En un día como otro cualquiera, a este blog le toca revivir tras unos meses de inactividad. ¡Ea pues! Y lo hará con alguien que también tenía capacidad para dar vida y hacerla retornar, pero a algo mucho más superior que este saco de encariñados artículos: a una época y una cultura, y millones de mentes, incluidas aquellas que fueron más críticas con el "arte por el arte" del decadentismo, que cuanto menos, quedaron prendadas de su belleza poética. No puedo evitar escribir unas palabras tras leer los preciosistas cuentos y poemas del año lírico, reunidos en la obra llamada Azul, por poco que sepa yo, hoy por hoy, del poeta nicaragüense.
Literatura útil y crítica al Modernismo
Antes de entrar en el fresco y perfumado baño en el que nos sumergimos al leer los cuentos de Rubén Darío, siento la obligación de comentar una introducción cuyo ingenio y descaro consiguió de mí unas risas. Páginas escritas por el chileno Eduardo de la Barra, divididas en pequeños capítulos que actúan como breve pero esmerado recorrido por los gustos y el estilo del poeta.
De la Barra también es poeta:
La trinidad del Amor, la Claridad y la Voluntad
Si un artista no crea con amor (Eros), su obra será un títere, un muñeco, una especie de roca con superficiales dibujos que serán borrados por la propia naturaleza del tiempo. Conocida y usada por todos es esa expresión a la hora de hablar de la comida de nuestras madres: "está riquísimo, se nota que se dedica a cocinarlo con mucho amor". Bueno, pues si creemos que una comida puede salir rica por crearla con amor, ¿por qué iba a ser diferente la creación de una obra literaria, pictórica...? Cuando obramos con amor una parte de nosotros se desprende con nuestra creación, y es cuando nace un ser automático, una vida que se independiza de su autor y que pasa a construir eternamente el interior del conjunto de unas palabras o unos colores. Y en este desprendimiento está ligado el Eros con las otras dos palabras.
Este artículo comenzó a razón de decir unas breves apreciaciones sobre Ruben Darío, pero no quería privarme de plasmar aquí de una vez esas ideas que ahora forman esta entrada. ¡Es hora de hablar un poco de un hombre que guardo en el recuerdo como genial cuentista y preciosista creador!
Pero no todo me parece cristalino en el estilo de Darío. Si bien en algunos casos el preciosismo de las descripciones me resulta necesario para transmitir unas imágenes de cuento doradas, espléndidas, mágicas, y tantos otros adjetivos bellos más, en otras me resulta excesivo, sobrecargado, llegando a resultar empalagoso incluso para los temas en los que habla de hadas y princesas, o tal vez por ello resulte tan dulzón hasta dar la impresión de recibir una sobredosis léxica de azucar.
Al final, la única forma de liberar al pájaro azul, fue dejar abierta la puerta.
En su Año lírico no abandona ese toque romántico de la belleza como aliada de la nostalgia y la tristeza. Me quedo con el poema Estival, donde la cálida y fogosa historia de los tigres de Bengala nos hace sentir el vigor y la venganza del mismo tigre, víctima de los cazadores, tal vez, como el poeta es víctima a su vez de un mundo tan bello como peligroso para los soñadores.
Y aquí acabo por hoy. Sin duda, con el Azul en mi alma. El mar, el cielo, son azules. La profundidad es azul. El arte de la belleza es azul. Ruben Darío, Víctor Hugo, Baudelaire.... son, Azul. Y además, quizá, con un interior de reluciente y diáfano Ámbar que siempre atravesará a su vez las almas de quienes se atrevan a sentir sus atronadores y virtuosos gritos, que son rellámpagos de fe en la humanidad . L'art c'est l'azur.
PD: Os dejo este enlace a un PDF donde podéis leer al completo la obra de Darío: Azul
¡Qué cofre tan artístico! ¡Qué libro tan hermoso!
¿Quién me lo trajo?
¡Ah! La musa joven de alas sonantes y corazón de fuego, la Musa de Nicaragua, la de las selvas seculares que besa el sol de los trópicos y arrullan los océanos. (...)
