me obligaba a iir despacio y haciendo esfuerzos. Llegué a no sentir los hombros y a sí sentir un dolor alrrededor del cuello. Hubo una ocasión, ya en los últimos dos kilómetros del monte, en la que me tumbé rendido. Pensé en la posibilidad de no llegar antes de que cayera la noche al próximo punto habitado, al consultar la guía ví que era imposible llegar a Donostia, faltaban más de 10 Km. y ya eran las 19 de la tarde. Pero también pensé que era el primer día, que hacía mucho calor, que llevaba mucho peso, y que no podía rendirme, que de eso mismo se trataba. Había salido para retarme, para probarme, y sólo con la intención de superarme y llegar más allá de lo que por mi constitución y mi pasado era posible. Tomé de nuevo el camino, dispuesto a acabarlo. Lo curioso es que aún quedaba un tramo bastante peliagudo antes de llegar a Pasaia. Un desnivel inclinado cuesta abajo durante unos 15 minutos (tal vez más, pero no lo recuerdo) acabó agotando las mínimas energías que me quedaban, y casi minando la resistencia de mis rodillas, además de incrementando el peso de la mochila a cada paso que daba, debido al desnivel.
¡Llegué! ¡Llegué con una gran reflexión, riendo y cantando! … No. Había pasado el día caminando, sin apenas haber comido y menos aún bebido, por una interminable montaña en pleno golpe de calor. Pero llegué, rebentado de cansancio, pero sin heridas ni nada grave. Eso era lo único que contaba.
Cuento una anécdota que me confirmó que aquella ruta en ese día había sido durísima, y me tranquilizó saber que se trataba de eso y no únicamente de mis errores y mi debilidad. (Un apunte, ¿Qué pensáis de los alemanes? ¿Fuertes, firmes, rudos? Sí, ¡esta pregunta tiene sentido!...) Al llegar al albergue salía por la puerta un hombre, que se me quedó mirando e inmediatamente me preguntó:
- ¿Eres tú el que me ha llamado hace un rato?
Imaginad como estaba yo, que me quedé pensando durante dos segundos si yo le había llamado.
-Eh... no.
-Bueno, es que me ha llamado uno que dice que se ha mareado, que se encuentra mal y que se ha quedado en mitad del camino en el monte. Voy a ir a ver si lo encuentro.
-Ah... vale... ¿esto es el albergue, no?
-Sí, sí, pasa, descarga y ahora hablamos, voy a ver este...
Y nada, pasé. El albergue era pequeño. Estaba situado en el barrio de Pasai Donibane (Pasaje de San Juan), uno de los cuatro que forman Pasaia, que tiene la peculiaridad de estar rodeada por el río Oyarzun y comunicada únicamente con botes para cruzar la bocana del puerto (a no ser que se rodee la zona, que cuesta 7Km). Al igual que el albergue, era un lugar acogedor. Disfruté de la ducha. Cuando llegó el hospitalero (como se llama al responsable que atiende voluntariamente un albergue de peregrinos) le acompañaba un chico alemán, que tendría unos pocos años más que yo (luego supe que tenía 25). Era el que había desfallecido por culpa del calor y la dureza de la etapa. (¡Ya le véis el sentido, eh!). Acabó siendo una muy agradable noche en compañía de los otros caminantes y de los hospitaleros. Fue además útil, porque nos dio consejos para los próximos dias, y me afirmó que el saco que llevaba era excesivo para esos lugares. También fue divertido, porque había un hombre que había hecho muchos caminos, que no paraba de vacilar a un abuelete que era el padre del hospitalero, al igual que el abuelete a él. ¿Quién sabía más de vida en el campo y de rutas y lugares del Camino? ¡Há, eso era un campo de batalla histórica! Y de las antiguas, por cierto. (lo digo con aprecio por aquellos dos hombres, ¿eh?). Al ser su última noche allí como hospitaleros ese año, Sátur (hospitalero) y su mujer (por desgracia no recuerdo su nombre) nos invitaron a cenar lo que tenían. Detalle que por cierto, me vino de perlas, porque mi bocadillo preparado el día anterior se había convertido en una especie de masa petrificada seca bastante intragable.
Después de ese día, lo que escribí en el diario antes de ponerme a dormir fue “...No está mal para ser el primer día...” Y no, la verdad, para ser el primer día, fue bastante completo. Quedó claro que iba a ser genial, pero también que iba a ser duro.
Día 2. Pasai Donibane- Donostia (11 Km.)
Y diréis “¿sólo 11 km?” Y alomejor luego añadís: “bueno, después del agotamiento del día anterior se entiende”. Y es posible que otros piensen “Qué marica nenaza”.