(...) Es un regalo de las hadas: es la obra de un poeta.
Pero, de un poeta verdadero, siempre inspirado, siempre artista, sea que suelte al aire las alas azules de sus rimas, sea que talle en rubíes y diamantes las facetas de su prosa.
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| Eduardo de la Barra |
Y así continúa, examinando con ilusión cada joya -rubí o lapislázuli- de ese mágico cofre pronunciado por el soplo del arte que tanto aprecia el crítico chileno.
Pero, si bien es obra ingeniosa esta forma de introducir la obra de su colega, no puedo estar más en desacuerdo con cierta seguridad que refleja en el mismo texto.
Para él, Ruben Darío no es un decadentista. Parece que enlazar la palabra decadente con Darío le provocaba algún tipo de alergia, y niega esta relación pese a que el mismo poeta reconoce su admiración por dicho movimiento. Más adelante, leyendo sus cuentos, no cabe duda del elemento decadentista,destacando sobre cierto asomo parnesiano, por lo que pese al empeño del crítico, me temo que definitivamente, Darío se sacrifica en el altar de los decadentes.
Y más en desacuerdo todavía cuando habla de la naturaleza de estos movimientos hermanos: Modernismo, Decadentismo, Parnasianismo. El hombre, que no se anda por las ramas, dice de estas que son fiebres, plagas, al servicio de la moda, sin sentido de ser, sin misión u objetivo alguno, al contrario, dice, del movimiento romántico (al que él mismo perteneció):
En Francia, tras de los románticos, -emancipadores, exagerados de lo convencional clásico, que reinaba desde los días de Ronsard y su Pléyade, -brotaron los parnasianos, simbolistas y decadentes. Los románticos tienen razón de ser: representan la revolución en las letras. Con el chaleco dorado en reemplazo del gorro frigio, marcharon contra la tiranía de Boileau y de La Harpe, y dieron a las letras un rumbo más humano y más propio de nuestro tiempo y de nuestra civilización. Pero, ¿qué buscan los decadentes? ¿qué nos traen de nuevo? ¿cuál es su razón de ser?
Tal vez debería preguntarse antes: ¿Qué nos aporta mantener estático en estos días el movimiento romántico y para qué apostar anres por la invariabilidad que por nuevas búsquedas cuando alabamos dicho movimiento precisamente por la reacción contra una época anterior?
Que perdonen mi atrevimiento los posibles lectores. Pero en estas críticas, aunque con cierto fondo de razón, dislumbro más el temor a lo desconocido y al cambio que una verdadera razón de peso en contra de lo moderno.
Para mí, y exceptuando el parnasianismo, al que no puedo incluir en mi defensa cuando rechazo lo que pretende ser objetivo, el arte moderno y en concreto el simbolismo son una novedad necesaria y fantástica en las letras. Un movimiento que fue más allá de la literatura, alcanzando la materialidad visual en nuestro día a día por las calles de las grandes y no tan destacables ciudades de nuestra sociedad aburguesada. Y voy más allá: no creo que haya tanta diferencia entre el romanticismo y el simbolismo o el decadentismo. A veces veo a estos últimos como consecuencias lineales del primero, como sus últimas etapas. Si el Romanticismo fue una exaltación de los sentimientos, el modernismo eleva estos a la categoría de arte.
Otra de las razones por la que resulta inválida la crítica de Eduardo de la Barra, es por su insistencia en la conocer la razón de ser de estos movimientos. Insistencia que recuerda a aquellos defensores de la literatura útil, al servicio de la educación según las premisas de la sociedad o de una ideología política (burguesas, capitalistas, comunistas, soviéticas...), y contra la que tanto han dicho los artistas modernos como Charles Baudelaire, quien lo justifica de la siguiente manera:
Una verdadera obra de arte no necesita de mensajes. La lógica de la obra vale por todos los postulados morales imaginables, y es el lector quien debe sacar sus propias conclusiones.
Creo que Baudelaire acierta la idea clave: Es el lector quien debe sacar sus propias conclusiones.
Pero el modernismo es mucho más que simple preciosismo y el simbolismo mucho más que simple voluptuosidad de los sentimientos. Si hay algo que les hace que su arte sea algo vivo, mucho más real que las causas educativas y sociales, es la dedicación a la expresión de lo invisible y lo inmaterial, tanto por lo que en los adentros del artista canta o rechina, como lo que del exterior atraviesa su coraza cárnica. Son movimientos amplios, y en efecto, recogen distintas variedades temáticas, pero el jugo más sabroso que queda, es la tremenda capacidad de mostrar la esencia de los seres humanos. Me refiero al interior, al Yo más puro, en definitiva, a la realidad más real de nuestra existencia. Lo objetivo peca de intencionalidad, y siempre resulta acabar en la caja fúnebre de las etiquetas ideológicas o moralizantes. Quien no pretende más que expresarse, sacar de sí una realidad propia que no tiene traducción objetiva, carece de intencionalidad interesada, y por tanto, lo que plasme, será lo único que meritoriamente podría ser llamado auténtico realismo. Claro está, que sólo será comprensible para gentes avanzadamente sensibles, capaces de escupir sobre las etiquetas y de marginar los conceptos existentes y asentados, de abrir la mente, y sobretodo y más importante que eso: su corazón, su mirada, y cada poro sensorial de su cuerpo, para recibir el colorido grito de un hermano humano. Para esto, también es necesario ponerse en su propia piel, ser capaz de conocer de quién recibe ese flujo de vida.
¿Qué supone el modernismo, el simbolismo? Es la llegada de una nueva forma de sentir, y sobre todo, una nueva forma de interactuar con el degustador de arte. Pero no es mi intención extenderme en justificaciones ni en hablar extensamente sobre las características de estos movimientos.
No se entienda esto como una crítica al movimiento llamado Realista, muy respetable cuando se trata de un autor sincero consigo mismo. Sin más, pretendía expresar lo que para mí significa, lo que para mí fue esencialmente, lo que para mí dio y da sentido al movimiento de los modernistas y simbolistas, y supongo que también el de los decadentes, aunque en menor medida, y que tantos quebraderos de cabeza dieron a sus contemporáneos.
Pese a estas inconformidades, no puedo más que agradecer la graciosa historieta construida por Eduardo de la Barra, que más que introducir a Ruben Darío, lo ensalza hasta las faldas del cielo entre trompetas que preparan al lector para una lectura que empezará con gran ansia de empaparse de esa grandeza con la que nos han entusiasmado. Y sobre todo, destaco su final, por parecerme totalmente válido y verdadero, y no sólo para los genios, sino también para los artistas secundarios que quedan a la sombra de los titanes reconocidos:
(...) no temáis engañaros, que él lleva consigo las tres palabras de pase para el templo de la inmortalidad:Eros - Lumen - Numen
Antes nos decía que los que intenten seguir el estilo de Darío fracasarán, porque es propio de un genio y de un estilo y una armonía irrepetibles. En eso acertó el entusiasmado crítico. Pero quiero indagar en estas tres palabras.
Si un artista no crea con amor (Eros), su obra será un títere, un muñeco, una especie de roca con superficiales dibujos que serán borrados por la propia naturaleza del tiempo. Conocida y usada por todos es esa expresión a la hora de hablar de la comida de nuestras madres: "está riquísimo, se nota que se dedica a cocinarlo con mucho amor". Bueno, pues si creemos que una comida puede salir rica por crearla con amor, ¿por qué iba a ser diferente la creación de una obra literaria, pictórica...? Cuando obramos con amor una parte de nosotros se desprende con nuestra creación, y es cuando nace un ser automático, una vida que se independiza de su autor y que pasa a construir eternamente el interior del conjunto de unas palabras o unos colores. Y en este desprendimiento está ligado el Eros con las otras dos palabras.