¿Sabéis lo que dije yo? Esto: “¡A tomar por ****! hoy voy a caminar para disfrutar, no pienso intentar llegar lejos”
Me despedí del hospitalero, que junto al alemán, fue el único con el que hablé. Había sido agradable y un símbolo de lo que es una acogida y un albergue de peregrinos (por cierto, no había precio, sino invitación al donativo para el mantenimiento del albergue, es decir, si no quieres dar nada, allá tú con tu conciencia). Pasaia había sido un lugar con mucho encanto, y daba pena dejarlo tan pronto, pero había que continuar. Respecto al alemán, se llamaba Jensen, y no sabía castellano, por lo que él habló en inglés, y yo empecé a practicar algo semejante al inglés. Era de Colonia y había recién acabado la carrera de Economía. Quería hacer un viaje diferente y escogió este. Iba bien preparado: una buena mochila, unas buenas botas (bastante más caras y preparadas que mis básicas del Decathlon, aunque resultaron suficientes), y una buena guía que incluía hasta el mismísimo número de móvil del hospitalero del albergue, paradójicamente, para sorpresa del propio, que no recordaba haber dado el número a nadie relacionado con la editorial.
Desayunamos Jensen y yo en un bar de Pasai Donibane, presentándonos, y decidiendo que caminaríamos tranquilamente, charlando de lo que hablásemos, para compensar la dureza de la jornada anterior. Antes de salir del albergue ya había comenzado a lloviznar, y la ropa lavada no se había secado, por lo que con ayuda de Sátur la coloqué con los imperdibles por el exterior de la mochila (modo tendedero encendido). Aún así, no quise guardar del todo la cámara, y la resguardé en el chubasquero. Seguía haciendo mucho calor, pero la atmósfera húmeda brindada por la escasa lluvia nos libró de un nuevo infierno terrenal. Hablamos de nuestras particularidades, y aproveché para que me enseñara algo de alemán. Nada, poca cosa, claro está, artículos, determinantes, conjugaciones en presente, pasado y futuro del verbo ser y estar, algunas palabras importantes, y poco más. Había tiempo de sobra. Al llegar a Donostia yo estaba cansado. Seguía sin acostumbrarme al excesivo peso de la diplomochilacus, aunque es cierto que me fue bastante más llevadero que el dia anterior, cosa que celebré.
Al llegar a Donostia, compramos cena y algo para el día siguiente. Nos cruzamos con un hombre que nos ofreció hostal barato, y fuimos a verlo, pese a no ser el destino que teníamos pensado. El tema parecía bastante underground, y no me acababa de fiar, no me gustaba aquello. Bueno, el “hostal” era un piso con unas cuantas literas viejas, que además estaba prácticamente lleno de gente. A mi no me dio confianza, soy así. Aprovechando el inglés, coincidimos mi acompañante y yo en seguir nuestro camino. Fue curioso (y algo agonioso) que el trayecto dentro de la misma ciudad fue lo más duro del día. Aún quedaban unos pocos kilómetros por andar por suelo duro rodeando la playa para llegar al final de la ciudad donde se hallaba el albergue. Conforme escribo, es sorprendente cómo voy recordando pequeños detalles, así como ráfagas de imágenes de lugares por los que pasé, comentarios que hice, pensamientos que me acudieron a la mente... Cuando al fin llegamos al albergue, resultó ser de pago, es decir, un albergue normal y corriente, sin relación con el Camino de Santiago. Esto desmotivó, porque rompió completamente con el ambiente entrañable y acogedor del albergue construido con madera de Pasaia. Fue todo lo contrario, grande, con mucha gente, y caro (para ser un albergue). Por cierto, allí conocí a un joven que volvería a ver una semana o semana y media más tarde. Aún así descansé bien, y pude escribir la segunda página del diario. Esta, acababa así:
Día 1. Irún- Pasai Donibane (18 Km.)
En el bar había una noticia que no recuerdo cuál era, pero era sobre el País Vasco, y el del bar estaba muy concentrado en dicha noticia. Fue el primer elemento que me demostró que realmente había pasado de estar en Valencia a estar en el lugar nacionalista por excelencia de esta península. Fue divertido, y agradable por cierto, mientras me tomaba un café y.. algo más. Bueno, me costó moverme, pero acabé siguiendo el camino. Como veis en el titular del “Día 1” no pone Donostia como destino (que hubieran sido 27 Km +-). Lo vais a entender en las siguientes líneas.