La claridad (Lumen) o la luz ya no depende sólo del artista. Es la parte en la que algunos pedruscos académicos se justificarían para afirmar que "el escritor nace escritor" y quien no nace siéndolo no se hace. Pero dado que no confío en tal exclusivista y cerrada opinión, os digo como veo yo esta claridad o luz. En cuanto a máximo nivel de acuerdo con la citada opinión, diré que cada persona nace con un nivel concreto de claridad, y que el proceso más significativo en el desarrollo de este, será su educación infantil y adolescente (por supuesto, no me refiero a la simple adquisición memorística de nuevos conocimientos, pero no es este momento para hablar de ello). Sin duda, aquí tiene cabida el genio del artista: su claridad será más amplia y fluyente en la medida que mayor sea el genio. Eso sí, no creo que este se mida con un simple y estúpido número, como es el coeficiente intelectual, que tanto gusta nombrar a ciertos personajes. Más bien, lo enlazaría con la sensibilidad (en cuanto a la capacidad de ver con transparencia, más allá de los muros y las apariencias de palabras, ideas o expresiones) de cada persona, que también se cultiva y se entrena, pero que sin duda va muy ligada a la personalidad, y eso sí que viene de fábrica.
Añado un aspecto para la importancia de la claridad: como he dicho, es algo que se entrena. Creo firmemente que esta estará más presente en el artista cuanto más costumbre tenga de leer y valorar sobre todo tipo de lecturas.
El tercero, y quizá el más importante, porque es el que más depende de la persona y por tanto la parte más decisiva en cuanto al resultado del trabajo y dedicación del artista, es la voluntad (Numen). El Numen es entendido clásicamente como la Inspiración, y en cuanto a su relación con la voluntad, el esfuerzo y la constancia, no me cabe la menor duda que es un elemento más entre estos, favorecido, empujado, bien recibido gracias a ellos. Como dice Théophile Gautier, "quien es sorprendido por algo que no es capaz de expresar en palabras, no es un escritor". La inspiración es el dulce más anhelado por todo artista, y cualquiera que tenga una mínima vocación creadora ha sentido esa sensación desagradable de sentirse atascado, incapaz de expresar, hundido en la tiniebla. La falta de inspiración. Pero abandonar o no estar presente frente al papel en blanco es, sin duda, el peor error del artista: La inspiración no avisa, y cuanto más práctica y más preparación tenga el alma creadora, más fácil será que la inspiración juee su papel y llegue ese punto final tras el que exclamar ¡chapeau!
Ruben Darío. Azul. La expresión áurea y bella.
Este artículo comenzó a razón de decir unas breves apreciaciones sobre Ruben Darío, pero no quería privarme de plasmar aquí de una vez esas ideas que ahora forman esta entrada. ¡Es hora de hablar un poco de un hombre que guardo en el recuerdo como genial cuentista y preciosista creador!
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| Ruben Darío |
El libro se divide en dos partes: Cuentos y Poesía. Conforme leía cada cuento, es innegable un aspecto clave para que resulte imposible que Ruben Darío es un decadente, un amante del arte por el arte, un creador de eternas bellísimas y doradas imágenes. Basta leer algunos párrafos de cuentos como El velo de la reina Mab, La Canción del Oro o, el luminoso y al oro equivalente en valor El palacio del Sol. Por no mencionar, del que más tarde hablaré, el cuento de El pájaro azul.
Pero si he destacar ciertos aspectos, son los siguientes:
Comienza con un amargo sentido del humor, diciéndonos ¡venid, tristes, venid! Aquí os traigo un cuento que os alegrará el día, en una historia sobre un poeta mendigo cuyo destino nos hace quedar con cara de bobos: ¡Nos ha tomado el pelo! ¡El brillante canalla nos ha colado una tragedia cuando nos anunciaba un motivo para escapar de nuestra tristeza! Pero mejor que el lector descubra lo que ocurre. Y así nos prepara para lo que viene: punzantes amargos sabores entre descripciones cargadas de belleza y de luz diáfana.