Primer problema: Se llamaba “mochila”, o más bien, “pesoinsoportable”. No pude pesarla antes de salir, pero más tarde (en Markina) pude comprobar que tenía entre 14 y 16 Kg de peso en mi espalda mientras caminaba arriba y abajo. Cuando estuve andando por el centro de Irún, creía que no soportaría el peso, cada cinco minutos necesitaba parar y descansar, no sólo me incomodaba, me cansaba e incluso me hacía mal. Sabía que llevaba demasiado peso, pero pensé en esperar a ver si me acostumbraba al cabo de los días antes de enviar nada de vuelta a casa. Ya de paso, digo lo que recuerdo que llevé:
--Un par de camisetas cortas, zapatillas de recambio, chanclas, toalla pequeña, dos o tres pantalones cortos, chubasquero, imperdibles, cuerda, alfiler, ropa interior, cuatro pares de calcetines, una pastilla de jabón para la ropa, una bolsa con algunos frutos secos, y algunas comidas que mi querida madre me obligó a incrustar en la mochila como un chorizo y algo más (demasiado, ¡pero cuidado!, aún así acabé agradeciéndole el empeño por enmacetarme alimentos). La cantimplora con agua, que llevaría más de 1L, un polar por si las moscas hacía frío, útiles básicos de aseo, un botiquín, un saco de dormir excesivamente grande, y una esterilla para aislar el saco del posible suelo en el que durmiera alguna vez. Además, mi empeño fotográfico me obligó a llevar conmigo la cámara réflex con un único objetivo, a sabiendas del peligro y el peso que eso suponía, preferí no perderme fotos que estaba seguro serían únicas en toda mi vida. Llevarla supuso además llevar el cargador, el cable USB, y un DD externo en el que ir pasando las fotos cuando se acabara el espacio de los pobres 2 GB de la tarjeta (me conformé con disparar en JPG). Además, la guía, un pequeño diario, y pequeños libros, dos pequeños y uno.. no tan pequeño.--
¿A que no parece gran cosa exceptuando lo de la cámara? Pues ea, no sé como, pero la mochila pesaba una barbaridad. De todas formas. Disfruté de la esencia vasca de esa ciudad, habiendo visto calles repletas de ikurriñas en los balcones y sentí nostalgia por carecer en Valencia de una conciencia de nuestra personalidad tan fuerte como allí. Pese al problema mochila me decidí a tomar el camino hacia Donostia. Para ello tuve que preguntar a un hombre, pues me hallaba completamente perdido respecto a la señalización del camino. Y menos mal que lo hice, porque yo ya estaba decidido a irme por el lado opuesto al correcto, ¡há!, a pesar de sentir que me estaba equivocando. Tras unos kilómetros subí el monte Jaizkibel para llegar a un pueblo costero llamado Pasaia (Pasajes, en castellano), pero de nuevo una sorpresa llegó en este aparentemente corto trayecto. Caminaba y caminaba, pero aquel camino nunca acababa, bordeaba y bordeaba subiendo y bajando el monte, pero todo parecía igual, apenas habían diferencias entre unos y otros tramos. Hacía un calor muy agudo, y más tarde supe que había llegado una ola de calor proviniente del Sáhara que justamente me había pillado en mi primer día de caminata, en una montaña sin fuentes en la que se me acabó en agua en las primeras tres o cuatro horas. Paré a descansar numerosas veces, por el peso en la mochila, que me obligaba a iir despacio y haciendo esfuerzos. Llegué a no sentir los hombros y a sí sentir un dolor alrrededor del cuello. Hubo una ocasión, ya en los últimos dos kilómetros del monte, en la que me tumbé rendido. Pensé en la posibilidad de no llegar antes de que cayera la noche al próximo punto habitado, al consultar la guía ví que era imposible llegar a Donostia, faltaban más de 10 Km. y ya eran las 19 de la tarde. Pero también pensé que era el primer día, que hacía mucho calor, que llevaba mucho peso, y que no podía rendirme, que de eso mismo se trataba. Había salido para retarme, para probarme, y sólo con la intención de superarme y llegar más allá de lo que por mi constitución y mi pasado era posible. Tomé de nuevo el camino, dispuesto a acabarlo. Lo curioso es que aún quedaba un tramo bastante peliagudo antes de llegar a Pasaia. Un desnivel inclinado cuesta abajo durante unos 15 minutos (tal vez más, pero no lo recuerdo) acabó agotando las mínimas energías que me quedaban, y casi minando la resistencia de mis rodillas, además de incrementando el peso de la mochila a cada paso que daba, debido al desnivel.
¡Llegué! ¡Llegué con una gran reflexión, riendo y cantando! … No. Había pasado el día caminando, sin apenas haber comido y menos aún bebido, por una interminable montaña en pleno golpe de calor. Pero llegué, rebentado de cansancio, pero sin heridas ni nada grave. Eso era lo único que contaba.
Cuento una anécdota que me confirmó que aquella ruta en ese día había sido durísima, y me tranquilizó saber que se trataba de eso y no únicamente de mis errores y mi debilidad. (Un apunte, ¿Qué pensáis de los alemanes? ¿Fuertes, firmes, rudos? Sí, ¡esta pregunta tiene sentido!...) Al llegar al albergue salía por la puerta un hombre, que se me quedó mirando e inmediatamente me preguntó:
- ¿Eres tú el que me ha llamado hace un rato?
Imaginad como estaba yo, que me quedé pensando durante dos segundos si yo le había llamado.
-Eh... no.
-Bueno, es que me ha llamado uno que dice que se ha mareado, que se encuentra mal y que se ha quedado en mitad del camino en el monte. Voy a ir a ver si lo encuentro.
-Ah... vale... ¿esto es el albergue, no?
-Sí, sí, pasa, descarga y ahora hablamos, voy a ver este...
Y nada, pasé. El albergue era pequeño. Estaba situado en el barrio de Pasai Donibane (Pasaje de San Juan), uno de los cuatro que forman Pasaia, que tiene la peculiaridad de estar rodeada por el río Oyarzun y comunicada únicamente con botes para cruzar la bocana del puerto (a no ser que se rodee la zona, que cuesta 7Km). Al igual que el albergue, era un lugar acogedor. Disfruté de la ducha. Cuando llegó el hospitalero (como se llama al responsable que atiende voluntariamente un albergue de peregrinos) le acompañaba un chico alemán, que tendría unos pocos años más que yo (luego supe que tenía 25). Era el que había desfallecido por culpa del calor y la dureza de la etapa. (¡Ya le véis el sentido, eh!). Acabó siendo una muy agradable noche en compañía de los otros caminantes y de los hospitaleros. Fue además útil, porque nos dio consejos para los próximos dias, y me afirmó que el saco que llevaba era excesivo para esos lugares. También fue divertido, porque había un hombre que había hecho muchos caminos, que no paraba de vacilar a un abuelete que era el padre del hospitalero, al igual que el abuelete a él. ¿Quién sabía más de vida en el campo y de rutas y lugares del Camino? ¡Há, eso era un campo de batalla histórica! Y de las antiguas, por cierto. (lo digo con aprecio por aquellos dos hombres, ¿eh?). Al ser su última noche allí como hospitaleros ese año, Sátur (hospitalero) y su mujer (por desgracia no recuerdo su nombre) nos invitaron a cenar lo que tenían. Detalle que por cierto, me vino de perlas, porque mi bocadillo preparado el día anterior se había convertido en una especie de masa petrificada seca bastante intragable.
Después de ese día, lo que escribí en el diario antes de ponerme a dormir fue “...No está mal para ser el primer día...” Y no, la verdad, para ser el primer día, fue bastante completo. Quedó claro que iba a ser genial, pero también que iba a ser duro.
Día 2. Pasai Donibane- Donostia (11 Km.)
Y diréis “¿sólo 11 km?” Y alomejor luego añadís: “bueno, después del agotamiento del día anterior se entiende”. Y es posible que otros piensen “Qué marica nenaza”.
¿Sabéis lo que dije yo? Esto: “¡A tomar por ****! hoy voy a caminar para disfrutar, no pienso intentar llegar lejos”
Me despedí del hospitalero, que junto al alemán, fue el único con el que hablé. Había sido agradable y un símbolo de lo que es una acogida y un albergue de peregrinos (por cierto, no había precio, sino invitación al donativo para el mantenimiento del albergue, es decir, si no quieres dar nada, allá tú con tu conciencia). Pasaia había sido un lugar con mucho encanto, y daba pena dejarlo tan pronto, pero había que continuar. Respecto al alemán, se llamaba Jensen, y no sabía castellano, por lo que él habló en inglés, y yo empecé a practicar algo semejante al inglés. Era de Colonia y había recién acabado la carrera de Economía. Quería hacer un viaje diferente y escogió este. Iba bien preparado: una buena mochila, unas buenas botas (bastante más caras y preparadas que mis básicas del Decathlon, aunque resultaron suficientes), y una buena guía que incluía hasta el mismísimo número de móvil del hospitalero del albergue, paradójicamente, para sorpresa del propio, que no recordaba haber dado el número a nadie relacionado con la editorial.