Pero no todo me parece cristalino en el estilo de Darío. Si bien en algunos casos el preciosismo de las descripciones me resulta necesario para transmitir unas imágenes de cuento doradas, espléndidas, mágicas, y tantos otros adjetivos bellos más, en otras me resulta excesivo, sobrecargado, llegando a resultar empalagoso incluso para los temas en los que habla de hadas y princesas, o tal vez por ello resulte tan dulzón hasta dar la impresión de recibir una sobredosis léxica de azucar.
Más allá de ese ingrediente presente en algunos de cuentos y poemas a los que atiborra de detalles naturales, florales, sensitivos, me quedo con el resultado final de la mayoría de sus cuentos: Son un arte dulce y agradable, equiparable a las sensaciones que nos da la Primavera (cuando no nos atormente la alergía, claro está).
Personalmente, destaco el siguiente cuento, porque le encuentro el encanto y la temática ideal del poeta decadente y la expresión de los que adjudican la expresión melancólica como característica del movimiento, que por otra parte, me hace ver aquí el precedente existencialista de los poetas: El pájaro azul.
Garcín es el héroe poeta y espejo de tantísimos que entre los siglos XIX y XX se quitarían la vida por vacío existencial, falta de sentido en la existencia, o por sentir que su vida ya no avanzaría más durante el resto de su existencia en el mundo. Es el prototipo de poeta maldito, que Ruben expresa con una belleza y un idealismo enorme, aunque distanciándose del perfil de Garcín narrando el cuento desde el punto de vista de uno de los poetas del grupo que se reúnen en un bar de París, sintiendo su dolor pero sin muestra de que comparta el mismo problema también en su interior.
Sin embargo, la frase final del cuento:
¡Ay, Garcín!, ¡cuántos llevan en el cerebro tu misma enfermedad!
Al final, la única forma de liberar al pájaro azul, fue dejar abierta la puerta.
En su Año lírico no abandona ese toque romántico de la belleza como aliada de la nostalgia y la tristeza. Me quedo con el poema Estival, donde la cálida y fogosa historia de los tigres de Bengala nos hace sentir el vigor y la venganza del mismo tigre, víctima de los cazadores, tal vez, como el poeta es víctima a su vez de un mundo tan bello como peligroso para los soñadores.
Y aquí acabo por hoy. Sin duda, con el Azul en mi alma. El mar, el cielo, son azules. La profundidad es azul. El arte de la belleza es azul. Ruben Darío, Víctor Hugo, Baudelaire.... son, Azul. Y además, quizá, con un interior de reluciente y diáfano Ámbar que siempre atravesará a su vez las almas de quienes se atrevan a sentir sus atronadores y virtuosos gritos, que son rellámpagos de fe en la humanidad . L'art c'est l'azur.
PD: Os dejo este enlace a un PDF donde podéis leer al completo la obra de Darío: Azul



Que excelente aproximación a una literatura que va quedándose más y más lejana cada vez, injustamente. Has extendido el brazo hacia Darío y nos lo devuelves vivo y azul. Por lo demás, me parece muy acertada esa comparación entre la buena literatura y la comida bien hecha: dedicación, esmero, sentimiento, voluntad de procurar el placer lento de quien lo deguste, el texto o el guiso. Frente a esto, el fast food, la literatura precocinada, cinco minutos en el microondas listo. Saludos decandentistas.
ResponderEliminar¡Gracias por pasarte por aquí, Juan! Y sobre todo me alegro de que compartas mi visión en este artículo.
EliminarVerdaderamente parece que los artistas malditos, nunca mejor dicho, son incluso infravalorados: o se les malinterpreta, o se les da una importancia anecdótica (por lo poco que he podido conocer hasta ahora) y, es un hecho que al mismo tiempo me duele, porque leyendo a poetas de esta época y sensibilidad, descubro una gran profundidad tanto en ideas como plasmando sentidos y sensaciones que no son menores verdades que las hojas que guardan su recuerdo.
De momento me conformo con poder disfrutarlo yo y compartirlo con gente que aprecia lo olvidado, o lo cercano a ello.
¡Saludos decadentistas!