Desayunamos Jensen y yo en un bar de Pasai Donibane, presentándonos, y decidiendo que caminaríamos tranquilamente, charlando de lo que hablásemos, para compensar la dureza de la jornada anterior. Antes de salir del albergue ya había comenzado a lloviznar, y la ropa lavada no se había secado, por lo que con ayuda de Sátur la coloqué con los imperdibles por el exterior de la mochila (modo tendedero encendido). Aún así, no quise guardar del todo la cámara, y la resguardé en el chubasquero. Seguía haciendo mucho calor, pero la atmósfera húmeda brindada por la escasa lluvia nos libró de un nuevo infierno terrenal. Hablamos de nuestras particularidades, y aproveché para que me enseñara algo de alemán. Nada, poca cosa, claro está, artículos, determinantes, conjugaciones en presente, pasado y futuro del verbo ser y estar, algunas palabras importantes, y poco más. Había tiempo de sobra. Al llegar a Donostia yo estaba cansado. Seguía sin acostumbrarme al excesivo peso de la diplomochilacus, aunque es cierto que me fue bastante más llevadero que el dia anterior, cosa que celebré.
Al llegar a Donostia, compramos cena y algo para el día siguiente. Nos cruzamos con un hombre que nos ofreció hostal barato, y fuimos a verlo, pese a no ser el destino que teníamos pensado. El tema parecía bastante underground, y no me acababa de fiar, no me gustaba aquello. Bueno, el “hostal” era un piso con unas cuantas literas viejas, que además estaba prácticamente lleno de gente. A mi no me dio confianza, soy así. Aprovechando el inglés, coincidimos mi acompañante y yo en seguir nuestro camino. Fue curioso (y algo agonioso) que el trayecto dentro de la misma ciudad fue lo más duro del día. Aún quedaban unos pocos kilómetros por andar por suelo duro rodeando la playa para llegar al final de la ciudad donde se hallaba el albergue. Conforme escribo, es sorprendente cómo voy recordando pequeños detalles, así como ráfagas de imágenes de lugares por los que pasé, comentarios que hice, pensamientos que me acudieron a la mente... Cuando al fin llegamos al albergue, resultó ser de pago, es decir, un albergue normal y corriente, sin relación con el Camino de Santiago. Esto desmotivó, porque rompió completamente con el ambiente entrañable y acogedor del albergue construido con madera de Pasaia. Fue todo lo contrario, grande, con mucha gente, y caro (para ser un albergue). Por cierto, allí conocí a un joven que volvería a ver una semana o semana y media más tarde. Aún así descansé bien, y pude escribir la segunda página del diario. Esta, acababa así:
“Un día un tanto extraño y tranquilo hasta Donostia, donde se tornó estresante...”
Y así acabó el segundo día. Habían sido dos dias para una única etapa, pero siendo el principio, sigo pensando que hice bien permitiéndomelo. A partir de entonces, la forma de llevar el camino fue cambiando, al igual que mi actitud, e incluso yo cambié a partir de ese momento. Fue todo un camino en muchos sentidos, pero sin duda, comenzaba a ser un descubrimiento de mi mismo, de mis límites y de mis virtudes, de mi capacidad y de mi debilidad. Y sólo era el principio.
Os dejo algunas de las fotos que tomé en estos dos días. Espero que os guste mi historia, aunque sea larga. ¿Acaso alguna historia de aventuras buena no es larga? ¡Hasta pronto!
1. Uno de los caminos de los primeros dias, que gracias a la lluvia se mostraba así de hermoso.

2. Cruzando de un Pasai Donibane a Pasai San Pedro la mañana del segundo día.
3. Esto es Pasai Donibane, en el puerto. Como véis, ese curioso árbol es más alto que las mismas casas, y así de fino, el tío.
4. Vistas de Pasaia mientras dejaba el lugar hacia Donostia. Comenzaba la subida.
5. Divisando el próximo objetivo.
7. Esta simpática estaba por ahí, quería saludarme.
8. Este paisaje fue el primero que me encontré al salir de Irún. Una pasada.
9. Me gustó esta peculiar casa.
10. Irún.
11. Uno de los símbolos por excelencia del Camino: la concha.
¡A la próxima más! Más fotos en: http://500px.com/fergm
Muchas gracias por compartir tus andanzas. Lo leo y me dan ganas de liarme la manta a la cabeza y largarme con un hatillo al hombro, yo también soy de las que prefiere no salir a la frutería a por naranjas, jajaja
ResponderEliminarLas fotos son muy bonitas y los paisajes la ¡hostia! (con perdón de la palabra)
Esperando la segunda parte. ;)
1 abrazo